12 abril 2026
Las
cartas de perdón de los presos de ETA: “El sufrimiento que creé es irreparable,
pero trataré de sanar el daño que causé”
El
País accede a una veintena de misivas inéditas de arrepentimiento de reclusos
de la banda terrorista que reflejan, según los profesionales penitenciarios y
la justicia, un “profundo cambio” de sus autores. Las víctimas las consideran
una “trampa”
“Quiero
que sepan que nunca me he mostrado, ni sentido, orgulloso del sufrimiento que
mis actos les han provocado”. “Siendo consciente de que no puedo cambiar el
pasado, debo afrontar las consecuencias de mis actos e intentar, en la medida
de los posible, su reparación”. “Estoy dispuesta a contribuir para que en el
futuro hechos como aquellos de los que fui protagonista no se vuelvan a
repetir”. “El sufrimiento que creé es irreparable, pero trataré de sanar las
heridas y el daño que causé”. Todas estas frases pertenecen a cartas inéditas
hasta ahora que presos de ETA han escrito en los últimos años de su puño y
letra para pedir perdón por su pasado terrorista. Son textos ―a una veintena de
los cuales ha tenido acceso EL PAÍS― que se han incorporado a sus expedientes
penitenciarios y han sido tenidos en cuenta tanto por el Departamento de
Justicia y Derechos Humanos del Gobierno vasco para otorgar semilibertades y
beneficios penitenciarios a, entre otros, los exjefes de ETA Garikoitz Aspiazu,
alias Txeroki, y Soledad Iparraguirre, Anboto; como por la Audiencia Nacional
para conceder libertades condicionales a media docena de reclusos en lo que va
de año. Víctimas y sus asociaciones expresan sin embargo su recelo y creen que
las cartas forman parte de una “trampa” planificada para engañar a las
autoridades y lograr los beneficios penitenciarios.
Estas
cartas de perdón eran impensables hace 15 años. Entonces, cualquier
arrepentimiento verbal o por escrito de uno de sus presos era considerado por
ETA una traición y quienes daban ese paso se arriesgaban a sufrir represalias,
como ocurrió con la veintena de reclusos que se sumaron a la llamada Vía
Nanclares de reinserción puesta en marcha en 2010 por el entonces ministro
socialista de Interior Alfredo Pérez Rubalcaba. Sin embargo, el anuncio, en
mayo de 2018, de disolución de la organización terrorista entreabrió la puerta
a este tipo de pronunciamientos. Aquel año ya se redactaron ocho misivas, según
los datos manejados por la lucha antiterrorista. Al año siguiente fueron una
treintena y en 2020 se superaron las 40. En la actualidad se han generalizado y
en la mayoría de los expedientes penitenciarios de los reclusos de ETA constan
uno o varios de estos escritos de arrepentimiento, según confirman varias
fuentes. A finales de marzo había 119 presos de la organización terrorista en
prisión, de los que 114 están en cárceles de Euskadi. Cuando la organización
anunció su disolución y se escribieron las primeras cartas de perdón, había 243
reclusos de la banda armada.
El
salto cuantitativo en el número de cartas ha venido acompañado de otro
cualitativo. Los primeros textos eran similares unos a otros (en algunos casos
seguían una estructura impersonal con apartados) y su contenido se ajustaba a
las directrices que fijó en enero de 2018 el colectivo de presos de ETA (el
EPPK en sus siglas en euskera) en las que, si bien permitía a los reclusos
reconocer el dolor causado si con ello se mejoraba su situación penitenciaria,
les prohibía citar a víctimas concretas o arrepentirse explícitamente. Sin
embargo, las misivas de los últimos años a las que ha tenido acceso este diario
desbordan ampliamente estas indicaciones y, según recogen los profesionales
penitenciarios en informes sobre las mismas, reflejan “un prolongado y profundo
cambio personal” de sus autores.
“Con
la conciencia que dispongo hoy, con todas mis experiencias vividas, siendo el
dolor silencioso de las familias, y puedo confirmar que hoy, bajo ninguna
circunstancia, elegiría una vida violenta”, escribió Jesús Narváez Goñi,
condenado por el asesinato de cuatro policías. “Ojalá no hubiera ocurrido
aquello”, afirmaba en su texto Ángel Aramburu, condenado a 35 años de prisión
por matar a otro agente. “Me comprometo firmemente, en la medida de mis
posibilidades, a reparar todo daño ayudando a cerrar heridas”, añadía este
etarra. Por su parte, Íñigo Vallejo Franco, condenado a más de 28 años de
cárcel por delitos de terrorismo, afirmaba sobre la persona que dejó malherida:
“Tengo claro que, con mis actos, he condicionado la vida de esta persona y la
de sus familiares, causándoles un grave sufrimiento, por lo que siento un gran
pesar y respeto, me siento mal y soy conocedor de ello”.
Aitor
Aguirrebarrena, condenado por los asesinatos, entre otros, del periodista José
Luis López de Lacalle y el funcionario de prisiones Máximo Casado, se expresaba
así: “Me doy cuenta [de] que mi actividad como miembro de ETA ocasionó un dolor
y sufrimiento enorme e irreparable”. “Entiendo que el reconocimiento y la
reparación del dolor de las víctimas de la violencia debe ser un elemento
central necesario para un futuro en paz en el País Vasco”, aseguraba Eneko
Gogeaskoetxea, condenado por el atentado contra el Museo Guggenheim de Bilbao
que costó la vida, en 1997, al ertzaina José María Aguirre. Asier García Justo,
condenado por asesinar al también agente de la policía vasca Iñaki Totorika e
intentarlo con la periodista de EL PAÍS Aurora Intxausti, su marido, el también
periodista Juan Palomo, y el hijo de ambos en 2000, aseguraba ser “consciente
de que un escrito por sí solo no va a mitigar totalmente el sufrimiento
causado”.
A
todos estos presos, el Gobierno vasco les ha concedido en el último año el
tercer grado o semilibertad después de que los profesionales de las prisiones
donde están recluidos hayan valorado, tras las entrevistas periódicas que
mantienen con los internos, que estas cartas son reflejo de “una profunda
reflexión” y que están redactadas “desde una actitud autocrítica”. “Se
responsabiliza sin caer en posturas justificativas de los delitos, teniendo muy
presentes tanto cognitivamente como emocionalmente a todas las víctimas de sus
actos terroristas”, destaca el informe penitenciario sobre la misiva de
Gogeaskoetxea. “Se percibe dolor, vergüenza y malestar al hablar de las
consecuencias de sus actos, refiriendo que es algo de lo que no se siente nada
orgulloso”, recoge el que alude a la de Aguirrebarrena. “El escrito es fruto de
esa maduración y reflexión, y no es algo instrumental”, destacan los
profesionales de la cárcel sobre el texto de Aramburu.
En
el expediente que permitirá en breve disfrutar de 18 días de permiso a Patxi
Xabier Macazaga, condenado por, entre otros delitos, el envío de un libro-bomba
en 2001 al periodista Gorka Landaburu, que resultó gravemente herido, consta el
informe de un psicólogo penitenciario que hace hincapié en las expresiones que
este utilizó en los encuentros que mantuvo con él: “Se percibe a lo largo de la
entrevista la emoción del dolor al relatar los hechos con un nivel de malestar
elevado y con verbalizaciones que dan a entender arrepentimiento por dichas
acciones”. El profesional señala, por ejemplo, que el etarra utilizó
expresiones como “ójala no hubiera estallado la bomba o se me hubiera
encasquillado el arma”. “Tanto las expresiones escritas como verbales tienen
una clara resonancia emocional [...] considerando que dichas afirmaciones no
son una estrategia sino una realidad personal y una vivencia que le está
generando dolor, sufrimiento y una fuerte carga moral”, añade.
Estos
informes penitenciarios y cartas ―que siempre deben ser manuscritas y
redactadas voluntariamente por los internos― también son tenidos en cuenta por
la Audiencia Nacional, que en los últimos años ha concedido la libertad
condicional a 60 presos de ETA al considerar que cumplían los requisitos
legales, entre ellos los fijados por el artículo 72.6 de la Ley General
Penitenciaria. Esta norma exige para acceder tanto a esta excarcelación
anticipada como a la semilibertad que los presos por terrorismo y crimen
organizado hagan “una declaración expresa de repudio de sus actividades
delictivas y de abandono de la violencia y una petición expresa de perdón a las
víctimas de su delito”, además de cumplir otros requisitos como estar abonando
la responsabilidad civil y están desvinculados de sus actividades delictivas.
Esta declaración no se pide a los presos por otros delitos. Las libertades
condicionales, contempladas en el artículo 90 del Código Penal y que solo
pueden ser concedidas por un juez, obligan a los etarras cuando salen a la
calle a cumplir unas “reglas de conducta” que, en numerosos casos, incluyen
restricciones para desplazarse fuera del lugar que fijen como residencia o la
prohibición de acercarse a la zona en la que vivan las víctimas de sus atentados
o sus familiares.
En
un reciente auto del titular del Juzgado Central de Vigilancia Penitenciaria,
José Luis de Castro, por el que acordaba la excarcelación anticipada de un
preso de la banda armada, se reproducía la misiva íntegra de arrepentimiento de
este. “Que el recuerdo de los que han sufrido perdure para que las siguientes
generaciones no se vean tentadas a reproducir este sufrimiento”, concluía su
texto un preso cuya identidad no se facilita a petición de las fuentes que han
facilitado la misiva.
En
la carta de otro preso al que también se le ha concedido recientemente la
libertad condicional, este asegura sentir el “dolor” de sus víctimas y
familiares que, recalca, “nunca debió haberse producido”. En el auto que
acordaba su excarcelación, el juez Castro reproducía tres misivas de este
recluso y destacaba que en ellas “se puede apreciar que no estamos ante una
fórmula de petición genérica” de perdón, sino que cita a sus víctimas
concretas, además de concluir que en ellas también asume expresamente “un
compromiso de abono de responsabilidad civil y el no participar en actos que
puedan generar dolor a las víctimas causando una revictimización”. El
magistrado también valora positivamente la carta remitida por una reclusa como
parte de los “signos inequívocos de desistimiento de los fines y los medios
terroristas”. En esa carta, la etarra mostraba su convencimiento de que sus
palabras no iban a reparar el daño causado a las víctimas: “Nada de lo que diga
ni de lo que haga puede devolverles a sus familiares y allegados [...]. Sé que
mis palabras no les servirán de mucho, pero que sepan que mi sentimiento hacia
ellas no es de indiferencia”.
En
conversación telefónica, el juez Castro confirma que las cartas de
arrepentimiento de los presos de ETA han cambiado de manera significativa en
los últimos años y recuerda que en las primeras los reclusos de la banda se
limitaban a hacer un reconocimiento genérico de las víctimas sin personalizar
en las que ellos habían causado ―lo que las cosificaba, en su opinión― y a
utilizar el término “empatía” para evitar la palabra “perdón”. Además,
utilizaban expresiones como “conflicto” para referirse a su actividad
terrorista, lo que provocó que se revocaran numerosas semilibertades concedidas
por el Gobierno vasco entre 2022 y 2023. “Ahora, la inmensa mayoría de estos
textos incluyen la palabra ‘perdón’ e identifican a sus víctimas con nombre y
apellidos, además de reconocer los hechos cometidos y mostrar su repudio de la
violencia, como exige la ley”, destaca el juez.
¿Es
suficiente, por tanto, un texto con estas últimas características para acceder
a beneficios penitenciarios o mejorar el régimen de vida penitenciario? El
magistrado es tajante: “No, el expediente del recluso tiene que incluir, además
de la carta, la constatación de que cumple otros requisitos así como los
informes técnicos de los profesionales penitenciarios, y en concreto del
psicólogo de la prisión, que confirmen que el texto es sincero. Ellos son los
que tratan a diario con los internos durante la condena y pueden saber si es
fiable”. En este sentido, Castro recalca que también se valora otros elementos,
como la fecha de la misiva ―más o menos lejana al momento en el que se solicita
el beneficio para saber si es un proceso que perdura en el tiempo―, si existen
otros escritos anteriores o si se ha visto acompañada de, por ejemplo, la
participación del recluso en talleres de justicia restaurativa, donde los
internos tienen encuentros cara a cara con víctimas del terrorismo y en los que
los presos de ETA pueden participar desde julio de 2021.
Pese
a ello, las asociaciones de víctimas se muestran críticas con la concesión de
beneficios penitenciarios o la libertad condicional a los presos etarras
sustentada en parte en estos textos, cuya credibilidad ponen en duda. Consuelo
Ordóñez, presidenta del Colectivo de Víctimas del Terrorismo (Covite) y hermana
del concejal del PP en San Sebastián Gregorio Ordóñez, asesinado por ETA en
1995, tilda estas cartas de “tomadura de pelo”, “burla”, “fraude” e “insulto”,
y considera que las semilibertades y libertades condicionales que en los
últimos años se han concedido teniéndolas en cuenta “son la última trampa al
Estado de derecho para vaciar las cárceles”. Ordóñez muestra su convencimiento
de que estas cartas no reflejan ningún arrepentimiento y que se han escrito “al
dictado” de los abogados que los defienden con el único objetivo de salir de
prisión.
También
muy crítica se muestra la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Carmen
Ladrón de Guevara, abogada de la asociación, asegura que no ve “sinceridad” en
unos textos que considera que están plagados de “frases hechas” y párrafos que
“se copian unos a otros”, por lo que para ella no tienen ninguna “validez”.
“Los presos están dispuestos a escribir lo que haga falta para conseguir un
permiso, el tercer grado o la libertad condicional”, añade. Ladrón de Guevara
critica que estas misivas “no llegan a las víctimas” y que, por tanto, en su
opinión “pierden el sentido que supuestamente debe tener una carta de perdón”.
La
periodista Aurora Intxausti también pone en duda la sinceridad de estas
misivas. Uno de los condenados por el atentado frustrado contra ella y su
familia, Asier García Justo, accedió a la semilibertad a finales de enero y en
su expediente figura una carta en la que cita expresamente a Intxausti y su
marido y les pide perdón. “Intento ser lo más discreto posible [durante sus
permisos de salida] para de esta manera no hacer más daño a todas aquellas
personas que sufrieron la violencia”, añadía. La periodista asegura que hasta
ahora desconocía la existencia de esa carta, y lamenta que el etarra no les
hubiera pedido públicamente perdón cuando se celebró el juicio por aquel
atentado en noviembre de 2024. Intxausti afirma que, tras aquella vista en la
que García Justo y sus compañeros de comando sí admitieron la autoría del
atentado, se quedó “muy jodida”.
Una
portavoz del Departamento de Justicia vasco justifica que estos textos no se
entreguen a las víctimas porque “no son cartas dirigidas a ellas, sino
expresiones, manifestaciones, reflexiones personales realizadas en el marco de
su proceso de evolución en las que hacen referencia a muchas otras cosas”. No
obstante, recuerda que en las fichas que se entregan a las asociaciones de
víctimas de cada preso al que se le concede el tercer grado se ha comenzado a
incluir ―cuando estaba el PNV al frente del departamento no se hacía― “todo
aquello [de los textos] que hace referencia a las víctimas [...] de manera
literal y entrecomillado”. “Si hubiera algún interno que escribiera una carta
dirigida expresamente a alguien y pidiera que se le entregara, no hay ningún
problema en hacerlo, por supuesto”, añade.
El
juez Castro, que recibe frecuentemente en su despacho a víctimas del terrorismo
y sus asociaciones, admite que debe haber una reflexión legislativa para
incorporar a estas al proceso de progresión de los presos etarras a la
semilibertad o al de la obtención de beneficios penitenciarios, y no solo en la
concesión de libertades condicionales como hasta ahora. Para que las víctimas
puedan intervenir en esta última, los pasos tampoco son sencillos. La Oficina
de Asistencia a las Víctimas de la Audiencia Nacional intenta localizarlas
―algo que no consigue en muchos casos, sobre todo si viven en el extranjero― y
les ofrece intervenir en el procedimiento teniendo acceso al todo el expediente
acompañados de un psicólogo. “Cuando se consigue encontrarlos, la inmensa
mayoría nos dice que prefiere no saber nada. Un porcentaje pequeño nos comunica
que simplemente quiere conocer la resolución judicial que se tome y una mínima
parte, que tal vez no llegue al 1%, presenta alegaciones a la excarcelación”,
detalla el magistrado.
Roberto
Manrique, herido de gravedad en el atentado del Hipercor de Barcelona, de junio
de 1987, en el que murieron 21 personas, recibió en enero de 2011, cuando ETA
aún estaba activa y las cartas de arrepentimiento eran la excepción, una de
Rafael Caride Simón, uno de los etarras que colocó aquella bomba y que entonces
ya se había acogido a la llamada Vía Nanclares de reinserción. En ella, el
etarra afirmaba: “No soy insensible al dolor y sufrimiento que las mismas
generaron; de ahí mi compromiso sincero en tratar de ayudar a cerrar esas
heridas y en que nadie más sufra lo que ustedes han sufrido”.
Manrique
recuerda que, cuando recibió la carta, la leyó “15 veces seguidas” antes de
mostrársela a una amiga psicóloga y pedirle que le diera su opinión sobre su
contenido: “Recuerdo que me dijo que Caride estaba diciendo lo que pensaba”.
Esta víctima mantuvo después un encuentro en la cárcel con el etarra, del que
recuerda que sacó la impresión de que “su arrepentimiento era sincero”. Después
de 19 años en cárceles españolas y otros siete en francesas, Caride Simón salió
de la cárcel en agosto de 2019. “Si la ley dice que tiene que estar en la
calle, hay que acatarlo aunque no guste”, concluye Manrique.
Opinión:
Una vez soportadas las llamaditas de rigor en las que algún
ignorante (sea víctima o no de la banda terrorista ETA) me han dedicado, me
gustaría aportar un añadido personal a la magnífica información presentada por
Oscar López Fonseca.
Para empezar, aparece quien dice que estas cartas “no
llegan a las víctimas”. Bueno, pues siento decir que eso no es así porque en mi
caso, y también en muchos otros, las cartas han llegado directamente al
destinatario principal, es decir, la propia víctima. Esas declaraciones muestran
dos cosas como mínimo: una, que no conocen realmente a las víctimas que han
`podido recibir esa “misiva”. Dos, que caso de conocerlas, obviamente no se
sentirán representadas por quien así opina ni por la organización a la que
representa. Y me atrevo a presentar una tercera opción porque hay víctimas que,
perteneciendo a diferentes siglas asociativas, me han dicho de su propia boca
que si les contactaran no tendrían ningún problema en acudir a esos encuentros.
Otra cosa es cuando, hablo de un caso real, a alguna víctima
le recomiendan desde “su” asociación que no vaya “porque es un engaño” y tiempo
después acude a ese mismo encuentro otra persona directamente ligada con quien aconsejaba
no acudir.
Misterios de la “lógica y de la coherencia” humana.
Por otro lado, me agrada comprobar que el Juez Castro
sigue en la labor que inició hace tiempo y que a muchas víctimas nos han
servido para mitigar parte (mucha o poca) del dolor sufrido, para contrastar
informaciones que no eran del todo creíbles según las versiones recibidas de
unos mismos hechos.
Y no olvidemos que, comprendiendo que les moleste a los
que nada hicieron al respecto y van apareciendo ahora como champiñones, se ha
permitido que algunas víctimas (más de las que algunos quisieran reconocer) hemos
hecho todo lo que estaba en nuestras manos para conseguir nuestro propósito compartido:
que nadie más sufra lo que ya sufrimos nosotros.
Y termino.
Durante décadas tuve (y tuvimos) que acatar la
puesta en libertad de muchos asesinos terroristas y sus colaboradores porque la
legislación así lo marcaba. ¿Dónde estaban entonces los que ahora tanto protestan?
¿Dónde estaban cuando un presidente del gobierno, sin importarle lo más mínimo las decisiones judiciales, dijo aquello de “yo y los españoles sabremos
ser generosos con aquellos que abandonen la violencia"? Por mucho que reviso las
hemerotecas del último trimestre de 1998, no encuentro una sola declaración al
respecto. Y algunos siguen desde entonces con sus cargos políticos, sus retiros
parlamentarios en el extranjero, impartiendo conferencias y cobrando, evidentemente, sus pensiones como expolíticos
si la edad se lo permite.
¿Qué? ¿Les preguntamos a todos estos dónde estaban cuando
iban saliendo terroristas a la calle durante las últimas cuatro décadas? ¿Preguntamos
porque alguno de los condenados por el 11-M, responsables de 192 asesinatos y más
de 1.700 heridos, ya están paseando por las calles españolas? ¿De quién sería la
“culpa” ahora?
Si la legislación contempla estas puestas en libertad, por
mucho que me duela, lo acato. Y lo acato porque llevo desde 1989 exigiendo que
los asesinos, los terroristas y sus colaboradores, acaten la legislación. Y si
no les gusta, que les obliguen a ello.

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