04 mayo 2026 (02.05.26)
La
memoria de las víctimas no necesita consignas
Quienes hemos sufrido el terrorismo
tenemos la responsabilidad de no permitir que nuestro dolor se use contra la
verdad
Soy víctima del terrorismo y como tal escribo, con el dolor vivido, pero
también tras los más de 37 años que han pasado. Y quizás por eso me preocupa
cómo seguimos hablando de la violencia de ETA: demasiadas veces en titulares y
consignas y con simplificaciones que impiden comprender lo ocurrido y
dificultan la convivencia que decimos defender.
Cada vez que un preso de ETA accede a horas de libertad, vuelve el viejo
guión. Se exigen arrepentimientos públicos, rupturas visibles con su pasado,
declaraciones que encajen en una narrativa tranquilizadora. Sin un gesto
explícito, se concluye que no hay ningún cambio. Sin escenificación, se dice
que todo sigue igual. Comprendo esa reacción. Nace de heridas reales, de
pérdidas irreparables, de años de miedo y de una necesidad legítima de justicia
y reconocimiento. Pero confunde con frecuencia dos cosas: la verdad profunda de
una transformación y su representación.
La responsabilidad auténtica rara vez nace de una presión mediática. Suele
surgir lentamente, en procesos interiores difíciles de medir y aún más de
exhibir. Hay reconocimientos del daño que no se hacen ante las cámaras, pero sí
frente a quines lo han sufrido; renuncias sinceras a la violencia que no
adoptan forma de consigna; cambios reales que no caben en un titular. Reducir
cualquier verdad al gesto visible produce lo contrario de lo que se busca:
declaraciones vacías, teatro moral sin transformación suficiente. El espacio
público premia la claridad rápida, pero los procesos humanos verdaderos casi
nunca son rápidos ni claros.
En una democracia pueden exigirse actos, no conciencias. Puede exigirse
cumplir la ley, respetar los derechos humanos, renunciar a la violencia y
responsabilizarse del daño causado. Pero nunca debería reclamarse una
conversación estandarizada ni una humillación pública como condición de
legitimidad. Y junto a esa exigencia ética conviene sostener otra verdad: el
terrorismo de ETA fue injustificable. Nada legitima el asesinato, la amenaza o
la coacción. Pero una memoria democrática adulta requiere reconocer otras
vilencias graves de nuestra historia reciente: la represión de la dictadura, la
tortura, la guerra sucia y los silencios institucionales que durante demasiado
tiempo impidieron la verdad y la reparación. Nombrarlas no relativiza nada,
sino que fortalece un principio básico de la convivencia: ninguna causa
política, ninlads queguna razón de Estado legitiman la violencia.
Necesitamos comprender cómo algunos pudieron justificar la violencia. No
para excusar, sino para prevenir. No para absolver, sino para aprender. Tras
muchos itinerarios violentos hubo contextos familiares, sociales e identitarios
cuyas narrativas se heredaban, la pertenencia reclamaba rígida lealtad, y el
pasado era un mandato emocional. Desconocerlo nos permite indignarnos, pero no
construir puentes para nosotros y para las próximas generaciones.
Tampoco las víctimas formamos un bloque homogéneo. Hay quienes desean
justicia retributiva, quienes buscan diálogo, quienes prefieren el silencio,
quienes cambian con el tiempo, quienes permanecen anclados en un pasado
maldito. Algunas sostienen posiciones muy duras; otras han encontrado caminos
más complejos. Todas sin excepción merecen el mayor respeto.
Ciertas voces aparecen reiteradamente en medios y tribunas como si
representaran a todas las víctimas. Ello proyecta la idea de una posición
única. La realidad es mucho más plural. Ninguna asociación, por valiosa que sea
su trayectoria, tiene el monopolio moral del dolor ni puede decidir en
exclusiva cómo entender la memoria, la justicia o la convivencia. Cuando una
sola narrativa copa el espacio, empobrece el debate y silencia a quienes no
encajan en ella.
A veces, lo que se presenta como odio es dolor no elaborado, trauma
persistente, miedo a que la memoria se banalice, necesidad de reconocimiento,
temor a que la reintegración del agresor invisibilice a la víctima. Cuando el
daño organiza parte de la identidad, cualquier cambio puede vivirse como una
amenaza. A esto se añade el uso político del sufrimiento. Demasiadas veces, el
dolor de las víctimas se convierte en arma partidista. Se invoca nuestra
memoria no para comprender, sino para atacar al adversario. Y se traiciona lo
que se dice defender. Quienes hemos sufrido el terrorismo tenemos derecho a la
memoria, la justicia y el respeto. Además, tenemos la responsabilidad de no
permitir que nuestro dolor se use contra la verdad. Si negamos toda posibilidad
de cambio, convertimos el pasado en una condena perpetua. Si reducimos la convivencia
a consignas, dejamos intactas las lógicas que alimentaron la violencia.
He aprendido que hay personas que causaron un daño grave y han cambiado sin
saber nombrarlo públicamente. También hay gestos visibles sin cambio profundo.
Hay víctimas capaces de escuchar matices sin sentirse traicionadas y otras para
las que este matiz resulta insoportable. Nada de esto cabe en una consigna. Por
eso, defiendo una verdad sin propaganda, una memoria sin manipulación, una
justicia sin venganza, una convivencia sin amnesia.
Los hondos procesos de reconocimiento no dan grandes titulares, sino algo
más valioso: humanidad. El debate público necesita vencedores y vencidos, pero
el encuentro humano introduce personas reales, capaces de dañar y de cambiar.
Eso acerca d la verdad. Quizá lo que más precisamos no es repetir certezas,
sino aprnder a sostener esa complejidad sin miedo.
Opinión:
No puedo
añadir ni una coma ni un punto más al MAGNIFICO artículo de mi amigo, compañero
y maestro en temas jurídicos como es José Aguilar.
Conocí a
José Aguilar en los inicios de mi etapa como delegado en Catalunya de la
ANTIGUA AVT, allá por 1991. El, por su parte, era el delegado en Navarra. Éramos
jóvenes y junto a otra gente de parecidas edades nos liamos en la lucha por los
derechos de todas aquellas víctimas que pusieron su confianza en nosotros.
Junto a otras víctimas como Juan Antonio, Ana, Sonsoles, Luis, Santiago, Dolores,
Rosario, Manoli, Leonor, Vicky, Juan, Celia, Francisco, Víctor, Marisol…
compartimos los sinsabores y los peligros de aquellos años que otros (llegados mucho
tiempo después) bautizaron como “años de plomo”. Peleamos como kamikazes por
defender los derechos de todas las víctimas a las que íbamos conociendo y es un
honor decir más de 30 años después que jamás hablamos de ideologías… tampoco era
necesario porque las ideologías se quedaban en el rellano antes de abrir las
puertas, ya fuera de la central en Carranza o Sagasta o la delegación en
Fastenrath, Cuba o incluso Josep Sangenís. Huelga decir que muchos de los que
han ido llegando como champiñones en el campo jamás sabrán el enorme trabajo
que se hizo en esos despachos, porque nunca estuvieron y al llegar, ya se
encontraron el trabajo hecho cuando les fueron colocando a nivel político y, lo
que es más inaudito, aportándoles cargos sin tener la mínima preparación.
Pero eso es
otra historia.
La de hoy,
la de ahora, es homenajear a mi AMIGO José Aguilar por su valentía, su
perseverancia y por otros temas que me guardo para mí. Algún día se explicarán.
José Aguilar, sara Bosch, Robert Manrique y Juan Antonio Corredor


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