15
mayo 2022
La
vida secreta en México de dos fugitivos neofascistas de la Transición española
EL
PAÍS localiza a los ultras Daniel Fernández de Landa e Íñigo de Guinea, implicados
en las muertes en 1980 del líder vecinal Arturo Pajuelo y del soldado Juan
Carlos García. Los prófugos disfrutan desde hace 40 años de total impunidad
Los
falangistas Daniel Fernández de Landa Roca e Íñigo de Guinea Pérez, presuntos
autores de dos de los atentados más cruentos de la Transición española, se
ocultan desde hace más de 30 años en México, donde viven con total impunidad,
según una investigación de EL PAÍS, que desvela por primera vez su paradero.
Fernández
de Landa, de 64 años, está acusado del asesinato del líder vecinal madrileño
Arturo Pajuelo Rubio tras una manifestación del Primero de Mayo de 1980. El
ultra también formó parte del comando fascista que perpetró cinco días después
el asalto al madrileño bar San Bao, donde murió el soldado Juan Carlos García
Pérez, de 20 años. Desde 1985, Fernández de Landa se esconde en Ciudad de
México.
México
también ha acogido a De Guinea, acusado del apuñalamiento que dejó al borde de
la muerte a Joaquín Martínez Mecha, el hombre que acompañaba a Pajuelo cuando
fue asesinado. A sus 60 años, De Guinea reside con su familia en León, una
ciudad de 1,5 millones de habitantes en el Estado de Guanajuato.
Los
dos fugitivos protagonizaron una fuga de película en 1980. La escapada les
permitió eludir el banquillo en España, donde está prohibido el juicio en
ausencia para delitos graves. Y, durante más tres décadas, disfrutaron de una
plácida vida anónima a más de 9.000 kilómetros de Madrid mientras Interpol
les tenía en su lista de prófugos en busca y captura.
Durante
este tiempo, los neofascistas inscribieron pisos a su nombre, crearon empresas
y se registraron como extranjeros en organismos gubernamentales mexicanos.
La
primera conversación de EL PAÍS con De Guinea se desarrolla a las 17.30 del
pasado martes. Apenas dura tres minutos.
-¿Íñigo
de Guinea?
-Sí,
soy yo.
-Soy
un periodista español. Preparamos una historia sobre sucesos de la Transición y queríamos
hablar con usted.
-Pues
sí, no hay ningún problema, pero en este momento estoy en el coche, en la
calle. No sé si puede ser más tarde, en un par de horas, que me llame.
-Nos
gustaría saber su opinión sobre una serie de sucesos que ocurrieron en los 80
en España y en los que estuvo implicado, recordará perfectamente de qué se
trata…
-Sí,
sí, claro…
De
Guinea emplaza a mantener a una segunda charla dos horas después, pero no
atiende a las llamadas. Al día siguiente, tras la insistencia, descuelga el
teléfono para desplegar una retahíla exculpatoria.
-Según
la justicia, estuvo implicado en el asesinato de Arturo Pajuelo y en el asalto
al bar San Bao…
-Tuve
que ver en esos hechos, pero no como aparece en los sumarios. No todo lo que
dicen es cierto. No estuve en el juicio, no me pude defender.
-No
estuvo en el juicio porque huyó y ha estado en busca y captura tres décadas.
-Me
fui porque me salió un trabajo. Tenía 18 años y miedo. Muchos acabaron en la
cárcel sin tener nada que ver. Era arriesgarse demasiado. ¿Y si no podía
demostrar mi inocencia?
-Joaquín
Martínez, el superviviente del atentado contra Pajuelo, le reconoció como el
autor de su apuñalamiento.
-Me
inculparon, pero no estuve allí. No dañé a nadie. En el caso del bar San Bao,
estuve en los alrededores, pero no llegué a entrar.
-¿Por
qué se ha cambiado su nombre a Ignacio?
-Me
dijeron que Íñigo no existía en el santoral mexicano.
El
ultra se despide con voz pausada. Asegura que ha perdido el contacto con
Fernández de Landa y reconoce que trabajó con él hace dos décadas en una
empresa mexicana de plásticos.
Y
es precisamente el plástico el hilo conductor que marca la vida secreta en
México de De Guinea y Fernández de Landa. Para reconstruir el rastro oculto de
este último, hay que viajar a Naucalpan de Juárez (Estado de México). Corre
1990. Fernández de Landa tiene 32 años y dirige la firma Distribuidora e
Importadora los Delfines SA de CV. La compañía tiene 11 empleados, según el
registro mercantil. El neofascista se embarca en ella con un restaurador
mexicano ya fallecido. El proyecto dura hasta 1999. Hoy, un taller ocupa este
desvencijado bloque blindado por un portalón metálico de donde fluye el
estruendo de la maquinaria pesada.
El
siguiente escenario conduce a San Juan de Aragón, un anárquico enjambre de
casas bajas incrustado en el municipio de Gustavo A. Madero donde encontrar una
dirección se convierte en una odisea. El fugitivo desembarca en esta área de
1,1 millones de habitantes tras casarse con la hija de un industrial mexicano
que pilota una fábrica de hilos y un complejo de banquetes, Salones Cristal.
Corren todavía los noventa.
Fernández
de Landa se presenta ante su nueva familia como un hombre discreto y educado.
Una persona ejemplar que pronto transforma el negocio textil del suegro en una
fábrica de plásticos. Su compañía se llama Plásticos Landa y explota desde 2004
la marca de utensilios y recipientes para la casa Plastmade, según el registro
mercantil.
El
negocio funciona. Emplea a una decena de trabajadores. Y permite al ultra y a
su esposa mexicana navegar por una cómoda vida que incluye pequeños placeres
como la conducción de vistosos coches.
De
Fernández de Landa solo queda hoy el recuerdo en la colonia San Juan de Aragón.
El edificio donde residía el matrimonio con su hija, levantado sobre un terreno
de 4.000 metros,
ha sido conquistado por el aparcamiento de un imponente templo religioso de
paredes blancas, la Iglesia
de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. “Ellos vendieron al templo el
solar donde tenían la fábrica y su casa; nosotros todavía resistimos”, recuerda
Mari Paz, que fue vecina del matrimonio durante dos décadas. “Nunca nos contó
nada de su pasado en España”, añade desde una ventana esta sexagenaria que
define al ultra como un hombre educado.
Fernández
de Landa nunca ha abandonado el sector del plástico. A través de firmas como
Hidro Raf SA de CV, compañía especializada en la fabricación de envases y
contenedores de este material, el hombre acusado de arrebatar la vida a dos
personas en la Transición
se ha prodigado en foros internacionales. Su empresa participo en 2012 en la
ciudad mexicana de Guadalajara en la feria de comercio minorista Antad.
La
treta de la nacionalidad
El
ultra transitó por esta vida anónima sin levantar sospechas gracias a su
nacionalidad mexicana. Un salvoconducto que consiguió en 1990, cuando todavía
Interpol le perseguía.
¿Cómo
pudo hacerse con este trámite que hoy exige un certificado de antecedentes
penales? “En México todo es posible con dinero. Y en aquellos años, más”,
admite un exfuncionario de la fiscalía de este país, donde se refugiaban en
1995 más de un centenar de etarras.
La
justicia española ha tenido en su radar a Fernández de Landa desde que se
esfumó de España. El Juzgado Central número 4 de la Audiencia Nacional,
que le reclamó hasta 2011 por homicidio doloso, mantuvo una segunda orden de
captura contra el fugitivo hasta febrero de 2018.
Durante
su escapada, el acusado de las muertes de Pajuelo y García se ha revelado como
un maestro del despiste.
Son
las 11 de la mañana en la urbanización del Valle Escondido. El complejo es un
fortín de millonarios tapizado por campos de golf y medidas de seguridad de
película donde conviven las potentadas fortunas mexicanas. Y donde nadie conoce
a Fernández de Landa, pese a que el ultra fijó en una de sus viviendas
unifamiliares una dirección para trámites burocráticos. “Nunca oímos hablar de ese
señor”, dice una empleada de servicio de la supuesta vivienda del prófugo. El
jardinero de la casa, valorada en dos millones de euros, asiente en silencio.
Este periódico no ha podido recabar la versión de Fernández de Landa.
El
refugio de Guanajuato
A
cinco horas en coche de Ciudad de México, se despliega uno de los Estados más
violentos del país, Guanajuato (2.516 homicidios en 2021). El falangista Íñigo
de Guinea Pérez elige la ciudad de León para echar raíces, formar una familia y
escabullirse de las garras de los investigadores españoles que le buscaban por
apuñalar a Joaquín Martínez, amigo de Pajuelo.
De
Guinea inscribe en León una vivienda unifamiliar de 130 metros con jardín en
la calle Canciller de la
Colonia Real Providencia, según el registro de la propiedad.
Lo hace con un nombre falso. Cambia Íñigo por Ignacio.
La
vivienda pasa inadvertida en una urbanización de irregulares chalets adosados
donde los vecinos han creado una patrulla ciudadana de informantes. La milicia
del orden trata de disuadir a los intrusos y frustrar los más que frecuentes
asaltos a mano armada y robos. “Vigilancia vecinal”, reza un cartel junto a una
comisaría. “¿Buscan algo?”, inquiere un sexagenario en bicicleta dedicado
advertir a los vecinos de la presencia de desconocidos.
En
Real Providencia ignoran que dos juzgados españoles han reclamado durante más
de 30 años por homicidio doloso a su vecino De Guinea. Las órdenes de busca y
captura contra este hombre de marcado acento mexicano permanecieron activas
hasta 2006 y 2011.
En
León, De Guinea creó una empresa de productos plásticos en 2000, cuando todavía
estaba en busca y captura por Interpol, según el registro mercantil. Su negocio
funcionó en una gran nave industrial a 20 kilómetros de su
domicilio. Hoy, alquila un apartamento en el Dorado Residencial ―una tranquila
comunidad junto al centro comercial Vía Alta― y vende productos en la red.
El
ultra no oculta su obsesión por las armas ―le gustan los clubes de tiro― y
mantiene intactas sus convicciones, según un perfil en redes sociales con el
apellido modificado. En él, sigue en contacto con antiguos militantes de
Falange Española de las JONS y exmiembros del Frente de la Juventud, una escisión
violenta de Fuerza Nueva cuyos militantes perpetraron asesinatos, asaltos y secuestros.
El
día de la tragedia
Para
entender la fuga a México de Fernández de Landa y De Guinea hay que sumergirse
en el lado más violento de la Transición. Transcurre 1980. Arturo Pajuelo tiene
33 años y es el segundo de ocho hermanos. Trabaja como delineante en una
empresa aeronáutica de Getafe. Y combina sus pasiones ―el atletismo, la
escalada y las capeas― con la asociación vecinal Guetaria de Orcasitas
(Madrid). Su barrio es un conglomerado erigido en los cincuenta por obreros de
la construcción y trabajadores de Telefónica. Pajuelo tiene madera de líder en
un territorio donde resuena el acento andaluz de la inmigración que huye de la
pobreza. El joven batalla para que se repare un bloque de viviendas amenazado
por las grietas.
Son
las dos menos cuarto del 1 de mayo de 1980. Pajuelo y su amigo Joaquín Martínez
salen de la manifestación del Día del Trabajo, convocada por UGT y CC OO.
Caminan por la calle de Tarragona cuando dos individuos les asaltan en
silencio. Son presuntamente Fernández de Landa y De Guinea, militantes de
Falange Española y de las JONS. El primero asesta nueve puñaladas a Pajuelo en
el hígado y los pulmones. Su colega recibe dos de De Guinea, según relata
Martínez. Un taxista recoge al líder vecinal en medio de un charco de sangre.
Le traslada al Hospital 12 de Octubre. A Martínez le auxilian unos tunos, según
rememora.
Pajuelo
muere. Dos operaciones y una transfusión de 20 litros que donan los
vecinos de Orcasitas resultan inútiles en el combate vital. Las cuchilladas
fueron certeras. Martínez sobrevive. “Me dieron dos puñaladas en la espalda.
Una me afectó al riñón y otra al coxis. Estuve 21 días ingresado en la UCI, grave. Creo que nos
siguieron al terminar la manifestación. Nos cogieron al azar”, recuerda hoy, a
sus 67 años, este superviviente. Desde la cama del hospital, Martínez dio las
pautas a la policía para elaborar los retratos robots de Daniel e Íñigo.
Martínez
identificó al agresor en el archivo fotográfico de Diario 16. No se fiaba de la Policía. “El que apuñaló
a Pajuelo era un tipo barbilampiño y con cara de mujer, Daniel. Lo vi al 98%.
Y, si lo traen aquí, lo confirmaría al 100%″, añade este hombre que recibió
formación de reconocimiento facial durante su etapa como empleado de aduanas y
que arrastra una incapacidad como consecuencia de las cuchilladas.
El
crimen de Pajuelo conmociona a la sociedad. Más de 20.000 personas asisten al
entierro en el Cementerio de Carabanchel y 40.000 se manifiestan y participan
en una huelga, según las crónicas.
Jauría
fascista en un bar
Cinco
días después del asesinato del líder vecinal, una milicia de una veintena de
falangistas irrumpe con cadenas, cuchillos y pistolas en el bar San Bao de la
madrileña calle de Arturo Soria. “No os mováis que os vamos a matar. ¡Viva
Cristo Rey”, advierte la jauría fascista. Es la respuesta de los ultras a una
marcha homenaje a Pajuelo que acaba de finalizar en la zona. Los convocados han
pedido la ilegalización de Fuerza Nueva, la formación que pilota el notario de
verbo encendido Blas Piñar.
Uno
de los clientes del San Bao, Juan Carlos García Pérez, soldado de 20 años,
muere en la reyerta tras recibir dos tiros por la espalda. Otros tres jóvenes,
resultan heridos.
La Audiencia
Nacional procesó en 1983 por el asalto al San Bao a una decena de ultras, entre
los que figuraban Fernández de Landa como autor del disparo mortal, y De
Guinea, que ya acumulaba en su historial criminal el presunto apuñalamiento de
Martínez y una detención por su participación en la muerte a tiros del vecino
de Arganda del Rey (Madrid) José Prudencio García, de 44 años.
Fernández
de Landa huyó de España en 1980 tras pedirle a los policías que iban a
detenerle unos minutos para quitarse la chaquetilla de camarero en el bar de El
Escorial donde trabajaba. El ultra había sido expulsado de Falange Española y
de las Jons un año antes por su conducta “revolucionaria y agresiva”, según el
sumario del caso Pajuelo.
Su
hermano Jesús fue arrestado en El Escorial poco después tras ser confundido con
un militante del GRAPO cuando portaba en una caja de zapatos una pistola Astra
de nueve milímetros y un revólver FN del 32. Las armas fueron usadas en el
asalto al San Bao, según los investigadores.
El
Supremo condenó por este crimen en 1985 a Jesús Fernández de Landa, hermano de
Daniel, y a Juan Domingo Martínez Lorenzo, alias Perón, a 32 años de prisión
por sendos delitos de asesinato consumado y asesinato frustrado. Tras triplicar
las penas impuestas por la Audiencia Nacional, el alto tribunal consideró
sus contribuciones clave en el crimen, pero precisó que no ejecutaron la muerte
de Juan Carlos García, cuya autoría se atribuyó al huido Daniel Fernández de
Landa.
Durante
cuatro décadas, el paradero de este último ha sido un misterio. Interpol creyó
inicialmente que transitó sus primeros años como fugitivo en un castillo en
Francia del neofascista italiano Stefano Delle Chiaie, jefe de Avanguardia
Nazionale. Y que, después, se escondió en Suiza.
Felipe
Pajuelo, de 68 años, hermano de la víctima, asegura que su familiar no militaba
en ningún partido ni sindicato. “Los culpables huyeron. Nosotros nos quedamos
sin Arturo y sin justicia. Cuarenta años después, nadie ha pagado por su
asesinato”, lamenta.
En
el madrileño barrio de Orcasitas, una escultura en forma de paloma levantada
con una colecta popular rememora a aquel treintañero de pelo afro que reclamaba
ante el poder casas para las familias más humildes. Un centro de mayores lleva
su nombre. “Arturo Pajuelo era un líder nato, un joven que hizo mucho por el
pueblo”, defiende uno de los residentes.
Opinión:
Justo hace unos minutos he escuchado al que fuera ministro del gobierno
de Adolfo Suárez en 1977, Otero Novas.
Curiosamente, la época en la que grupos de extrema derecha se dedicaron
a perpetrar numerosos atentados.
Esperaba que le preguntaran por esos temas pero, desgraciadamente,
hablaban de las relaciones ruso-españolas de aquellos tiempos…