22 marzo 2026
Antonio Alonso,
genetista forense: “La conspiración tras el 11-M fue vergonzosa y la gestión
del Yak-42, una infamia”
En su libro, ‘La
huella invisible’, Alonso describe algunos de los casos en los que participó a
lo largo de su carrera, desde el asesinato de Lasa y Zabala a los atentados del
11-M o el accidente del Yak-42, y relata cómo el análisis de ADN cambió la
historia de España
La vida profesional de Antonio Alonso es tan fascinante que
ya ha recibido propuestas para convertirla en una serie. Alonso trabajó desde
1984 en el Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses (INTCF), que
dirigió entre 2019 y 2024, y participó como genetista forense en la resolución
de algunos de los casos más relevantes para la historia de este país, desde el
asesinato de Lasa y Zabala hasta los atentados del 11-M, el accidente del
Yak-42 o la identificación de víctimas de la Guerra Civil.
Alonso
recoge su dilatada experiencia en “La huella invisible” (Crítica,
2026), un libro que le propuso su editora tras escucharle en una entrevista
radiofónica y en el que relata los detalles de ocho de estos casos. Una
historia que documenta, con una mirada crítica y profundamente humana, cómo la
evolución de estas tecnologías de análisis genético ha cambiado la forma en que
se identifica a las víctimas y se esclarecen los delitos. Para Alonso, que se
emociona cuando habla del dolor de las personas que tienen familiares
desaparecidos y sin identificar, las ciencias forenses tienen un valor
humanitario y no diferencian entre bandos: solo son la mejor herramienta disponible
para reparar la injusticia.
Cuenta usted que el ADN puede permanecer en
la ropa después de pasar por la lavadora, ¿la huella invisible de
la que habla en el libro es más pegajosa de lo que creemos?
Efectivamente. Y eso que
parece una anécdota, es algo que condiciona muchas investigaciones, porque hoy
en día, aparte de llevar nuestro propio ADN en nuestras ropas, llevamos el ADN
de las personas con las que convivimos, al menos con las que compartimos la
colada de la lavadora. ¿Por qué? Porque en el lavado puede haber transferencia
de ADN y, aunque sean pequeñas trazas, con la sensibilidad que tenemos hoy día
podemos detectarlas, por ejemplo, en la ropa interior. Imagínate esto en la
investigación de casos tan graves como el abuso sexual de niños. Por eso la
prueba del ADN hay que interpretarla dentro de un contexto, la genética por sí
sola no resuelve delitos. Se necesitan otras pruebas testificales o forenses de
que efectivamente estas son las circunstancias.
Paradójicamente, más sensibilidad puede abrir
nuevos problemas a la hora de documentar, ¿no?
Por un lado, es una
ventaja que hayamos avanzado hasta obtener ADN de la nada, de una docena de
células. Pero eso tiene la otra cara, y es que no solo vamos a detectar aquello
que nos interesa, lo que se ha producido en el momento del crimen que estamos
investigando. También vamos a identificar el ADN de fondo que estuviera en esa
escena. Eso lo complica todo de muy diversas maneras, entre ellas por el hecho
de que no vamos a obtener perfiles únicos y muchas veces vamos a obtener
mezclas. Eso es uno de los temas más complejos en el ámbito de interpretación
forense.
Otro de los asuntos controvertidos son los
cribados poblacionales para buscar a un culpable, hay pendiente una reforma de
la Ley de Enjuiciamiento Criminal para que esto quede regulado, ¿verdad?
El proyecto de reforma,
que ya está presentado en el Congreso de los Diputados, incluye la
investigación de ADN de manera sistemática en determinados cribados, cuando las
técnicas tradicionales no han dado ningún resultado. Se trata de delitos
graves, agresiones sexuales, homicidios, etcétera y siempre bajo un estricto
control judicial o fiscal que asegure todas las condiciones con respecto a la
preservación de los datos genéticos.
¿Ustedes ya resolvieron un caso así?
A pesar de que no hay una
legislación en el ámbito judicial, ya en el año 2003 hicimos una investigación
de este tipo, que fue un cribado genético en un ámbito rural en Campo de
Criptana para identificar a través del cromosoma Y a un determinado individuo.
Porque el cromosoma Y que heredamos los varones de nuestros padres se transmite
de manera inalterada a lo largo de las generaciones. Se hizo una primera
investigación en todas aquellas personas que habían estado con la víctima de
una agresión y se encontró una coincidencia, pero con una mutación. Eso nos
llevó pensar que el responsable podía ser un familiar de ese individuo y los
buscamos por el apellido paterno. La Guardia Civil, con consentimiento y con
conocimiento de la juez instructora, hizo un barrido. Y en el individuo 55
detectamos un perfil de cromosoma idéntico, que al final se delató.
¿Cuáles son los riesgos de hacer el cribado?
¿Estigmatizar a comunidades?
Entre otras cosas. También
pueden producirse errores, dependiendo del tipo de relación de parentesco.
Imagina que tenemos el cromosoma Y de este individuo y vemos que tiene un
origen ancestral magrebí. Cuidado, porque hay que valorar eso. Hay que tratarlo
con mucha confidencialidad, porque todo ese tipo de datos pueden llegar finalmente
a estigmatizar a determinados grupos sociales o raciales.
Hay ya varios casos en los que se ha
encontrado al culpable gracias a los test recreativos de ADN a través de
alguien que tiene una relación familiar, ¿ese también es un terreno
resbaladizo?
El primer caso de este
tipo fue el del “asesino de Golden State”, en California, cuando el FBI comparó
una muestra hallada en el lugar del crimen con los datos que se obtienen en
este tipo de compañías que venden kits comerciales y localizaron a un familiar
lejano que les permitió llegar hasta el culpable. Esto ha obligado a las
compañías a incluir cláusulas para que la gente esté informada y sepa que su
material genético se puede usar para buscar a sospechosos.
A veces los asesinos tienen creencias
erróneas, como la capacidad de la cal viva para hacer desaparecer restos
orgánicos, ¿cómo de determinante fue esto en el caso de Lasa y Zabala?
Hasta ese momento había
una falsa creencia de que la cal viva producía una destrucción tanto de los
tejidos blandos como del esqueleto, y que por lo tanto esa era la manera de
destruir o de hacer desaparecer un cadáver. En ese momento incluso los forenses
pensábamos que esto era así. Yo, cuando me enfrenté a ese caso, lo primero que
pensé fue que no quedaría nada de ADN. Pero resulta que es más bien al
contrario. La cal viva produce una reacción exotérmica que produce desecación
al contacto con el agua con los tejidos, y eso produce de alguna manera una
inhibición de la putrefacción que está dirigida por el crecimiento bacteriano.
No produce un olor tan fuerte y, por lo tanto, las alimañas no aparecen. Todo
eso hace que al final el cuerpo se esté preservando, que es lo contrario que se
pretendía. En el caso de Zabala, lo de la cal viva además fue como una firma y
lo que llevó a un policía a relacionarlo con los GAL, porque [José] Amedo había
dicho que en el caso de Segundo Marey habían valorado hacer lo mismo.
A lo largo de su carrera usted se ha
enfrentado a casos terribles, crímenes de lesa humanidad, torturas como en este
caso, y asesinatos. ¿Qué momento recuerda como especialmente impactante?
Bueno, en principio, y
aunque eran unos cadáveres ya desprovistos de carne, el caso de Lasa y Zabala.
Hubo un momento en esa mesa de autopsia que me produjo una impresión
importante, un quebranto emocional. Porque no eran solamente los cadáveres,
eran las vendas, eran los apósitos, eran las mordazas. Todo eso te daba una
idea de lo que había pasado, de la tortura. Pero, para mí, desde luego, la
situación más grave fue encontrarme con la muerte en la mesa de autopsias del
11-M. Aquello creo que nos sobrepasó absolutamente a todos, a la población
general, a los equipos forenses, absolutamente a todos. Y esa noche, gracias a
la solidaridad de un montón de equipos de, no solamente forenses, sino todos
los equipos de asistencia psicológica, policías, etcétera, creo que eso fue lo
que sirvió para sobreponernos y dar una respuesta que yo creo que fue muy
rápida, con sus errores.
Habla en el libro con mucha honestidad de
que hubo un error que ha servido para mejorar el sistema…
El error fue que solo se
tomó el ADN de los cadáveres que no estaban identificados con la huella
dactilar, pensando que ya bastaba. Eso fue un error muy grave, porque
desgraciadamente en el 11-M se produjo una fragmentación de los cuerpos muy
grande como consecuencia de las explosiones, con lo cual esos restos que
estaban en lo que llamaban las bolsas cero no se pudieron reasociar completamente
con todos los cuerpos. De eso aprendimos y, gracias a esa experiencia y a la
autocrítica posterior, se desarrolló un protocolo de actuación médico forense
en casos de catástrofes, que se publicó como Real Decreto en el año 2009 y que
hoy es la referencia en España para que no vuelvan a ocurrir esos errores y
otros que se produjeron.
Justo antes había ocurrido una negligencia
grave por parte de las autoridades militares sanitarias de ese momento con el
caso del Yak-42. Siendo usted forense en aquel proceso, ¿qué sintió cuando los
responsables políticos no fueron encausados ni pidieron perdón?
Fue tremendo, tremendo.
Fíjate que se trataba de compañeros. El general y el capitán eran militares
médicos, a los que se supone una serie de valores, de lealtad, etcétera. Y
realmente no se hizo nada, ¿no? Es decir, hay pruebas de cuando hicimos las
exhumaciones de que en algunos ataúdes había restos de más de tres personas o
dos pies de distinto tamaño. La sentencia refleja de forma muy clara que se
asignó de manera aleatoria los cadáveres a distintos nombres. Sobre los
políticos, yo recuerdo en aquellas épocas cuando vinieron los militares
familiares a darnos la muestra para identificar a sus cadáveres, que eran todos
votantes del PP y lo que decían todos: “Son unos sinvergüenzas cómo nos han
tratado”. En el libro hay bastantes testimonios de esto, decían que en la vida
volverían a votar a esta gente, porque aquello fue una infamia.
Entonces se puso el ejemplo del problema de
los sombreros. ¿En qué consistía?
Básicamente era una
metáfora. Se dice que si 37 personas que han bebido y están borrachas llegan a
un bar y dejan el sombrero en sus percheros, la probabilidad de que cada uno
coja su propio sombrero al salir es muy baja. Y esto es lo que ocurrió, que de
los 30 cadáveres que no analizaron los turcos —que sí habían hecho bien su
trabajo—, todos estaban mal identificados. Y menos mal que el equipo turco tuvo
la prudencia de tomar una muestra de tejido que nos sirvió después para obtener
el ADN de todos los cadáveres y poder hacer la reconstrucción.
Y darle a cada familia los restos de su
familiar fallecido…
Siempre que se pudo.
Porque, claro, el problema es que 11 de los cadáveres se habían incinerado e
intercambiaron cenizas y con dos de ellos las familias las habían esparcido.
Este desprecio por los hechos científicos y
esta voluntad de desprestigiar a los técnicos la hemos vuelto a ver más veces,
¿es la firma de un partido político?
Lo vimos también en el
11-M. No es ya que todas las pruebas inmediatas de las primeras horas, todas
las pruebas periciales, indicaran que se trataba de un terrorismo islamista,
que así lo decían. Es que con anterioridad ya había avisos del CNI y de los servicios
de inteligencia de Policía y de Guardia Civil, de que esto podría pasar, de que
lo más seguro es que hubiera un atentado terrorista en Madrid. Y sin embargo,
este equipo, por las intenciones que fueran, intentó mantener el tema de que
estos atentados provenían del terrorismo vasco de ETA. Y no solamente eso, sino
que años después de que haya una sentencia en la que la verdad científica
judicial se ha establecido, seguimos con teorías conspirativas. Lo ha dicho
Mayor Oreja de nuevo hace dos días, es muy vergonzoso.
El análisis de ADN ha resultado ser fundamental para la memoria histórica. ¿Por qué fue tan importante para usted la caja 198 del Valle de Cuelgamuros?
La caja contiene restos de
una de esas inhumaciones que se produjeron en 1936 en Ávila, en dos
localizaciones una fosa en Aldeaseca y otra en Fuente el Saúz, dos pueblos de
Ávila. Cuando se inaugura el Valle de los Caídos, ahora Valle de Cuelgamuros,
se exhuman y se llevan al valle, como otros muchos.
También del bando nacional, como recalca en
el libro.
Sí, sí, porque creo que es
importante decirlo. Hay muchos vascos, porque el bando nacional llegó allí y
reclutó forzosamente a muchos jóvenes que al final murieron. Y muchos de ellos
están en el Valle de los Caídos. Hay bastantes solicitudes. Esto quiero
transmitirlo para que veamos que las ciencias forenses tienen un valor
humanitario. No diferencian los bandos y no debemos diferenciarlos. Y creo que
esto debe ser también de ayuda para aquellos que no entienden lo duro que es
tener una persona desaparecida. La incertidumbre. Toda la gente con la que tú
hables de este tema que tiene una persona desaparecida te va a decir lo mismo:
yo puedo vivir con la muerte, puedo hacer un duelo y puedo pasar página, pero
con un desaparecido no puedo vivir. Y te lo dicen los de la Guerra Civil y te
lo dice Pili Zabala, que pasó diez años sin saber qué le pasó a su hermano.
Hasta que se pudo encontrar. Todo eso que parece que es una tontería es algo
fundamental. Tiene que ver con la dignidad humana y tiene que ver con la
necesidad de pasar página y de poder vivir. Yo he conocido a mucha gente que ha
estado 30 años dedicada a esa búsqueda, es en lo que han convertido su vida,
porque no pueden más.
¿Qué siente uno cuando ve todos esos restos
en el valle de Cuelgamuros y ve la dimensión de lo que pasó en este país?
Efectivamente es muy grave
y a veces piensas: joder, parece que el
dictador hizo las cosas de manera que nunca se pudieran identificar o que fuera
muy difícil identificarlos. Yo visité el Valle de los Caídos en el año 2010.
Fue una de las primeras visitas que se hizo. Abrimos las paredes, no entramos y
vimos lo que pasaba allí. En muchas de las criptas las cajas de madera se han
deshecho completamente y aquello es un osario en el que es muy difícil
trabajar. En el sepulcro, donde se ha encontrado a las víctimas de Aldeaseca y
Fuente el Saúz, tuvimos suerte porque se hizo primero un trabajo excelente
arqueológico por parte del equipo de la Secretaría de Estado de Memoria
Democrática, dirigidos sobre todo por Paco Etxeberria. Creo que es admirable
el trabajo que se ha hecho, pero en muchos casos no se podrán identificar los
cuerpos, por la dificultad.
Me imagino que generará
cierta impotencia saber que trabajar en crímenes contra la humanidad es como ir
sacando el agua del mar con una cuchara, porque los siguientes casos están ahí
esperando, en Gaza, Ucrania…
En el capítulo de lla masacre de Suva Reka, en Kosovo, que es
el caso por el que tuve que ir a declarar al Tribunal Internacional para la
antigua Yugoslavia, hago referencia a ese espectro mundial, que es una
desolación enorme y que produce cientos de miles de víctimas sin identificar en
todos estos países y en situaciones de una precariedad tremenda. Y luego,
además, [tenemos que soportar] que nos digan que ya se ha acabado la guerra en
Gaza cuando se ha exterminado completamente una zona. Y las personas que son
responsables de esto, como Netanyahu o Estados Unidos, que no reconocen el
tribunal, tienen la libertad para seguir haciendo estas barbaridades. Es muy
grave.
Opinión:
Pues no hace falta decir mucho más… sencillamente decir que este libro
es un compendio de situaciones que algunos se niegan a entender y ucho menos
reconocer, pese a las pruebas que se aportan.
Es de obligada lectura.

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