23 diciembre 2025
Gaizka Fernández Soldevilla, responsable del archivo y documentación del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo.
La
campaña de ETA desatada en el año 2000, en plena ‘socialización del
sufrimiento’, provocó que el miedo afectara al 80% de la población
La
«tregua indefinida» que ETA había declarado en 1998 fue una estratagema:
aprovechó para rearmarse y recabar información sobre objetivos. La rompió el 21
de enero de 2000 con el asesinato del teniente coronel Pedro Antonio Blanco en
Madrid. Empezaba así uno de los peores años de nuestra historia reciente.
De
acuerdo con la Global Terrorism Database, en el 2000 los terroristas cometieron
4.002 asesinatos en el mundo. Europa fue el escenario de 420, de los cuales 383
se localizaron en Europa del Este. El grueso de los crímenes del oeste
correspondía a España: tres víctimas mortales de los GRAPO y 23 de ETA.
Mientras en el resto de Europa occidental el terrorismo doméstico cogía polvo
en el museo de los horrores, en nuestro país todavía se mataba en nombre del
maoísmo o de la patria.
Sobre
todo, de la patria. La agencia ‘VascoPress’ contabilizó 70 atentados de ETA, en
su mayoría con armas de fuego y coches bomba, que costaron la vida a ocho
políticos del PP y el PSOE (desde un exministro a concejales de pequeñas
localidades), tres militares, dos guardias civiles, dos juristas, un policía
nacional, un ertzaina, un policía local, un periodista, un empresario, un
conductor de autobús, otro del parque móvil del Tribunal Supremo y un
funcionario de prisiones. El grueso de estos crímenes tuvo lugar en Madrid (5),
Guipúzcoa (4) y la provincia de Barcelona (4).
Asimismo,
la violencia de la izquierda abertzale produjo 145 heridos, a 13 de los cuales
se les reconoció la incapacidad absoluta, es decir, quedaron inhabilitados para
desempeñar cualquier tipo de trabajo. Las heridas de 103 personas fueron
consecuencia de atentados de ETA y las de las otras 42, de la kale borroka.
Y
es que la organización no estaba sola. Jóvenes ultranacionalistas llevaron a
cabo 478 acciones: ataques incendiarios, lanzamiento de piedras y explosión de
artefactos contra oficinas bancarias, sedes de partidos constitucionalistas,
medios de transporte público y las FCSE. Además, agredieron a 12 ciudadanos.
Con
tal nivel de violencia, que se enmarca en la ‘socialización del sufrimiento’,
ETA y su entorno pretendían extender el terror. Y lo lograron. Según el CIS, la
banda se había convertido en una de las principales preocupaciones de la
sociedad. En noviembre del 2000, su punto álgido, el miedo llegó a afectar al
80,1% de los españoles.
De
igual manera, la izquierda abertzale buscaba acallar definitivamente a los
vascos no nacionalistas, vengarse del fracaso del Pacto de Estella y disputar
al PNV el protagonismo político. Quizá también se trató de la huida hacia
delante de una ETA incapaz de lidiar con sus crecientes problemas.
Por
un lado, las numerosas manifestaciones convocadas por los partidos
democráticos, Gesto por la Paz, el Foro de Ermua y ¡Basta Ya!, asociación que
recibió el Premio Sájarov, evidenciaban que la ciudadanía vasca y navarra
estaba harta de la violencia.
Por
otro, en diciembre de 2000 el PP y el PSOE firmaron el Acuerdo por las
Libertades y Contra el Terrorismo, que condujo a la reforma de los delitos de
terrorismo en el Código Penal y la introducción de otros nuevos. Gracias al
pacto, dos años después se aprobó la Ley de Partidos con la que se ilegalizó al
brazo político de ETA, lo que le obligó a elegir: «o bombas o votos».
Por
último, en el 2000 fueron arrestados 134 presuntos terroristas y se incautaron
450 kilogramos de explosivo, 38 armas de fuego, un mortero, un lanzagranadas y
27 granadas. Las FCSE desarticularon cuatro comandos de liberados y otros
cuatro de legales. El desarme continuó en los años siguientes.
Derrotada,
ETA se disolvió en 2018. Sin embargo, ha dejado un legado envenenado: más de
300 asesinatos sin resolver, terroristas huidos de la justicia, el irreparable
dolor de las víctimas, a las que se humilla con constantes actos públicos de
exaltación de ETA, discursos del odio, intolerancia, presión contra los agentes
de las FCSE y sus familias y miedo a ejercer la libertad de expresión.
La
maquinaria propagandística que se dedica a la adulteración del pasado de ETA es
otra de sus herencias. Esas mentiras no solo suponen un reto para la
historiografía académica, con menor capacidad de divulgación, sino que pueden
llegar a afectar a la convivencia. En su momento los «mitos que matan» fueron
el caldo de cultivo de la violencia. Como escribió el superviviente del
Holocausto Primo Levi, «lo sucedido puede volver a ocurrir, las consciencias
pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también». El auge del
extremismo y del sectarismo en la Universidad del País Vasco y el rebrote de la
kale borroka son síntomas que no deberíamos pasar por alto.
Preocupémonos
y, sobre todo, ocupémonos del problema antes de que sea tarde.
Opinión:
El artículo de Gaizka Fernández ofrece una magnífica recopilación
de datos estadísticos, que muestran todo el dolor que la banda terrorista ETA
perpetró en un solo año, el año 2000.
Y cuando menciona el Acuerdo por las Libertades y Contra
el Terrorismo de diciembre de 2000 me retrotrae a aquellos años en los que, desconozco
si por casualidad o causalidad interesadas, no se consulta la opinión a aquellos
y aquellas que estuvimos al pie del cañón en las negociaciones y en las
interioridades que, seguramente, a algunos no les gustaría que fueran
desveladas.
Aquel pacto fue el fruto de muchos intereses partidistas y
de muchas presiones a las que estaban sometidos los mismos que se creyeron “a
pies juntillas” la tregua de los terroristas de ETA de octubre de 1998. Los
mismos que el 19 de mayo de 1999 y bajo la mediación del obispo Juan María
Uriarte se marcaron un viaje a Suiza a escuchar a ETA pero sin llevar oferta
alguna y que tras soltar aquello de "venimos con las manos en los
bolsillos", en tres horas volvieron de la excursión a Suiza sin acuerdo. Eran
los mismos que luego se “arrogaron las medallas” de la ley de Solidaridad con
las víctimas del terrorismo aprobada después, en diciembre de 1999, sí, los
mismos que podían haber ilegalizado un año después a cierto partido político
cuando tuvieron mayoría absoluta tras las elecciones del 12 de marzo de 2000
pero no lo hicieron.
Creo importante recordar estos datos porque se deja la
impresión de que el terrorismo solo hizo daño en ciertos años, en ciertos
lugares concretos y durante ciertos gobiernos. Y porque parece que recordarlos
públicamente molesta hasta tal punto que no se permite a quienes los vivimos de
primera mano, en vivo y en directo, que podamos explicarlos a quien quiera
conocerlos.
Y no, eso no es así. Cuando se informa sobre algo que se
extendió por décadas de sufrimiento también debería informarse sobre la realidad
sin compartimentar el dolor en un solo lugar o fecha. Por eso, cuando se citan
épocas concretas para hablar del terrorismo, siempre me hago la misma pregunta.
La misma pregunta que, me consta jode, molesta, encabrona y mosquea a muchos:
Año 1987: 52 asesinatos cometidos por la banda terrorista
ETA y uno por la banda terrorista Terra Lliure.
Perdónenme la pregunta capciosa, hiriente y dolorosa: en
el País Vasco y Navarra ¿cuántas personas salieron a la calle a protestar
cuando la banda terrorista ETA asesinaba en 1987 a, por ejemplo, 21 ciudadanos
en Hipercor y otros 11 en el cuartel de la Guardia Civil en Zaragoza? ¿Es
cierto que, de una población conjunta que superaba los 2.650.000, según me
contaron amigos de Gesto por la Paz, en total no fueron más de 400?
Y ahora las preguntas que me consta, joden, molestan,
encabronan y mosquean a muchos: ¿a que ahora es mucho más fácil hablar de
terrorismo, de ETA, de asesinatos y de condenas? ¿Por qué no se cuenta con esos
testimonios vividos en directo en aquellos años, testimonios absolutamente demostrables
para explicar esas realidades que parecen no existir? ¿Por qué se escucha a
gente que explica invenciones en lugar de exigirles que demuestren que aquello
que cuentan es cierto y documentado?
Lo digo muy claro: sobre estos temas, por lo menos a mí y
a muchas víctimas de aquellos jodidos años con las que mantengo contacto, lecciones
ninguna.



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