31 enero 2026
El
asesino de Ernest Lluch, al policía que lo trasladaba a la Audiencia: "Con
este atentado acertamos plenamente"
25
años después de la caída de uno de los grupos más sanguinarios de ETA, un
agente de Información y el urbano que arrestó a los miembros del último comando
Barcelona reviven para EL PERIÓDICO cómo fue su desarticulación
El
21 de septiembre de 2000, a las 08.00 horas, José Luis Ruiz Casado salió de
casa y se dirigió al garaje en busca de su coche. No llegó a su plaza porque,
poco después de abrir la puerta, un hombre se colocó a su espalda y le disparó
en la cabeza. Ruiz Casado murió sin saber quién le había matado. Pero como era
edil del Partido Popular en el Ayuntamiento de Sant Adrià de Besòs, el resto
del mundo lo dedujo enseguida. “Así supimos que ETA volvía a tener un comando
activo en Barcelona”, explica Rafa Jiménez, que entonces era subinspector en el
Grupo 2 de Información de la Policía Nacional.
“Éramos
una decena de agentes jóvenes liderados por un veterano que ya había
desarticulado a los comandos anteriores”, recuerda Jiménez, que añade que con
el primer atentado sintieron que, para bien o para mal, iban a vivir una
experiencia que como policías marcaría su carrera. “Nunca mirábamos el reloj,
nunca teníamos prisa por marcharnos a casa, no éramos policías chusqueros ni
torturadores, éramos personas comprometidas con lo que hacíamos”, dice de él y
de sus compañeros Jiménez, 25 años después.
La
investigación del Grupo 2 descubriría más adelante que aquel comando que había
debutado en Sant Adrià tenía libertad para escoger objetivos, o dicho de otro
modo, para matar a quien considerara. “Los jefes de ETA solo les subrayaron que
había dos nombres que eran prioritarios para la banda: el del periodista Luis
del Olmo y el del político socialista Ernest Lluch”.
Lluch,
el segundo muerto
“Cuando
llegué al aparcamiento de su domicilio en la Avinguda de Xile, Ernest Lluch
estaba tumbado en el suelo, junto a su coche, en una mano tenía las llaves y en
la otra, la carpeta de la universidad: venía de dar clases. Creo que tampoco se
enteró de que iban a matarlo”, explica Jiménez.
El
asesinato de Lluch, exministro de Sanidad y alguien muy sensible al conflicto
vasco, desorientó a muchas de las personas que en Catalunya, dos décadas
después de la llegada de la democracia, seguían romantizando la lucha de ETA.
La respuesta social fue la manifestación más multitudinaria que jamás había
llenado Barcelona hasta la fecha.
El
asesinato de Lluch cayó como una losa sobre la conciencia de policías que
tenían la obligación de impedir que el comando Barcelona siguiera matando y ni
siquiera sabían dónde buscar, a pesar de que los tres terroristas que lo
integraban no andaban lejos: como descubrirían más adelante, se escondían en un
piso del Born, ubicado junto al Palau de la Música, a escasos 100 metros de la
comisaría de Vía Layetana, sede del Grupo 2.
Antes
de que terminara el año 2000 los terroristas actuaron dos veces más. El 14 de
diciembre colocaron una bomba en el coche de Francisco Cano, el único edil del
PP que había en el ayuntamiento de Viladecavalls. Más que edil, Cano era
electricista. Algo falló en el artefacto injertado en su vehículo porque no
estalló cuando arrancó el motor al comenzar su jornada laboral, y el técnico
trabajó hasta el mediodía, conduciendo de un sitio para otro, sin notar nada
extraño. Hasta que a las dos del mediodía, quizá por culpa de un bache, la
bomba explotó. Cano, como las víctimas anteriores, también tenía hijos.
Olmo
y Gervilla
A
Luis del Olmo, según el Grupo 2, ETA intentó matarlo en cuatro ocasiones. Cinco
días después de la muerte de Cano lo intentaron por última vez, pero en su
lugar acabaron asesinando al agente de la Guardia Urbana Juan Miguel Gervilla.
El plan era aparcar un coche-bomba en una acera de Barcelona y detonarlo cuando
del Olmo pasara junto a él de camino a la radio, el periodista entonces
presentaba cada mañana el programa ‘Protagonistas’ en Onda Cero. Pero el Fiat 1
que habían robado para convertirlo en una trampa mortal se estropeó en la
Avenida Diagonal. Era hora punta, y aquel coche detenido y con el vientre lleno
de explosivos, generó un caos circulatorio en la principal arteria de la
ciudad.
El
urbano Gervilla acudió para averiguar qué ocurría y se olió algo extraño, pero
antes de que pudiera reaccionar, uno de ellos le sorprendió por la espalda. “Le
pegó dos tiros en la cabeza”, recuerda Reinaldo, compañero de Gervilla que,
semanas después, se cruzaría con los mismos etarras.
Reinaldo
trabajaba de noche en el distrito de Sants-Montjuïc. En la madrugada del 12 de
enero de 2001, el agente circulaba en su coche patrulla junto a una compañera
por la avenida del Paral·lel, y a los dos les llamó la atención un R19 que se
detuvo frente a ellos en un semáforo. “Nos dimos cuenta de que estaba sucio
pero que la placa de la matrícula, en cambio, estaba limpia, y mal alineada”,
explica. En ese R19 había dos personas: un hombre al volante y una mujer que no
iba de copiloto, estaba sentada en el asiento trasero.
“Le
pedí a mi compañera que se pusiera a su lado y entonces vi que la puerta estaba
mal cerrada. Haciéndome el tonto le dije al conductor que cerrara bien y el
hombre me miró y se puso a buscar la maneta interior para abrirla: no sabía
dónde estaba”, prosigue. Unos metros más adelante, cuando el R19 se incorporó a
la rotonda de la Carbonera, Reinaldo y su compañera dieron orden al conductor
de que se detuviera.
“Mi
compañera no iba armada y se colocó detrás de ellos, apuntándoles con una
linterna para que no supieran si llevaba pistola o no. Yo me acerqué con la
mano sobre la pistola, que estaba en la funda. Le pedí los papeles fingiendo
que iba de buenas y cuando vi que intentaba coger algo de debajo del asiento le
encañoné, le acerqué la pistola a la cabeza y comencé a gritarle que si no se
quedaba quieto iba a pegarle un tiro”, asegura 25 años después, en una
conversación telefónica con este diario.
La
mujer que viajaba en el asiento trasero llevaba sobre su regazo una olla
cargada con 15 kilogramos de explosivo. Se dirigían a atentar de nuevo: iban a
colocar una bomba en la sede de Correos de la Vía Layetana. Al cachearlos,
encontraron en un papel una lista con matrículas de coches de policías,
guardias civiles, militares y miembros de la familia real instalada en
Barcelona. Antes de entregar a los dos terroristas a la Policía Nacional,
Reinaldo les preguntó si eran ellos los que habían matado a su compañero; el
hombre, aún por identificar, respondió que sí.
El
comando
El
comando Barcelona estaba integrado por Fernando García Jodrá, José Ignacio
Krutxaga y Lierne Armendariz, cuñada del exfutbolista del Barça Txiki
Begiristain. Los tres estuvieron cinco días bajo arresto policial en las
oficinas del Grupo 2 de Información. La investigación policial de esta unidad
acreditó que habían contado con la ayuda de miembros del colectivo okupa más
radical y también de algunos independentistas deslumbrados por la violencia
abertzale. Poco tiempo después, también hizo posible arrestar a Jodrá, que se
dio a la fuga tras la detención de dos de sus compañeros por parte de Reinaldo.
Jiménez,
que ahora es inspector jefe, revela en su conversación con este diario una
anécdota que transcurrió durante el traslado de los tres detenidos a la
Audiencia Nacional. Tuvo lugar, en concreto, cuando la comitiva se detuvo a
comer en Alfajarín, cerca de Zaragoza. Fue entonces cuando Krutxaga entabló una
conversación con Jiménez preguntándole por el Athletic y el policía,
aprovechando esa muestra de confianza, le preguntó directamente por qué habían
matado a Lluch, y si no creía que había sido un error matar a una figura tan
conciliadora como la del exministro. Jiménez asegura que entonces Krutxaga, al
escuchar su pregunta, con el bocadillo en la mano, negó con la cabeza y
respondió: “Acertamos plenamente”.
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