22 diciembre 2000
Un altre informació que mostrava la feina que encara quedava per fer la va recollir a companya Montse Martinez publicant al diari “El Mundo” una entrevista amb en Robert Manrique en la que a alguns ens va sobtar per la seva sinceritat. Però encara i així, es van aixecar veus en protesta per les seves declaracions. Com gairebé sempre..... malgrat que dedicava una mitjana de dotze hores diàries set dies a la setmana a portar a terme una feina que feia ell únicament en tot Catalunya.
Un altre informació que mostrava la feina que encara quedava per fer la va recollir a companya Montse Martinez publicant al diari “El Mundo” una entrevista amb en Robert Manrique en la que a alguns ens va sobtar per la seva sinceritat. Però encara i així, es van aixecar veus en protesta per les seves declaracions. Com gairebé sempre..... malgrat que dedicava una mitjana de dotze hores diàries set dies a la setmana a portar a terme una feina que feia ell únicament en tot Catalunya.Cada muerto le sale a seis meses de cárcel”
Roberto Manrique, herido en el atentado de Hipercor, rememora la tragedia
Hay gente que, para robar en los grandes almacenes, tira los artículos a las papeleras y, por la noche, acude a la basura a recogerlos. Por eso, la tarde del 19 de junio de 1987, Roberto Manrique, detrás del mostrador de la carnicería de los almacenes Hipercor de Barcelona, no se alarmó cuando uno de los guardias de seguridad escudriñaba una papelera cercana.
Pero aquel día, el guardia le engañó. La llamada telefónica en nombre de ETA ya había alertado de que había un paquete explosivo –que no coche bomba- a punto de estallar dentro del centro comercial. El agente no buscaba, ni mucho menos, artículos robados.
Manrique, que hace trece tenía 24 años y era padre de un niño de 2 años y otro de 10 meses, había cambiado el turno. El trabajaba por las mañanas pero no tuvo inconveniente en acceder a la petición de un compañero.
Faltaban escasos minutos para las cuatro de la tarde de un viernes de verano. La explosión fue tan violenta que Manrique rebotó contra las paredes varias veces. “Parecía una bola de billar” explicaba ayer, detrás de la mesa donde trabaja desde entonces para ayudar a los que, como él, han sentido de cerca el terrorismo. Roberto Manrique es el presidente, en Cataluña, de la Asociación Víctimas del Terrorismo. En tanto que víctima y presidente de la asociación ayer tenía sentimientos encontrados con respecto a la extradición del etarra ‘Santi Potros’, acusado por las autoridades españolas de ordenar la masacre de Hipercor.
“Siento que se va a hacer justicia, pero también siento una gran impotencia”, decía ayer, rodeado de montañas de expedientes de las cerca de mil familias afectadas por acciones terroristas en Cataluña. “Se que pasará años en la cárcel pero también sé que no cumplirá ni la décima parte de su condena”, añadió para sentenciar: “Cada muerto les sale a seis meses de prision”. “Suena muy duro pero es así, por eso pe¡dimos el cumplimiento íntegro, de los 20 años máximos de prisión que contempla la ley”.
Manrique, cuyas manos y brazos llenas de injertos ya funcionan al cien por cien, todavía da “gracias a Dios” por no haber perdido la conciencia en la explosion. “Pensé que había explotado un frigorífico y entré en las cámaras gritando el nombre de mis compañeros pero nadie respondió”, explicaba ayer para, enseguida, recordar que e coche bomba estaba colocado justo debajo de la carnicería.
El final de su historian de aquella tarde de junio es tremendamente angustioso. Salió por su propio pie y le metieron en un taxi con una clienta herida que ahora es una buena amiga. Todavía no habían llegado ni las ambulancias. Tenía la cara desfigurada por las quemaduras. Sus brazos, sus manos y sus piernas, también. Cuando el taxi le dejó, se metió en el ascensor general del hospital de la Vall d’Hebrón, en busca de la unidad de quemados, provocando los gritos de las personas que se cruzaban a su paso. Se enteró de que era víctima de un atentado tres días después, por los comentarios aislados de los médicos.
Su mujer también fue víctima del horror. Su marido no estaba registrado como muerto en ningún hospital barcelonés. Estaba registrado como un superviviente. Pero en lugar de poner su nombre y apellido “pusieron mi nombre y mi profesión: Roberto Carnicero”. Ella, uno tras otro, vio la espalda de todos los cadáveres buscando la mancha blanca de su marido.
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