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octubre 2026 (25.10.26)
Fernando
Garrido, hijo del general Garrido asesinado por ETA junto a su esposa e hijo
«Estar
con el asesino de mi familia era un reto, creo su arrepentimiento, pero fue
agotador emocionalmente»
«Sonó
el bombazo y tembló todo. Fue tremendo. Yo solo pensaba cómo se lo iba a decir
a mis hermanos, pero no tuve el coraje»
«Aquel
día mis padres y mi hermano Daniel iban a ver los colores del otoño en el
Pirineo navarro. Yo iba a ir con ellos, pero en el último momento dije que no,
que me quedaba haciendo cosas en San Sebastián. Les despedí en el Gobierno
Militar, me quedé un rato por allí y sonó el bombazo. Tembló todo. Fue tremendo
y, de repente, intuí lo que había pasado. Fui hasta el Boulevard y lo vi todo.
Estaba llegando la Policía y decían '¡aléjense, aléjense...!'. Había mucho humo
y sangre por todos los lados». Fernando Garrido recuerda el momento más duro de
su vida, el día que ETA asesinó a su padre, el general de brigada y gobernador
militar de Gipuzkoa, Rafael Garrido, de 59 años, a su madre Daniela Velasco, de
57, y a su hermano Daniel, estudiante de Magisterio, de 21. Ocurrió el 25 de
octubre de 1986, era sábado y faltaban pocos minutos para las diez y media de
la mañana cuando dos miembros de ETA aprovecharon un semáforo en rojo y subidos
a una moto depositaron sobre el techo del coche de los Garrido una olla bomba
de gran potencia que asesinó en el acto al matrimonio. El joven Daniel murió al
llegar al hospital. En el atentado también falleció una joven portuguesa, María
José Teixeira, de 27 años, y hubo catorce transeúntes heridos. Los terroristas
sabían que el coche estaba completamente blindado, salvo por la parte superior,
y con la moto en marcha dejaron allí el artefacto. El general se debió dar
cuenta de la maniobra de los terroristas, dijo algo y el soldado Norberto Jesús
Ferrer que conducía el vehículo logró salvarse al abrir la puerta y lanzarse al
suelo. Hace unas semanas, Fernando Garrido mantuvo un encuentro privado y sin
cámaras en el refugio de Lizarraga, en Pirineos, con uno de los terroristas que
iba en aquella moto, Josemi Latasa. Y al final hubo abrazo. Ambos participaban
en una grabación del programa 'Salvados', de La Sexta, emitido el pasado
septiembre. «Estar con el asesino de mi familia era un reto, creo su
arrepentimiento, pero el encuentro fue agotador emocionalmente», explica. Hoy,
a las 12 del mediodía, con motivo del 40 aniversario, en el lugar el atentado,
familiares y víctimas harán un homenaje.
–En
el Boulevard de San Sebastián, junto a la calle Legazpi, donde ETA asesinó a
parte de su familia, hay tres placas que recuerdan a sus padres y a su hermano.
Las colocó el Ayuntamiento en 2021, en su memoria. ¿Reconforta saber que la
ciudad les recuerda?
–Claro
que sí, todas estas cosas reconfortan. Pasó lo que pasó, pero es necesario que
se sepa. No puede quedar en el olvido. No solo por nosotros, sino por toda la
sociedad. Y porque hay que intentar que no vuelva a pasar.
–Son
cuatro décadas de ausencia, ¿qué le viene a la cabeza al pensar en ellos tres?
–El
tema siempre está allí. Va pasando el tiempo, pero nunca se olvida. El tiempo
suaviza, cicatriza la herida, pero de vez en cuando se abre. Eso ocurre, sobre
todo, en los aniversarios como en esta ocasión. En la familia no gusta recordar
lo que pasó, lo que necesitamos es recordarles a ellos. Cuando nos juntamos con
la familia, siempre destacamos lo bueno, las cosas que hacíamos con ellos, pero
del atentado no hablamos.
–¿Este
año habrá también reunión familiar?
–Nos
reunimos siempre alrededor de la fecha, toda la familia, los hermanos, tíos, la
familia de Calahorra, porque mi padre era riojano, la de Navarra, mi madre era
de Sangüesa, y los de Donosti también. Siempre nos hemos juntado en Jaca, pero
ahora el único hermano que queda de mi madre, el tío Silverio, que vive ahí en
Donosti, está mayorcete, y lo haremos allí. Primero una misa y después una
comida de buen ambiente.
–¿Cómo
les recuerda?
–Mi
padre era una persona muy especial, una persona muy querida, y activa en todos
los sentidos, muy religioso también. A veces tenemos una imagen del
Ejército..., pero mi padre era especialmente abierto, hablaba cinco idiomas, le
gustaba mucho viajar, le gustaba la montaña y nos supo meter ese gusanillo,
igual que el del esquí. Era muy lanzado. Venía de la Embajada de Bonn y pidió
el destino a San Sebastián. Se intentó integrar en lo que pudo en la sociedad
vasca, de hecho en cuanto llegó se puso a estudiar euskera. Mi madre era una
mamá perfecta de la época, entre comillas, cuidadora de sus hijos y luchadora.
La mejor mamá. Y mi hermano... Con veintiún años, en plena juventud, estudiando
Magisterio, era muy deportista y también juerguista. Da mucha pena los tres.
Pero, un chico de veintiún años...
–Con
su hermano Daniel ¿tenía una relación estrecha?
–Sí,
todos los hermanos. Todos éramos muy piña porque una de las cosas que intentó
mi padre y creo que logró y se demuestra en la actualidad, es la unión que
mantenemos. En eso insistía mucho. Y cuando pasó esto, nos concentramos todos
en esa piña de manera aún más intensa. Es muy fuerte lo que nos une, lo que nos
queremos y lo que luchamos por mantenernos unidos, más aún que antes.
–Aquel
día se despidió de ellos cuando se marchaban a Pirineos.
–Yo
estaba con mis expediciones al Himalaya y Andes y mis retos personales y demás.
Acababa de hacer el récord del mundo de permanencia en altura, eso fue muy
sonado. Y casualmente, entre expedición y expedición, estaba en Donosti con
ellos.
–Estuvo
a punto de subirse al coche...
–Lo
decidí en el último momento. Les dije que me quedaba en Donosti y les despedí
en la puerta del Gobierno Militar. Fui de los primeros en llegar al lugar del
atentado. Un espectáculo tremendo. Aquello fue muy gordo, hubo muchos heridos.
Aparte de mi familia, hubo otra señora que murió también. Aunque ya lo sabía
pregunté: '¿Era el coche del general?'. Me dijeron: 'Sí, sí'. Yo estaba en
estado de shock, sin creérmelo. Estuve un rato allí y después me volví despacio
hacia el Gobierno Militar. Empezaron a llegar los compañeros de mi padre... Yo
estaba totalmente en blanco, pero sobre todo pensaba en cómo se lo iba a decir
a mis hermanos. Ese era mi pensamiento. Al final no pude, yo no se lo dije. Se
lo dijeron los compañeros de mi padre. No tuve el coraje de hacerlo. Fue muy
emotivo después cuando fueron llegando a Donosti. Muy duro. Muy duro.
–Esas
imágenes no se borran...
–No,
sobre todo se me quedó grabado el ruido de la explosión. Durante muchos años
cuando oía ruidos como los fuegos artificiales me estremecía. Era algo que se
me había metido en el subconsciente. Ahora ya no. Me costó tiempo volver a
Donosti, al principio era demasiado fuerte, demasiados recuerdos.
–Los
años 80 fueron especialmente crueles. ¿Hablaban sobre terrorismo, su padre les
dijo alguna vez si temía por algo?
–Mi
padre era muy lanzado, muy echado para adelante. Él sabía lo que había,
naturalmente, porque fueron unos años muy malos. Pero él había decidido ir a
San Sebastián. No vivía con miedo.
–Hace
unas semanas, se pudo ver en el programa 'Salvados', de La Sexta, cómo uno de
los asesinos de su familia, Josemi Latasa –en libertad desde 2013 tras rechazar
la violencia–, relataba cómo él y otro terrorista cometieron los asesinatos.
¿Cuando se vieron en privado, fuera de cámara, hablaron de los detalles del
atentado contra su familia?, ¿le pidió que le explicara cómo lo hicieron?
–Cuando
estuvimos él y yo solos en el refugio de Lizarraga, estaba también la
mediadora, muy maja por cierto. Nos había preparado a los dos, cada uno por su
lado. Ella me preguntó si yo quería que me contara detalles. Y yo le dije,
claramente, que no. Que no me interesaba. Y me sigue sin interesar. Esto es
como un tema de supervivencia mental. Nunca me ha interesado. Yo no sabía o no
quería saber los nombres de los dos que iban en la moto o cuántos años les
cayeron... Te vas enterando al final, pero nunca me interesó especialmente ni
los nombres ni cómo fue al detalle el atentado. Y cuando nos juntamos los dos
ahí en el refugio, no se habló del tema. Hablamos de montaña, y luego él se
desahogó, se abrió, demostró su dolor, su arrepentimiento que yo ya sabía por
la carta que me envió hace 15 años. Pero no tocamos el tema de los detalles
porque yo no quise, porque es revolver de nuevo todo ese barro que se va
asentando con el tiempo. Cuanto menos, mejor.
En
esa carta, a la que ha tenido acceso este periódico, Latasa le pide «perdón».
Le dice que se alegra de que «el tiempo haga más liviano tu dolor» y que, por
otra parte, es «consciente que el mismo esté a tu lado durante el resto de tus
días. A mí, al revés que a ti, el dolor ha pasado de superficial a ser
consciente y latente; en un principio y amparado en la justificación, tan sólo
era como un acto que deseaba olvidar, pero, cada vez y con más frecuencia, es
la confirmación de la gran equivocación que fue mi vida y del daño que causé
con la materialización de mis actos. Desde que fui capaz de mirar en el espejo
de mi vida y ver la cruda realidad que en él se reflejaba, no ha pasado día,
semana, mes que no sea consciente del dolor producido».
–¿El
encuentro con Latasa le sirvió, lo necesitaba?
–Para
mí fue primero un reto. Lo que me ha aportado ha sido un tema de superación
para mí. Es un poco como lo que hicimos en Irlanda, el Glencree. Es un tema no
agradable, no placentero, porque te revuelve todo. Pero es un reto para mí, con
la autorización de mis hermanos, de mi familia. Y el saber que a esa persona
atormentada, –porque es una persona que vive atormentada por lo que hizo,
además ahora todo su colectivo son enemigos suyos, tiene a todo el mundo en
contra, tanto los unos como los otros– se le puede echar una mano, pues
bienvenido. Para mí ha sido eso. Estoy muy contento del tema.
–¿Cree
su arrepentimiento?
–Sí,
a ver, aclaremos eso. A mí cuando me escribió una carta hace 15 años, esa carta
es real, ¿quién puede dudar que no es un arrepentimiento real? Ya sé que ahora
hay mucha polémica con cartas que les hacen firmar para reducir condenas y esas
cosas. Este es otro tema. Yo, en este caso concreto, acepté hacer el encuentro
porque es un arrepentimiento sincero. Es la base de todo. Esa persona está
arrepentida de verdad, no solo de lo nuestro, sino de todo lo que hizo. Y para
mí ha sido un reto.
–¿En
qué detalles descubre ese arrepentimiento?
–Por
las palabras que dice en la carta que me envió, de verdad está expresando su
dolor, es una carta sincera. Claramente, cualquier persona que lea esa carta
tiene que ver que esa carta es sincera. Eso no puede ser mentira. Es sincera,
punto. Después gustará o no, alguno opinará que no debíamos haber hecho eso o
sí, pero esa carta es sincera.
–¿Qué
sintió al escuchar pedirle perdón mirándole a los ojos?
–Lo
veo bonito, para que me entiendas, dices: ¡qué valiente...! Dices, ¡ostras,
ojalá hubiera más! Ese reconocimiento, ese enfrentarse a todo su colectivo no
tiene que ser fácil, hay que ser muy echado para adelante para hacer algo así.
–¿Cuál
fue el momento más emotivo de ese encuentro en privado?
–Todo,
todo. Sobre todo al final que nos dimos un abrazo. Fue bastante breve, una hora
o así, pero fue todo muy emotivo y para mí un reto, creo su arrepentimiento,
pero fue agotador emocionalmente. Yo llevaba ya varias noches sin dormir
pensando a ver lo que va a decir o lo que no, aunque sabía que había muy buena
voluntad por su parte. Iba a estar sentado enfrente y acabé agotado ese día.
Tardé varios días en recuperarme del agotamiento emocional.
–¿Hubo
lágrimas?
–Él
sí. Yo me contuve. Intenté tomármelo lo más frío posible, pero estoy muy
contento de haberlo hecho. Y hasta ahora, el 99,99% de los comentarios de
amigos, de familiares, de gente que me ha encontrado andando por Jaca, han sido
positivos o muy positivos. Ha merecido la pena. Habrá también algunos que
piensen que no. De acuerdo. Pero yo, por mi parte, estoy muy contento de
haberlo hecho.
–¿Le
ha llegado alguna crítica?
–No.
Además, a los íntimos ya les he dicho que si llegan críticas que ni me las
enseñen. Al que le guste bien y al que no también. Sí me fastidió una cosa
porque antes de la emisión, cuando empezaron a sacarlo en redes hubo un
comentario de 'ya están blanqueando a ETA', y dices, oye, pero esperad a ver el
programa porque lo último que hace ese programa es hablar bien del mundo
abertzale, los pone fatal Josemi Latasa.
Opinión:
GRACIAS Fernando. Leer esas palabras es coincidir en todas
y cada una de tus opiniones.