18 enero 2026
Cuando
las víctimas se convierten en razón de Estado
El
periodista Àlex Romaguera desmonta en su último libro ‘Víctimas SA’ cómo el
dolor ha sido jerarquizado, instrumentalizado y utilizado como arma política en
la España postfranquista
Durante
décadas, el relato oficial sobre el terrorismo en España ha sido presentado
como un terreno moralmente incontestable. Un espacio blindado frente a la
crítica, donde el dolor funcionaba como argumento definitivo y la víctima como
figura sagrada. Pero ¿qué ocurre cuando ese dolor se jerarquiza, se administra
y se instrumentaliza políticamente? ¿Qué pasa cuando el reconocimiento deja de
ser un acto de justicia y se convierte en una herramienta de poder?
Estas
son las preguntas que atraviesan ‘Víctimas SA’, el nuevo libro del periodista
Àlex Romaguera, publicado por la editorial Txalaparta. Un ensayo incómodo,
documentado y deliberadamente provocador que se adentra en uno de los terrenos
más sensibles de la memoria democrática española: la construcción política del
concepto de “víctima del terrorismo” y su uso como pilar de un relato de
Estado.
Romaguera
no cuestiona el sufrimiento ni la legitimidad del dolor. Lo que pone bajo la
lupa es el marco que decide qué víctimas cuentan, cuáles quedan fuera y con qué
objetivos. “En el Estado español, el reconocimiento a las víctimas del
terrorismo ha seguido una lógica excluyente: no todas las muertes cuentan
igual, ni todo dolor merece reparación”, sostiene el autor. “El sufrimiento ha
sido jerarquizado, condicionado y utilizado según los intereses políticos en
juego”.
El
punto de partida del libro es claro: el reconocimiento institucional de las
víctimas no ha sido neutral. Al contrario, ha servido para consolidar un relato
hegemónico que legitima determinadas políticas, invisibiliza otras violencias y
blinda una arquitectura de impunidad heredada de la Transición. De ahí el
título. “‘Víctimas SA’ no es una provocación gratuita”, explica Romaguera.
“Habla de cómo el dolor se ha convertido en un recurso político, gestionado,
protegido y utilizado por el Estado y por determinadas organizaciones afines”.
El
monopolio del dolor
Uno
de los conceptos centrales del libro es el de “monopolio”. Romaguera analiza
cómo determinadas asociaciones —con la Asociación Víctimas del Terrorismo (AVT)
como actor principal— han pasado de desempeñar una función de acompañamiento y
apoyo a convertirse en agentes políticos de primer orden. “La AVT acaba
funcionando como un lobby”, afirma. “Un actor que presiona al poder político,
judicial y mediático para imponer un único marco interpretativo del pasado”.
Ese
marco, sostiene el autor, se articula sobre una idea clave: solo existe una
violencia digna de memoria pública. Todo lo demás —la violencia de Estado, los
GAL, la extrema derecha, los abusos policiales, el franquismo y la Transición—
queda fuera del duelo legítimo. “Se construye un relato donde parece que solo
ha habido una violencia y unas víctimas verdaderas”, explica. “El resto
desaparecen del espacio público”.
El
libro recorre cronológicamente este proceso desde los años ochenta hasta la
actualidad, mostrando cómo ese monopolio se consolida a través de leyes,
subvenciones, presencia mediática y pedagogía institucional. La Ley de Víctimas
del Terrorismo de 1999 y su ampliación en 2011 son, para Romaguera, piezas
clave de este engranaje. “La ley establece quién puede ser considerado víctima
y quién no”, subraya. “Y deja fuera, de manera deliberada, a quienes sufrieron
violencia por parte del propio Estado o de estructuras paraestatales”.
De
la calle a los tribunales
Uno
de los capítulos más reveladores de ‘Víctimas SA’ es el que analiza la
transformación de determinadas asociaciones en arietes ideológicos. Romaguera
documenta cómo, especialmente a partir de los años 2000, la AVT lidera una
estrategia de confrontación permanente contra cualquier intento de diálogo,
desescalada o revisión del pasado.
“Durante
la presidencia de Francisco José Alcaraz se produce un giro radical”, recuerda
el periodista. “La AVT pasa a encabezar movilizaciones masivas contra el
Gobierno socialista, contra cualquier proceso de paz y contra avances en
derechos civiles, alineándose con organizaciones como HazteOír o el Foro de la
Familia”.
La
ofensiva no se limita a la calle. El libro describe una intensa actividad
judicial orientada a disciplinar el espacio cultural y político. “Hay abogados
vinculados a estas asociaciones que se dedican a presentar querellas contra
artistas, escritores o periodistas”, explica Romaguera. “No buscan ganar
siempre, buscan generar miedo y marcar límites”.
La
batalla por las aulas
Uno
de los frentes menos visibles —pero más determinantes— que aborda el libro es
el educativo. ‘Víctimas SA’ analiza cómo el relato hegemónico sobre el
terrorismo y las víctimas se ha trasladado también a las aulas, mediante
programas subvencionados, materiales didácticos y charlas institucionales
dirigidas a estudiantes.
“En
esos materiales solo aparece una violencia”, denuncia Romaguera. “No hay
contexto, no hay pluralidad, no hay reflexión crítica”. El autor advierte de
que esta pedagogía selectiva no busca comprender el pasado, sino fijar una
memoria cerrada desde edades tempranas, inmunizada frente a cualquier
cuestionamiento.
Lejos
de fomentar una cultura de derechos humanos, sostiene, estos programas
refuerzan una visión maniquea del conflicto político y social reciente, donde
el Estado aparece siempre como sujeto neutral y determinadas violencias quedan
directamente borradas del relato. “La memoria se convierte así en un
instrumento de adoctrinamiento”, apunta el periodista, “no en una herramienta
democrática”.
Puertas
giratorias y alineamientos políticos
Uno
de los aspectos más delicados del libro es el que aborda las conexiones entre
asociaciones de víctimas y partidos políticos. Romaguera habla sin ambages de
puertas giratorias. “Hay al menos quince personas que han pasado por juntas
directivas o presidencias de la AVT y que luego han acabado en las filas del PP
o de Vox”, afirma. “Eso no es una casualidad, es una estrategia”.
El
ensayo documenta nombres, trayectorias y alineamientos, mostrando cómo el
discurso victimista se integra de forma natural en la agenda de la derecha y la
ultraderecha. “El concepto de víctima se convierte en un arma política”,
sostiene Romaguera. “Sirve para deslegitimar al adversario, para criminalizar
el disenso y para frenar cualquier intento de revisión histórica”.
El
papel de determinados medios de comunicación y de la jerarquía eclesiástica
completa el cuadro. “Existe una estructura de poder muy sólida”, señala el
autor. “Medios, Iglesia, asociaciones y partidos operan de forma coordinada
para sostener un mismo relato”.
Las
otras víctimas
Frente
a ese relato único, ‘Víctimas SA’ reivindica a quienes han sido
sistemáticamente excluidos del duelo público. Víctimas de la violencia de
Estado, de los GAL, de grupos de extrema derecha, de abusos policiales, del
franquismo y de la Transición. “Todas han sufrido, pero no todas han sido
reconocidas”, resume Romaguera.
El
libro recoge datos, informes y marcos internacionales para cuestionar esa
exclusión. “Según Naciones Unidas, todas las víctimas tienen derecho a la
verdad, la justicia y la reparación”, recuerda el autor. “En España ese
principio no se cumple”.
Romaguera
señala las leyes vasca (2016) y navarra (2019) como excepciones parciales que
abren grietas en el relato estatal, al reconocer a víctimas de violencias no
encuadradas en el terrorismo clásico. Pero insiste en que el problema es
estructural. “Mientras sigan vigentes la ley de amnistía del 77 y la ley de
secretos oficiales del 68, habrá impunidad”, afirma. “Cincuenta años después de
la muerte de Franco, el Estado sigue protegiendo un modelo de silencio”.
Una
pregunta abierta
‘Víctimas
SA’ no ofrece respuestas cómodas ni soluciones simples. Es, ante todo, una
interpelación. Una invitación a revisar cómo se ha construido la memoria
oficial y a preguntarse a quién sirve. “No se trata de restar dolor a nadie”,
concluye Romaguera. “Se trata de entender que el sufrimiento no puede
convertirse en una herramienta de poder”.
El
libro deja al lector ante una pregunta incómoda: ¿qué democracia puede
construirse sobre una memoria selectiva? Y quizá por eso incomoda tanto.
Opinión:
La información presentada es digna de estudio y de ser
conocida, entre otras razones porque algunas víctimas del terrorismo llevamos
desde hace más de dos décadas explicando la misma situación.
Me ha gustado leer en la información que la cuestión de la
que habla el libro se inicia “a partir de los años 2000”… justamente lo que
dije en noviembre de 2002 y que ya se comentó en este mismo blog en su momento.
Me consta que algunos de los estudiantes de derecho, de ciencias de la información,
sociología o psicología con los que tengo contactos y colaboro a menudo han consultado
el libro y les ha aclarado muchas dudas.
Es seguro que habrá a quien no le guste lo que se explica
pero en el libro se comentan momentos de lo que ha ocurrido en muchos casos durante
los últimos casi 25 años. En cambio, otras víctimas (entre las que me incluyo)
no hemos aceptado las ofertas y propuestas recibidas.
Es lo que hay.

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