12 agosto 2026 (14.07.26)
El
futuro después de la violencia
Si la sociedad no sabe integrar procesos reales de cambio, entonces la cárcel no es más que un castigo
Hace 50 años desapareció Eduardo
Moreno Bergaretxe (Pertur). Medio siglo después, sigo pensando que fue una de
las pocas personas dentro de ETA que entendió antes que nadie que la violencia
nos llevaba a un abismo moral y humano del que tarde o temprano tendríamos que
salir.
Yo fui víctima de ETA durante muchos años. Pero mi historia no comienza ahí, sino mucho antes, en una generación que creció atravesada por la memoria de la guerra, el franquismo, los silencios familiares, las humillaciones heredadas y el miedo. Muchos conocimos las comisarías, detenciones, torturas y el exilio. En aquel contexto, la militancia armada llegó a parecernos una forma de coherencia histórica y compromiso político. No lo digo con orgullo. Lo digo con honestidad.
Con el tiempo comprendí que cuando
una causa deja de mirar caras y empieza a hablar solo de consignas termina
justificando lo injustificable. Pertur entendió eso antes que muchos.
Comprendió que la violencia acabaría destruyendo también aquello que decía defender.
Apostó por dejar las armas y abrir una vía política cuando hacerlo todavía implicaba
enormes riesgos. Quizá por eso incomoda aun 50 años después.
Yo abandoné ETA en 1976 siguiendo la
línea preconizada por Pertur.
Después participé en EIA, Euskadiko
Ezkerra y más tarde en el PSE-EE. Me impliqué activamente en Gesto por la Paz y
en distintas iniciativas vinculadas a la convivencia. No fue heroico. Fue un
proceso lento y doloroso de revisión moral de toda una vida. Y ese camino tuvo un
precio muy alto.
Durante más de 20 años fui objetivo de ETA y de su entorno. Viví escoltado durante 12 años, cinco meses y dos días, con sus noches. Compañeros de partido fueron asesinados.
Mi empresa de jardinería sufrió
atentados. Aprendí a mirar debajo del coche antes de arrancar, a cambiar
recorridos, a medir conversaciones, cambiar de domicilio y a convivir diariamente
con la amenaza.
Pero lo más duro no fue solo el miedo
personal, sino ver cómo entraba también en la vida de mi familia, de mi pareja
y de mi hijo. Hay persecuciones que no terminan cuando desaparece el peligro
inmediato. El miedo permanece. Ese daño deja heridas profundas. Y superar algo
así nunca ocurre del todo. Todavía sigo en ello.
Precisamente por haber conocido
lugares tan distintos del sufrimiento estoy convencido hoy de algo fundamental:
algunas personas pueden cambiar profundamente. He podido escuchar durante años
relatos de víctimas lesionadas para siempre, de personas extorsionadas, de
hijos e hijas huérfanos tras el asesinato de sus padres.
Y también he visto algo profundamente difícil y valiente: víctimas capaces de no dejarse arrastrar por el odio. Personas capaces de abrirse a escuchar, a comprender y a expresar su dolor delante de quienes participaron o apoyaron aquella violencia. No para exigir arrepentimientos públicos ni escenificar humillaciones morales, sino para intentar comprender la naturaleza humana que existe detrás del daño causado y permitir, desde ahí, una evolución verdadera de la conciencia. Y yo eso lo he visto.
He visto a antiguos militantes descubrir
por primera vez algo devastador: que detrás de cada atentado había vidas
concretas. No “objetivos”. He visto cómo algunos comprendían demasiado tarde
que una palabra deshumanizadora puede ser el comienzo de toda violencia. Y he
visto también a víctimas capaces de sostener la mirada sin odio, únicamente
desde la dignidad y el dolor.
Por eso me preocupa profundamente la
reacción automática que aparece cada vez que un preso obtiene un avance
penitenciario. Algunas asociaciones vuelven inmediatamente a exhibir
públicamente sus delitos, como si el único horizonte posible fuera la
perpetuación infinita del castigo. Como si reconocer una evolución humana
equivaliera a traicionar a las víctimas.
Respeto profundamente el dolor de las
víctimas. Hay heridas irreparables que jamás pueden banalizarse. Pero también
creo que una democracia madura debe saber reconocer cuándo existe una
transformación verdadera. Porque si la sociedad solo sabe castigar y no sabe
integrar procesos reales de cambio, entonces la cárcel deja de ser un espacio
de responsabilidad para convertirse únicamente en un lugar de exclusión
perpetua. Y una sociedad que solo sabe excluir corre el riesgo de parecerse
demasiado a aquello que combatió.
Yo no defiendo el olvido ni la
equidistancia. Sé el daño causado y el miedo vivido durante décadas. Pero
precisamente por eso creo que debemos apoyar a quienes intentan romper la
transmisión del odio entre generaciones. Eso no borra el pasado. No elimina responsabilidades.
No repara mágicamente el daño. Pero sí abre una posibilidad profundamente
humana: impedir que el sufrimiento siga pasando intacto de unos a otros.
Quizá esa sea hoy la verdadera
herencia ética de Pertur 50 años después. Después de tanta muerte, tanto miedo
y tanto silencio, sigo creyendo que la verdadera valentía política consiste en
algo mucho más difícil que mantenerse en una trinchera: atreverse a reconocer
el daño, mirar a los ojos del otro y defender una segunda oportunidad cuando el
cambio es acreditado por las juntas de tratamiento de los centros penitenciarios.
Patxi Elola Azpeitia fue concejal del
PSE-EE en Zarautz (Gipuzkoa) y perseguido por ETA.
Opinión:
Solo explicar que el artículo presentado
se publicó el 14 de julio y ha sido otra víctima de la banda terrorista ETA la
que me ha enviado la información para publicarla, una vez he retomado la
escritura de este blog tras unos días de vacaciones.

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