martes, 1 de septiembre de 2026

31 agosto 2026 Diario de Burgos (opinión)

 

31 agosto 2026 



Otro crimen de ETA que el pueblo no olvida

Quintanas de Valdelucio consagra su plaza a Aureliano Calvo Val, policía y taxista burgalés asesinado por la banda terrorista en San Sebastián en 1979.

Dos de sus hijos descubrieron ayer la placa que honrará en adelante su memoria


Arancha, que tenía 12 años cuando su padre fue asesinado por la banda terrorista ETA, mantuvo firme la voz al dirigirse a los vecinos de Quintanas de Valdelucio, pueblo natal de su progenitor que ayer lo honró consagrando a su nombre -Aureliano Calvo Val- la plaza más principal de la villa. «Nadie muere del todo mientras se le siga recordando», dijo con una entereza y una dignidad escalofriantes antes de que un aplauso emocionado y unánime iluminara aún más la ya de por sí soleada mañana con que fue bendecida la comarca de los Páramos. Arancha y su hermano Javier, que apenas tenía cuatro meses cuando su padre, policía nacional destinado en San Sebastián y taxista en sus ratos libres, fue tiroteado por dos pistoleros el 30 de agosto de 1979, descubrieron la placa que homenajea a esta víctima burgalesa de la vesania etarra. «Queríamos honrar sus raíces, que fuera un símbolo de concordia y referente de la libertad, y que en adelante este espacio sea un lugar de encuentro», señaló Juan Carlos García, alcalde pedáneo e impulsor de este justo tributo.

«Nano era campechano, bueno. Le encantaba su pueblo. Venía siempre que podía», evocaba ayer uno de sus emocionados hermanos. «Cariñoso, familiar». Así le describía su hija Arancha, quien lejos de soltar un discurso victimista y adolorido manifestó que tras la tragedia que quebró la vida de su familia no quedó más remedio que seguir mirando hacia adelante. Agradeció, claro, el detalle de la Junta Vecinal de Quintanas y el cariño y el calor recibidos. La placa que desde ayer luce en una de las fachadas de la plaza central del pueblo no fue el único hito que honró la memoria de Aureliano. El comisario provincial de la Policía Nacional, José Carlos Donoso, hizo entrega a los hijos de Calvo de un presente simbólico: una gorra del Cuerpo confeccionada en porcelana. «Fue policía y paisano», proclamó lleno de orgullo. Carlos Gallo, diputado provincial presente en el homenaje, destacó la importancia de reivindicar la memoria de las víctimas.

Hace cuatro años ya que la Junta Vecinal de Quintanas de Valdelucio tomó la decisión de honrar a Aureliano: los siempre farragosos trámites burocráticos fueron postergándolo hasta que, por fin, pudo hacerse. Se eligió la fecha con mimo: ayer se cumplía exactamente 47 años del vil asesinato del policía y taxista burgalés. El cuerpo sin vida de Aureliano fue hallado pasadas las ocho de la tarde en una explanada cercana al Colegio Inglés de San Sebastián. Su cuerpo inerte, encontrado por el conserje del centro educativo, presentaba dos orificios de bala en la cabeza (más tarde se supo que el arma homicida había sido una Geco del calibre 9 mm parabellum). Unos chavales que, en el momento del crimen, se hallaba por la zona, contaron que vieron salir del vehículo a dos personas, un hombre y una mejor, corriendo sin mirar atrás.

Opinión:
Magnífica iniciativa que habrá que seguir recordando en otros lugares. Y más pronto de lo que algunos puedan pensar… o desear.

30 agosto 2026 (2)La Sexta

 

30 agosto 2026 



La historia de Tania Head, la catalana que hizo creer al mundo que era superviviente del 11S: "Miente para conseguir amor"

 

Apenas dos semanas antes del 25º aniversario de los atentados del 11-S, llega a los cines 'La superviviente', un documental de Kike Maíllo que se adentra en el polémico caso.

 

"Habla de cosas muy humanas", dice el director.

 

A poco menos de dos semanas que se cumpla el 25.º aniversario de los atentados del 11-S, ha llegado a los cines 'La superviviente', un documental de Kike Maíllo que se adentra en la historia de Tania Head, la catalana que se hizo pasar por superviviente de los atentados contra las Torres Gemelas sin haber estado allí.

 

Ella aseguró que había escapado de la planta donde había chocado el segundo avión. Afligida por la supuesta pérdida de su prometido, llegó a representar a los supervivientes. No obstante, en 2007 el New York Times desveló que jamás había estado en las Torres Gemelas.

 

Su verdadero nombre era Alicia Esteve Head y pertenecía a una familia de conocidos empresarios barceloneses que se vio implicada en 1992 en el escándalo económico conocido como el caso Planasdemunt, tal y como reveló el diario 'La Vanguardia' en 2007, poco después de ser destituida como presidenta de la asociación Red de Supervivientes del World Trade Center.

"Todo el mundo llega a esta historia por el morbo, pero más allá hay una personalidad muy interesante. Todos buscamos amor y Alicia encontró amor de esa manera", ha dicho a Maíllo.

 

En 'La superviviente', el objetivo "es mucho más abstracto, más primario, porque este personaje miente para conseguir amor, tener un sentimiento de pertenencia a algo. Es un personaje con mucho contraste porque haciendo algo que se entiende como inmoral, consiguió un bien común", destaca Maíllo.

Una historia que llega tras tres años de investigaciones en las que se ha viajado hasta la Gran Manzana para hacer entrevistas con supervivientes que la conocieron, pero también se ha hablado con otras personas como el terapeuta de Head.

 

 

30 agosto 2026 elindependiente.com (opinión)

 

30 agosto 2026 



Museo del terrorismo

Manuel García Castellón

He salido del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, en Vitoria, con una impresión difícil de ordenar. Yo creía recordar bien aquellos años. Recordaba los atentados, los funerales, las imágenes que se repetían en televisión. Dentro he comprendido que recordaba la actualidad, no las vidas.

En el antiguo edificio del Banco de España hay una reproducción a escala real del zulo donde ETA mantuvo secuestrado a José Antonio Ortega Lara durante 532 días. La palabra «reproducción» tranquiliza durante un instante. Uno sabe que la puerta se abrirá, que al otro lado hay un museo y después una calle. Ortega Lara no lo sabía. Vivió allí sin conocer la fecha, sin saber si volvería a ver a su familia, reducido por sus secuestradores a un cuerpo que respiraba en seis metros cuadrados.

Luego aparecen los nombres, las fotografías, los testimonios. Las cifras ya las conocíamos: 853 asesinados por ETA según el registro del Ministerio del Interior, 2.632 heridos y al menos 84 secuestrados. Pero una cifra no tiene voz ni llega tarde a cenar. En el Memorial la estadística recupera la edad, la profesión, los hijos. Se entiende algo elemental que los años y la discusión política han ido volviendo confuso: no hubo 853 abstracciones. Hubo 853 veces en que alguien decidió que una idea valía más que una vida.

España no padeció un solo terrorismo. Los GRAPO asesinaron a 93 personas. La extrema derecha dejó, entre otros crímenes, los cinco muertos del despacho laboralista de Atocha. El yihadismo mató a 193 personas el 11 de marzo de 2004 y a otras 16 en Barcelona y Cambrils en 2017. También existieron los GAL, la guerra sucia y los abusos cometidos desde el Estado. Hay que nombrarlos, investigarlos y juzgarlos. Precisamente esa es la diferencia: una democracia reconoce sus delitos como delitos; una organización terrorista presenta los suyos como sentencias.

ETA dejó la huella más larga porque no se limitó a matar. Organizó durante décadas una forma de vivir. Un concejal miraba debajo del coche antes de llevar a sus hijos al colegio. Un empresario recibía una carta y comprendía que debía elegir entre pagar, marcharse o arriesgar la vida. Un periodista escribía con escolta. Un vecino bajaba la voz en el bar. Otro cruzaba de acera para no saludar al amenazado. Hubo familias que se fueron del País Vasco y otras que permanecieron allí aprendiendo a no decir. Al daño privado se añadió el coste público de la seguridad, los atentados contra infraestructuras, los procesos judiciales y las indemnizaciones. Es imposible calcular cuántas carreras, negocios, amistades y vidas cambió el miedo.

Esa fue quizá la consecuencia más profunda. El terrorismo cambió el significado de las palabras. La extorsión pasó a llamarse «impuesto revolucionario»; el asesinato, «acción»; el terrorista encarcelado, «preso político»; el que huía, simplemente alguien que se había ido. El lenguaje no mataba, pero preparaba la habitación moral donde el crimen podía ser comprendido, disculpado o recibido con silencio.

La democracia tardó en aprender a defenderse. Cometió errores y también delitos. Después reunió inteligencia policial, cooperación francesa, jueces, pactos entre partidos y una movilización social que fue quitando a ETA el aire que necesitaba. Ajuria Enea, el Pacto por las Libertades, la ilegalización de Batasuna, Gesto por la Paz y las multitudes que salieron a la calle tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco pertenecen a una misma historia. ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada en 2011 y se disolvió en 2018 sin haber impuesto su proyecto. La derrotaron el Estado de Derecho y una sociedad que acabó perdiendo el miedo. La victoria no reparó todo: cerca de 300 asesinatos de ETA siguen sin resolverse judicialmente.

Al salir del Memorial, sin embargo, la palabra que me ha acompañado ha sido otra: normalidad. EH Bildu tiene seis diputados en el Congreso. Sus votos formaron parte de los 179 que invistieron a Pedro Sánchez en noviembre de 2023. ¿Es normal?

En el sentido jurídico y democrático, sí. Bildu es una coalición legal. En 2011 el Tribunal Constitucional anuló, por seis votos frente a cinco, la decisión del Tribunal Supremo que había invalidado sus candidaturas por considerar insuficientemente probada su instrumentalización por ETA y Batasuna. Un año después permitió la inscripción de Sortu. Desde entonces EH Bildu se presenta a elecciones y cientos de miles de ciudadanos la votan. El Congreso es el lugar donde están representados los electores, también cuando su elección nos incomoda.

Conviene decir además algo que a menudo se evita porque estropea los eslóganes: EH Bildu no es ETA. Sus diputados no son una banda armada y sus votantes no pueden ser reducidos a cómplices del terrorismo. La izquierda abertzale asumió las vías exclusivamente políticas y aceptó competir dentro de la ley. Negar esa transformación sería negar una parte de la victoria democrática. El Estado no derrotó a ETA para decidir después qué ciudadanos merecen representación, sino para conseguir que ningún proyecto pudiera volver a imponerse mediante una pistola.

Pero la otra mitad de la verdad tampoco puede ocultarse. Sortu, principal integrante de la coalición, procede del espacio político que durante demasiado tiempo acompañó, justificó o se negó a condenar a ETA. No todos en EH Bildu tienen esa biografía, pero la organización no ha roto de manera inequívoca con aquel mundo. En 2021 Arnaldo Otegi declaró que sentía el dolor de las víctimas y que aquel sufrimiento «nunca debió haberse producido». Fue un avance y sería mezquino negarlo. También fue una frase cuidadosamente detenida antes de llegar al fondo: que ETA fue injusta desde su origen, que ninguno de sus asesinatos tuvo justificación y que la organización nunca debió existir.

Las palabras importan porque durante años sirvieron para no mirar. En 2024, Pello Otxandiano, candidato de EH Bildu a lehendakari, tuvo delante una pregunta sencilla: si ETA había sido un grupo terrorista. Contestó que había sido un «grupo armado». Después pidió perdón si había herido la sensibilidad de las víctimas, pero no corrigió la definición. No era un tropiezo semántico. Trece años después del final de los atentados, la dificultad para pronunciar la palabra «terrorismo» mostraba que el pasado seguía administrándose.

Lo mismo ocurrió en 2023, cuando EH Bildu incluyó en sus listas municipales a 44 personas condenadas por pertenencia o colaboración con ETA, siete de ellas por delitos de sangre. Habían cumplido sus penas y podían concurrir legalmente. Los siete anunciaron después que no tomarían posesión si resultaban elegidos. De nuevo, la legalidad estaba clara. La pregunta era por qué una coalición que pide que se reconozca su evolución no había comprendido por sí sola lo que aquellas candidaturas significaban para las familias de los asesinados.

Hay, por tanto, tres asuntos distintos. Que Bildu esté en el Congreso es consecuencia de la democracia. Que los demás partidos pacten con Bildu pertenece a su libertad política. Que esos pactos se presenten como si el pasado careciera ya de importancia es una elección moral de la que también hay que responder. Utilizar sus votos no convierte al Gobierno en cómplice de ETA; decirlo sería una falsedad. Pero la aritmética parlamentaria tampoco expide certificados de absolución.

El riesgo ahora no es que ETA vuelva a matar. Es otro: que la paz vuelva perezoso el recuerdo. Para quienes nacieron después de 2000, el terrorismo puede parecer un episodio remoto, una sucesión de fotografías en blanco y negro y una discusión mantenida por personas que todavía hablan de cosas antiguas. El Memorial existe contra esa comodidad. Explica que la libertad cotidiana —presentarse a unas elecciones, escribir un artículo, dar clase, abrir un negocio, pasear sin escolta— fue durante años una actividad peligrosa para una parte de los españoles.

Bildu es legal, es democrático y es decisivo. Las tres cosas son ciertas a la vez y ninguna cancela la pregunta. Dejará de plantearla el día en que pueda entrar en esa habitación, mirar a las víctimas y decir, sin voz pasiva y sin repartir la culpa, que ETA fue una organización terrorista, que matar estuvo mal y que nunca debió existir.

La visita al zulo dura lo que uno decide. A Ortega Lara le duró 532 días.

Opinión:

Dos cuestiones relacionadas con esta noticia.

La primera por un hecho que algunos recuerdan cada vez que quieren utilizar el número de víctimas en un atentado para conseguir manipular la opinión. Me refiero a aquellos que, muy de vez en cuando, recuerdan que el atentado en Hipercor fue el que causó un mayor número de víctimas mortales en la historia del terrorismo etarra. Pero, por otra parte, me deja perplejo que el autor del artículo no haga mención alguna al mismo… a no ser que, quizás, no se hable del mismo como debería merecer. Me guardo la opinión.

Y la segunda tiene relación con el hecho de que, ojalá me equivoque, no menciona a las víctimas del Hotel “Corona de Aragón”. ¿Quizás es porque tiene información sobre el mismo que es mejor no explicar?

Y algo más que me acaban de explicar hoy mismo. Está muy feo que cuando se solicita colaboración para hablar de un atentado como el de Hipercor, la negativa sea la respuesta. Señores de Vitoria, ¿qué? ¿Lo hablamos?

29 agosto 2026 eldiario.es (opinión)

 

29 agosto 2026 



La falsa superviviente española del 11S que engañó a todo el mundo: “La sociedad necesitaba que fuera verdad”

Un documental recupera la historia de Tania Head, cuyo nombre real era Alicia Esteve: una española que hizo creer a todos que había sobrevivido al atentado de las Torres Gemelas de Nueva York

El atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 es una de las heridas fundacionales del siglo XXI. El mundo cambió radicalmente después de aquello. Todo se volvió frágil, inestable… El miedo se apoderó de todos y, para seguir adelante, hacía falta que alguien nos cogiera de la mano. En momentos traumáticos, son las historias, los cuentos, los que hacen esa labor para, si no sanar la herida, al menos hacer que escueza menos. La humanidad cuenta relatos para avanzar, para autoconvencerse en una realidad que es insostenible e incomprensible.

Quizás eso es lo que pasó al colectivo de víctimas del 11S cuando decidió creer la historia de Tania Head, aquella superviviente que consiguió escapar desde el piso 78 de la segunda torre, que perdió a su pareja, con el que estaba a punto de casarse, porque trabajaba en el edificio de enfrente y que se convirtió en la líder de aquel grupo que luchaba para que se les hiciera caso y se les tuviera en cuenta. Su historia era bastante inverosímil pero, ¿acaso era verosímil que un avión se estrellara contra un edificio del centro de Nueva York?

Tania Head les cogió a todos de la mano, les unió y les hizo pelear por sus derechos como víctimas así como a avanzar de forma colectiva en la curación de su trauma. Solo había un problema, ella nunca había estado en ninguna torre. Ni siquiera había estado en Nueva York. Pero había más, su nombre no era Tania Head, sino Alicia Esteve. Una barcelonesa de una familia rica y conocida de la ciudad catalana que construyó una máscara incomprensible para muchos. Head, o Esteve, fue descubierta cerca del décimo aniversario del atentado por The New York Times y su identidad revelada por el periódico español La Vanguardia.

Una historia que recuerda a la de otros ‘timadores’ profesionales como Enric Marco. Ambos tienen algo en común: no se lucraron con su mentira. Nunca se llevaron ni un duro y sirvieron como si realmente fueran una víctima más. Como si ayudar a aquella gente, aunque fuera contándoles una historia que no era cierta, fuera lo que les llenaba en la vida. Head logró un poder dentro del mundo post 11S inusual. Era la que hacía los mejores tours de las víctimas, la que podía llamar directamente al alcalde de Nueva York para quejarse de que no les hubieran invitado a un homenaje… En definitiva, era una líder que basaba todo en la construcción de un personaje.

Una vez descubierta su mentira, Alicia Esteve desapareció. Muchos creyeron, incluso, que se había suicidado. Cuando se van a cumplir 25 años del atentado, el cineasta Kike Maillo recupera esta historia real que supera cualquier ficción en La superviviente, un documental que busca entender por qué lo hizo, más que jugar al morbo de dónde está ahora. Esteve no se suicidó, pero desapareció. La misma sociedad que la aupó la crucificó. Maíllo toma una decisión importante en su documental: aunque todo lo que se escucha es real, y lo dijo o escribió Esteve, contrata a una actriz y la caracteriza para decirlo. ¿El motivo? Respetar una identidad que ahora no quiere exponerse ni seguir siendo insultada.

Maíllo habla, sobre todo, con supervivientes reales que conocieron a Tania Head y que sufrieron la decepción de la realidad. Casi todos confiesan que la han perdonado y reconocen que, sin ella, la asociación no hubiera tenido la repercusión que tuvo. Puede que ni hubiera salido adelante. El hecho de que Head no se hubiera lucrado fue fundamental para que el cineasta se involucrara, porque cree que “esa mentira aportó cosas buenas, lo que la convierte en algo más ambiguo, porque además las víctimas reconocen que sin ella no hubieran llegado a donde estuvieron, ella fue el motor de la asociación”.

Cuenta que no conocía la historia y que fue al conocer al guionista, Markos Goikolea, que preparaba una serie de ficción basada en esta historia, cuando le propone hacer un documental. Maíllo venía de rodar Oswald, el falsificador, otro trabajo de no ficción que entronca con La superviviente, ya que ambos hablan de personajes que construyen una máscara. “La sociedad acepta la máscara. Incluso la necesita, porque necesita que esa historia, que es mentira, pase por verdad. Necesitaban que Tania se convirtiera en una heroína. Las sociedades necesitamos de ese mito, del mito de la superación”, reflexiona y añade que “todos construimos una máscara, pero en el mundo de las redes sociales ya es descaradísimo”

La película habla, también, del poder de contar historias. Y de cómo se cuentan estas. Ese salto de fe ante lo inverosímil que damos como espectadores en el cine, cuando leemos un libro, pero también en la vida real, donde muchas veces se prefiere creer en una historia tan bien contada y tan potente como la de Tania Head. Una vida donde, además, “la mentira ha dejado de ser algo que cristaliza en un pecado gigantesco como pasaba en las sociedades anglosajonas hace 40 o 50 años”. “La mentira es una moneda de cambio y lo importante es si te hago sentir bien como espectador con la mentira, si me acerco a ti desde el punto de vista político o de opinión con esta mentira. Al final estamos en un mundo en el que cada vez más deseamos creer una cosa y vamos a buscar las cosas. Esa es la fuente del algoritmo. Las cosas que todo el rato nos explican que lo que nosotros creemos es verdad”, opina Kike Maíllo.

El director defiende su decisión de representar a la protagonista y no usar su voz ni su rostro. Siempre pensaron que sería interesante mostrar a alguien representando a otra persona que, a su vez, también interpretaba un papel. Según fueron avanzando, lo tuvieron más claro porque creían que, “de alguna manera, ella ya había pagado suficiente por todo”. “No somos periodistas, no tenemos ninguna voluntad de explicar dónde trabaja y cómo le va en la actualidad, más allá de lo que tímidamente, sin caer en demasiado amarillismo, contamos en el documental. Cuando sabes en qué momento está ahora decidimos que no queríamos fastidiarle más la vida”, justifica.

La superviviente recupera un relato escrito por Tania/Alicia, donde deja entrever que aquellos momentos de su vida, liderando esa asociación, fueron felices para ella. Maíllo coincide: “Por lo que sé del personaje, creo que ese momento es el de más brillo en su vida, pero también es el momento que le crucifica el resto de vida”.

Opinión:

Al leer la preente información he recordado la situación anómala (por no llamarla falsa) de ciertos personajes y “personajas” que, en un momento de su vida, pusieron en práctica la misma cantinela y teatralidad de la que se habla en relación a la protagonista de la película.

Y no crean que viven a miles de kilómetros de nosotros… no, qué va. Algunos viven a escasos metros del lugar donde dicen haber sido víctimas o a escasas manzanas de los diferentes lugares en los que dicen que estuvieron presentes para ser considerados víctimas del terrorismo.

En algunos casos, su cercanía con víctimas reales del terrorismo les han aportado datos que han ido añadiendo a su magnífica mentira, sin pensar que los sumarios ofrecen excelentes fuentes de información. En otros, no es esa cercanía sino simplemente una concienzuda elaboración de una historia común que, de común, solo tienen el aprovechamiento del dolor ajeno y de la farmacología suministrada a víctimas, estas sí, reales aunque no reconocidas. Eso ocurría allá por finales de los años ochenta o incluso en los noventa.

Resumiendo: ¿alguien se atreverá a buscar a esos “supervivientes” o, mejor dicho, impostores que pululan por el mundo español de “LAS” víctimas del terrorismo? Muchas víctimas reales ya les tenemos “calaos” y en su momento, serán descubiertos.

¿O no será que el ministerio de Interior prefiere mirar a otro lado? ¿Quizás están pagando los favores prestados?

Repito, los sumarios no son lo mismo que una sentencia. Pero para entender la diferencia, los sumarios hay que leerlos y estudiarlos.