01 mayo 2026 (27.04.26)
La política y la
crueldad
Ana Iríbar
Yo ni he olvidado ni he perdonado. Quien sí lo hace por todas nosotras es el
departamento de justicia del Gobierno Vasco. Incluso se vanaglorian de la
diligencia con la que aplican en el 100.2 para excarcelar a los etarras que lo solicitan
Es difícil entender el trasfondo de crueldad intencionada que se esconde
detrás de muchas decisiones políticas, especialmente cuando estas se resuelven
en el marco de la democracia; tan difícil, como para el hombre del medievo
entender que la tierra gira alrededor del sol, que es redonda y azul, una gota
perdida entre millones de galaxias. Pero la crueldad, como bien nos
explica José Ovejero en
su Ética de la crueldad que inspira estas líneas, contamina no solo paisajes, personajes y
acción en el cine, en el arte, en la literatura; también está presente en la
acción política, en el poder, en palabras del filósofo.
El primer síntoma de la crueldad institucionalizada lo padecieron las
víctimas del terrorismo de ETA en Euskadi. Con el silencio de sus vecinos y la
desafección de las instituciones; incluso antes de serlo, en las pintadas en
las calles, en el portal de su casa, su rostro en la diana de la condena a
muerte en los carteles de la parte vieja donostiarra. Hoy está presente en el
muro del socialismo gobernante, en la execrable línea divisoria que establece
el nacionalismo entre quienes son nacionalistas y quienes no lo somos. Bajo el
roble del sempiterno conflicto vasco que justificaba cada asesinato y que
domina los diseños curriculares que dicta el Gobierno Vasco para cada nueva
generación de maestros. El recurrente tema del conflicto vasco sigue siendo la
trampa con la que el nacionalismo más radical y la izquierda más nacionalista
atraen a los más jóvenes a su tela de araña. El conflicto con el Estado Español
es además la herramienta que sostiene la red del patriotismo vasco,
recientemente exaltado en Bilbao y Pamplona. En el colmo del cinismo, el
secretario general de Sortu promete en el día de la patria vasca, «dar a la
gente un trocito de seguridad que le permita ser más feliz», en su particular
república vasca. No sé qué
felicidad ni qué zulo nos espera a quienes ni compartimos su ideología feroz,
ni defendemos su república independiente; a los que somos, incluso,
constitucionalistas y votamos al Partido Popular para más inri. Viniendo
de alguien como Otegi, que militó en las filas de la organización terrorista
ETA, esa promesa de «seguridad» es inquietante. Resulta desconcertante ver como
siguen alimentándose del conflicto, no como un problema a resolver, sino como
la solución que blanquea los medios criminales que utilizaron para mantener
vivo su proyecto político y ocupar el poder. Las 853 víctimas de ETA ya han
sido reducidas a simples daños colaterales del conflicto, arrinconadas,
denostadas.
No es fácil descubrir la verdad que se esconde tras el escenario tramposo
de la política actual. Llamar a
las cosas por su nombre le costó la vida a Gregorio Ordóñez. Cuando
Gregorio irrumpe en la política encabezando la lista de Alianza Popular en las
municipales del 83, el País Vasco es un páramo ideológico gobernado por el
nacionalismo y dominado por el terror de ETA. Lo hace para increparnos, sin
contemplaciones, como un espejo molesto que refleja nuestra falta de empatía
con las víctimas, nuestro miedo, nuestro silencio, nuestra voluntaria renuncia
a significarnos públicamente contra ETA, y para devolvernos la dignidad. ETA no
perdonará ni su fuerza imparable, ni su contagioso coraje público, ni sus
éxitos electorales y cumplirá su amenaza de muerte doce años después.
Ya ha transcurrido más de una década desde que ETA anunciara el «final de
la violencia armada» y el Lehendakari Urkullu sentenciara «es el momento de
pasar página». En el País Vasco y en el resto de España se abona con indeseable
crueldad el jardín de la democracia con el olvido, con el miedo, con el
blanqueamiento de ETA. No se exige
a los etarras su colaboración con la justicia para esclarecer sus crímenes,
pero sí se nos reclama a sus víctimas que perdonemos, la reconciliación con el
asesino de nuestro padre, hermano, hijo, marido. A mí me sucedió la
noche del 24 de enero de 1995, acabábamos de enterrar a Gregorio Ordóñez. Un
periodista me formuló ambas preguntas: ¿perdona?, ¿olvida? Yo ni he olvidado ni
he perdonado. Quien sí lo hace por todas nosotras es el departamento de
justicia del Gobierno Vasco. Incluso se vanaglorian de la diligencia con la que
aplican en el 100.2 para excarcelar a los etarras que lo solicitan. Es la ley,
me cuentan. Es la negociación, pienso. Los socialistas de la ejecutiva vasca de
justicia se saltan las Juntas de Tratamiento Penitenciario y al mismísimo Juez
de Vigilancia Penitenciaria. A ellos les basta una simple carta manuscrita que
los terroristas escriben al dictado; yo me tuve que conformar con un casquillo de
nueve milímetros Parabellum. ¿Quién vela hoy para que los terroristas cumplan
íntegramente sus penas?
Hubo un tiempo en el que los éxitos policiales, el activismo social de
Gesto por la Paz y la unión de los demócratas que defendía Gregorio Ordóñez,
nos hicieron acariciar la idea de
la derrota de ETA. El gobierno de José María Aznar trabajó con firmeza para
alcanzarla. Gregorio no pudo ver el Acuerdo por las Libertades y contra
el Terrorismo, ni la Ley de Partidos Políticos y la consiguiente ilegalización de
Herri Batasuna, ni la movilización constitucionalista al grito del «¡Basta Ya!»
No fueron años fáciles. Más de cuarenta mil personas vivieron con escolta por
enfrentarse al terror de ETA en Euskadi, la banda de la crueldad llamaba a
socializar el sufrimiento de los constitucionalistas. Renunció a las armas en
el año 2011, pero no a su proyecto político.
La ilusión de la derrota policial, política y social de la organización
terrorista ETA se quiebra con la negociación política firmada por el presidente
socialista José Luis Rodríguez
Zapatero y Arnaldo Otegi y se sella hoy con el gobierno de Pedro Sánchez. Son el paradigma de la
crueldad contemporánea. ¿No es de una crueldad intolerable ver salir de
la cárcel, uno a uno, a auténticos asesinos en serie, etarras con años de
condena a sus espaldas, fruto de una negociación política indecente, entre un
gobierno y una banda terrorista? ¿No es de una crueldad insoportable someternos
a sus víctimas a la posibilidad de cruzarnos con ellos en la calle, cuando la propia
sentencia exige su alejamiento del lugar donde cometieron su crimen? ¿Pedirnos
a los familiares que perdonemos? ¿No es de una crueldad impúdica exhibir año
tras año, fotografías de etarras en una carrera que aparentemente celebra el
euskera? ¿No es de una crueldad indecente ver a la coalición EH Bildu disfrutar
de honores, sillones, acuerdos innombrables, sentados confortablemente en sus
escaños en ayuntamientos, gobiernos, diputaciones, en el congreso de los
diputados de España, un país y unas instituciones que ellos mismos no reconocen
ni en sus programas electorales, y sin haber renunciado ni denunciado a ETA?
Cada apretón de manos del presidente del gobierno de España y la portavoz de EH
Bildu no escenifica la victoria, su victoria, sino la crueldad del poder. Ambos
saben que las cuentas con la democracia, con las víctimas de ETA, con tantos
años de soledad, de amenazas, de secuestros y asesinatos, de crímenes sin
resolver, no están saldadas.
Cuando la crueldad es el factor dominante en las decisiones políticas que
solo ambicionan el poder, la sociedad se duele, se agrieta como la tierra seca
después de una tormenta. No sé quién reparará los cristales rotos de la
librería Lagun, que ya cerró. Los cristales rotos de la ventana de solidaridad
y generosidad de los miles de vascos que resistieron y se enfrentaron durante
décadas, en los institutos y las universidades, en los juzgados y en la
política, desde la prensa, en las calles de Euskadi, a la banda terrorista ETA.
Los cristales rotos de los cementerios, de las tumbas de las víctimas
profanadas. De los juicios que nunca llegarán, del silencio sobre la historia
de ETA, sobre el significado político de sus víctimas inocentes. El tiempo
corre en nuestra contra. Se contará otra historia, la contarán otros. ¿Quién hablará de Gregorio Ordóñez cuando
hayamos muerto? ¿Dónde está tu libertad, Euskadi? ¿Dónde tu justicia, España?
Opinión:
Durante los últimos días he tenido
la oportunidad de hablar con diferentes víctimas sobre lo que está ocurriendo
con las puestas en libertad de muchos miembros de la banda terrorista ETA. Y
más todavía con algunas que han tenido la oportunidad de leer el artículo de la
señora Ana Iríbar que, como bien explica, en enero de
1995 vio cómo la banda asesina destrozaba su futuro y el de su familia al
asesinar a su esposo, Gregorio Ordóñez.
Ese año 1995
fue clave en diferentes aspectos que vale la pena recordar. Primero, porque fue
el año en el que se vio plasmada la modificación solicitada durante 1994 por un
grupo de víctimas kamikazes que nos recorrimos España solicitando firmas (lo
que ahora sería una ILP) para que los terroristas cumplieran íntegramente sus
condenas y, por lo tanto, se modificara el Código Penal vigente hasta entonces
que databa de la dictadura franquista, concretamente del año 1973, que ofrecía
beneficios y por lo tanto rebajas de condena a los delincuentes, terroristas
incluidos.
Un dato que quizás
la señora Iríbar desconoce es que el asesino que cometió el crimen contra su
esposo ya debió ser juzgado con el Código Penal modificado gracias a la labor
de ese grupo de víctimas, porque el acto criminal se cometió en 1995. Por lo
tanto, ese asesino ya debería cumplir, como mínimo, siete años más que los que
atentaron antes de 1995.
Curioso, esa
modificación se aprobó durante el mandato de Felipe González y fue un año después
cuando José María Aznar accedió al poder. Pocos meses después de alcanzar la
cima, aprobó unos indultos a diferentes miembros de Terra Lliure. Y no pasó
nada.
Entrando de
nuevo en el artículo Leemos que “el
gobierno de José María Aznar trabajó con firmeza para alcanzar [la derrota] de
ETA”. Quizás por la urgencia de aquellos momentos no recuerdan que fue el
propio señor Aznar, presidente del gobierno, quien dijo tres años después del
asesinato de Gregorio Ordóñez y un año después del asesinato de Miguel Ángel
Blanco que “yo y los españoles sabremos ser generosos con aquellos que abandonen
la violencia” o que “es preferible tomar posesión de un escaño que de una
pistola”… a mi modo de ver, una curiosa manera de trabajar “con firmeza para
alcanzar [la derrota] de ETA”.
Lo de identificar a los asesinos
etarras por las siglas del MNLV… ya si eso, lo hablamos otro día.
Aunque no sé, reconozco que puedo
estar equivocado pero no veo que esa sea la manera de alcanzar la derrota de
nadie. De hecho, el mismo grupo de víctimas kamikazes al que me refería
anteriormente aún esperamos la explicación solicitada al señor Aznar por aquellas
y otras frases similares que declaró tras el anuncio de una tregua por parte de
la banda terrorista ETA.
Por lo visto y leído, ahora el problema
es que “no se exige a los etarras su colaboración
con la justicia para esclarecer sus crímenes, pero sí se nos reclama a sus
víctimas que perdonemos, la reconciliación con el asesino”. Mi atentado fue en
junio de 1987, con el Código Penal franquista todavía vigente, y no recuerdo
que nadie les exigiera nada cuando fueron puestos en libertad en 2013 o en
2014. Es más parece que nadie recuerda que asesinaron a 24 personas: un guardia
civil, un policía nacional y 22 civiles (de los más de cien heridos, servidor
incluido, ya ni hablo…)
¿Alguien habló de burla a “LAS”
víctimas? ¿Apareció algún político o pseudopolítico opinando sobre la cuestión?
¿Alguno de los que ahora todavía son políticos en activo dedicaron un solo
minuto de su apreciado y escaso tiempo a preguntarnos la opinión? ¿O a, simplemente,
preguntarnos “cómo están ustedes”?
Obviamente,
ya conocen la respuesta.
Ah, un detalle
más: tampoco recuerdo que nadie me reclamara que perdonara o que me
reconciliara con nadie.
En cuanto a lo relacionado con
Bildu, siempre me he preguntado las razones por las que cuando un partido tuvo la
mayoría absoluta en el gobierno jamás propuso ilegalizar a esa sigla política.
No sé, quizás vuelvo a equivocarme o es que soy muy susceptible (el que sería torracollons
en català) pero me gustaría conocer las razones para no hacerlo en aquel
momento. Aunque quizás sean las mismas razones por las que se abstuvieron el
otro día para no dar respaldo a la ilegalización de ese mismo partido. Hace 48
horas que espero las explicaciones de las víctimas (o no víctimas) que llevan
años exigiendo ese tipo de cosas y que se creen con el derecho de marcar los
criterios al resto aunque jamás nos hayan consultado al respecto. Y como me
decía una víctima de GRAPO, ¿por qué algunas asociaciones ahora permanecen en
silencio?
Y eso por no hablar de los que
apoyaron al partido de la oposición en aquellos durísimos años tras los
atentados del 11-M en Madrid y que ahora realizan declaraciones totalmente distintas
por la decisión tomada por ese mismo partido. ¿Es lo que tiene el llegar a pisar
moqueta por haber usado tanto dolor ajeno?.
Eso ya sería motivo para otra
opinión. Ejemplos hay de sobras. Pero las cosas son como son y si están documentadas,
no se pueden ocultar.

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