02
diciembre 2022
Luis Suárez-Carreño
exdirigente universitario de
la liga comunista revolucionaria. Víctima de Billy el niño
“A
las víctimas del terrorismo de Estado en el franquismo no nos han hecho ni
caso”
La
trayectoria de Luis Suárez-Carreño (Madrid, 1949) como luchador antifranquista
puede representar la de muchos jóvenes que, en los años sesenta, iniciaron su
militancia y activismo en la universidad. Las facultades eran en aquellos años
un hervidero que alumbró la conciencia de muchos estudiantes, quienes, junto al
movimiento obrero, protagonizaron la oposición al régimen en los últimos años
de la dictadura. El joven estudiante de arquitectura Suárez-Carreño, nacido en
una familia acomodada de derechas, se radicalizó más que la mayoría de sus
amigos. Su actividad dentro de la Liga Comunista Revolucionaria le condujo a las
manos del torturador Billy el Niño y a tres años de cárcel que no atenuaron ni
un poquito el color de sus ideas. Su vida profesional ha estado centrada en el
urbanismo y también en la cooperación internacional. Hoy, con 73 años, sigue
activo en varios colectivos y asociaciones, como La Comuna Presos del
Franquismo, Ecologistas en Acción o la Plataforma Ciudadana
por el Centro de la
Memoria Cárcel de Carabanchel. La entrevista se realiza en su
domicilio, en Madrid.
¿Cómo
fue su detención?
Hay una en
el año 70, y luego llega la peor, por reincidente; las dos veces me procesaron.
La primera detención fue casi casualidad, porque la policía no tenía ninguna
información sobre mí. Yo salía del metro para ir a mi casa; acababa de empezar
a militar en un pequeño grupo de debate, en el que estaban maoístas, trotskistas
y otras tendencias, y que se llamaba Grupo Comunismo, era una secuela del
FELIPE [Frente de Liberación Popular], que se acababa de disolver. El metro
estaba lleno de policías, porque había un comando de Comisiones Obreras; así
que cuando salgo, la policía me rodea, me quitan mi carpeta y empiezan a ver
papeles con la palabra “comunismo”. Me llevaron a la DGS [Dirección General de
Seguridad], me dieron un repasito y me mandaron al juez.
Cuando
habla “del repasito”, ¿quiere decir que le pegaron?
Sí, claro.
Me dieron caña, te metían mucha caña. Pero como no sabían quién era yo, les
conté que éramos un grupo de estudiantes que estábamos trabajando sobre Marx;
les cuento un rollo, que no se creen, pero como no tenían ningún argumento en
de contra mí, y no estaba fichado y mis papeles no eran de ninguna organización
que ellos conocieran, me mandan rápidamente al juez. El juez me procesa, y me
envía a la cárcel; en un mes me dieron la provisional, porque no tenía
antecedentes.
¿Cuál
era el delito?
Asociación
y propaganda. Siempre era asociación y propaganda por lo que nos encausaban,
salvo que tuvieras algo más grave.
Y llega
la segunda detención.
La segunda
vez que me detienen, en el 73, yo ya estaba en la Liga [Liga Comunista
Revolucionaria, de ideas trotskistas y fundada en 1971] y completamente
dedicado a la política. Era estudiante de Arquitectura, pero realmente no tenía
tiempo para mi carrera, porque estaba dedicado al activismo cien por cien. Esa
segunda vez, ya tenían información sobre mí, sabían que estaba en la Liga y localizaron mi
domicilio. Un día, llaman a la puerta de mi casa; salgo y me encuentro unos
policías esperándome en la calle, sin orden judicial. Mi mujer estaba en el
piso, el portero le avisó y dio tiempo a quemar papeles hasta que, en media hora,
llegó la orden. Subieron a casa y nos detuvieron, a mi mujer y a mí. En esa
detención ya tenían información comprometida sobre mí. Estuvieron machacándome
durante tres días en los interrogatorios de la DGS de la Puerta del Sol. Y el que estaba allí, dirigiéndolo
todo, era Billy el Niño [el policía Juan Antonio González Pacheco, torturador
de antifranquistas].
¿Sabía
entonces quién era Billy el Niño?
Yo sabía
quién era, porque me habían hablado de él. No lo conocía, pero él mismo me dijo
que era Billy el Niño. Lo decía siempre: “¿Sabes quién soy?”. Fueron tres días
en los que no pararon de subirme, bajarme, y darme a todas horas, sin parar.
Ellos, lógicamente, iban rotando. Era verano, junio, y hacía un calor de la
hostia. No te daban agua, te ponían encima una zamarra para que sudaras, aparte
de los palos en los pies, que era lo típico. Te hacían hacer el pato, ir y
venir en cuclillas.
Todos estos
recuerdos, están, por decirlo de alguna manera, auditados. Porque de cara a las
querellas que hemos interpuesto las víctimas del franquismo, se nos pidió un
relato pormenorizado de todo aquello, de acuerdo al llamado protocolo de
Estambul para casos de tortura. Y ese relato se hace ante un colectivo
internacional de sicólogos, que son especialistas en testimonios de cara a las
denuncias de tortura; tienen unos protocolos de entrevistas que consisten en
sesiones muy largas y duras. Nuestros abogados han querido que los pasáramos
porque así queda constatado que no te estás inventando nada. Y, finalmente, se
puede comprobar que nuestros testimonios son coincidentes. Es muy importante
hacer las cosas bien en todo lo que tiene que ver con las denuncias y querellas
por torturas.
¿Qué era
lo que le interesaba a la policía en esos interrogatorios?
Nombres. Y
el aparato del partido, saber dónde estaba el aparato, dónde nos reuníamos.
Ellos tenían nombres y te preguntaban: “¿Éste es del comité central? Éste,
¿quién es?, ¿qué hace?”. Sabían bastante, porque en esa época ya había habido
varias caídas. Yo siempre he dicho que la policía no era muy eficaz; los
sociales, que eran los de la Brigada Político-Social, eran en mi opinión muy
bestias en todos los sentidos, pero poco sutiles, porque eran incapaces de
lograr que te rompieras psicológicamente; no eran capaces de debilitarte, de
que perdieras la seguridad en ti mismo. Es verdad que cuando te están dando
muchas hostias, te puedes romper por el dolor, porque ese dolor es
insoportable.
Recuerdo
que estaba obsesionado con tirarme de cabeza contra un radiador que tenía
delante en los interrogatorios, para acabar con tanto dolor y agotamiento. Tú
estabas sudando, los tíos se estaban tomando un gintonic delante de ti, y tú
estabas sin agua, sin nada, dolorido y jodido a más no poder. Lo que pensabas
en aquellos momentos era que a lo mejor no ibas a poder resistir tanto dolor,
porque no sabías cuánto iba a durar todo aquello de que te subieran y te
bajaran a todas horas, y los tres días se te hacían una eternidad. La idea del
suicidio, de pegarte tú mismo una hostia, y que te tuvieran que llevar al
hospital, la sentía todo el mundo que pasó por allí, por la DGS de la Puerta del Sol; y lo del
radiador, el que yo miraba tanto, se lo he oído a varios; todos conocimos
aquella mesa que tenía un canto metálico y todos pensamos en ‘a ver cómo
consigo pegarme un cabezazo contra ella y quedarme inconsciente’. En mi caso,
todo esto estaba unido a que mi mujer también estaba detenida, y ella era muy
joven; para mí eso sí que era un tema estresante, porque me decían que la
estaban machacando, que ella estaba cantando…
Y
después del interrogatorio, ¿directamente a la cárcel?
Pasabas
tres días en la DGS,
en los calabozos, que eran unas celdas muy pequeñas, sin ventana ni nada, con
un banco de cemento para que te tumbaras, aisladas totalmente y con una puerta
metálica; te subían, te bajaban. Luego pasabas por el juez, y el juez te
mandaba a la cárcel. Nada más llegar a la cárcel, tenías los días del periodo,
que eran unos días de aislamiento, en los que estabas en observación. En el
periodo, coincidí con un chaval del FRAP, un taxista, que luego nos hicimos muy
amigos; había estado en la DGS
a la vez que yo. A él le habían dado aquellos típicos golpes en las plantas de
los pies y le dejaron secuelas para siempre. A mí me rompieron una costilla.
Cuando llegabas
a la cárcel, después de la detención y el interrogatorio, hacías un informe
para la organización, informabas de lo que habías dicho y, sobre todo, de lo
que sabían ellos, porque eso era muy importante. Cuando había una caída,
normalmente toda la gente de tu alrededor, la que te conocía, tenía que entrar
en cuarentena, irse de sus pisos.
¿Cuánto
tiempo estuvo en la cárcel?
Algo más de
dos años y medio. Estuve en Carabanchel, luego en Jaén y luego en Palencia. Me
pidieron diez años de cárcel, pero salí con el indulto que se dio cuando murió
Franco. En diciembre del 75 salimos casi todos los presos políticos que no
teníamos delitos de sangre o de terrorismo.
Decía
que, antes de ser detenido, se dedicaba por completo al activismo en la
clandestinidad. ¿En qué consistía su actividad política?
Coordinaba
células de la Liga
en la universidad y también en algunos barrios. Iba a los comités provinciales,
en los que organizábamos, planificábamos o informábamos de cómo iba la cosa.
Organizábamos las campañas de activismo, las manifestaciones, el reparto de
propaganda, las huelgas de la universidad. Estamos hablando de años muy convulsos;
había un movimiento social muy potente, y la universidad era puro activismo;
muchas huelgas, muchos paros, muchas manifestaciones. Y el trabajo dentro de la
propia Liga era intenso, porque había muchas tendencias. La Liga era muy democrática para
lo que eran los partidos en aquella época; nosotros teníamos una tradición
dentro de lo que se llamaba centralismo democrático, y eso significaba que todo
el mundo podía y debía participar y crear tendencias, pero también había que
respetar las decisiones de los órganos del partido. Podríamos decir que el
activismo en nuestro caso era muy extremo, porque no solo tenías que organizar
la lucha en la calle, sino que, además, tenías mucho trabajo interno que hacer.
¿Dónde
se reunían?
En casas.
Pero cuando había una caída, te tenías que largar de la casa. Íbamos a salto de
mata.
¿Se
pasaba miedo?
Sí, sí
claro, por ejemplo, cuando organizábamos los saltos del Primero de Mayo.
Tradicionalmente, en esa fecha, los sindicatos, Comisiones, UGT, el PCE, que
eran las grandes fuerzas de la izquierda en esa época, movilizaban a decenas de
miles de personas en Madrid y en cualquier otro lugar. Antes de seguir hablando
de cómo eran los primeros de mayo, creo que es importante decir que en Madrid había
entonces un tejido industrial impresionante, un movimiento obrero grande. La
gente joven, ahora, piensa que Madrid ha sido siempre una ciudad de servicios,
de oficinistas, de burócratas, de ejecutivos y de turistas. Pues resulta que en
esta ciudad hubo un movimiento obrero de la hostia. Ahora parece que en Madrid
nunca hubo obreros, pero hubo follones industriales bien gordos; había
fábricas, como la Chrysler,
de miles de personas, y ahí existía un nivel de organización y de conciencia
inmenso.
Continuando
con el Primero de Mayo, cuando se montaban esas convocatorias, que siempre eran
en Atocha [en el entorno de la actual estación Puerta de Atocha Almudena
Grandes], la policía tomaba la zona. Llegábamos y solamente había policías, por
todos lados. Directamente te detenían. La DGS estaba a rebosar de gente en los primeros de
mayo. Por eso, tuvimos que organizar los famosos saltos, que consistían en
llegar a determinados puntos con cócteles molotov, con cadenas, con palos. Se
buscaba un punto cerca de Atocha; saltábamos, estábamos cinco minutos gritando
consignas, repartiendo propaganda y panfletos por la calle, y rápidamente había
que desaparecer, porque te caían encima.
Ahora
suena fuerte lo de tirar cócteles molotov.
Claro, pero
es que el sentido que tenían los cócteles molotov era defenderte de la policía.
No atacar, sino evitar que te cayeran encima. Consistía en parar, aunque fuera
un instante, a la policía y así lograr defender una retirada sin que hubiera
detenciones. Y, la verdad, no lo hacíamos mal, porque detenían a poca gente y
conseguimos cosas; sobre todo, que la gente viera cómo se podía hacer algo
contra el régimen.
Su
familia era más bien de derechas, ¿cómo empezó su militancia, por qué esa
conciencia política de izquierdas?
Mi familia
era de derechas, mi padre era médico militar. No eran beligerantes, pero eran
del régimen. Fui a un colegio, el colegio Estudio, en el que había muchas
familias republicanas; la mitad de mis compañeros de clase eran de familias
relacionadas con la
Institución Libre de Enseñanza, profesionales liberales.
Cuando yo hablaba con ellos, me llegaba una visión del mundo muy diferente de
la que se hablaba en mi casa. Sé que vivíamos en un mundo privilegiado, sin las
dificultades económicas que tenían otras familias, pero eran personas
antifranquistas; un antifranquismo muy discreto, sí. Pero algunas veces te
contaban cosas de la guerra que no coincidían con las que se oían siempre, en
el sentido de que los franquistas eran los buenos. Luego, llegué a la
universidad, y aquello sí que era un hervidero. Es verdad se podía pasar por la
universidad sin meterse en nada, pero era difícil. Lo normal era que, aunque no
te involucraras a nivel de militancia, vivieras ese ambiente de asambleas,
huelgas, gente pegando carteles, gente repartiendo panfletos. Era muy difícil
mantenerse al margen de aquel movimiento. Incluso en la Escuela de Arquitectura,
que no era de las más politizadas. No te cuento si estabas en Políticas, en
Economía o en Derecho.
Y luego
está la curiosidad de cada uno, que es la que te hace escuchar y que te fueras
pegando a la gente más interesante. No solo políticamente, sino también en el
terreno cultural, porque al final coincidían las dos cosas; las personas
inquietas políticamente eran las mismas que te hablaban del cine de Antonioni,
de libros interesantes… Claramente, para una persona de diecisiete o dieciocho
años, eso es un gancho. Aquí, vivíamos en un mundo muy mediocre, y de pronto…
te ibas dando cuenta de que en Francia, ahí al lado, la gente veía otro cine,
leía otros libros, y eso te llamaba la atención, te daba qué pensar. Llega un
momento en que te das cuenta de que algo raro pasa. Yo me radicalicé mucho,
otros simplemente iban a las manifestaciones o apoyaban las huelgas, pero todos
teníamos esas mismas afinidades o inquietudes. Yo me fui comprometiendo cada
vez más, me metí en la Liga,
y terminé con una dedicación cien por cien a todo eso; porque llega un momento
en que es muy difícil compatibilizar las dos cosas, ser militante por la mañana
y estudiante de arquitectura por la tarde no funcionaba. Si te lo tomabas un
poco en serio, no había horas para hacer todo lo que tenías que hacer:
contactos, la imprenta, reuniones. Al final pasé de todo, me peleé con mis
padres, broncas impresionantes. Las vidas personales de los que estábamos
militando en esos años eran muy complicadas por muchos motivos. Yo dejé la Escuela de Arquitectura en
tercero; luego, tres años de militancia en la Liga, luego la cárcel y cuando salí, terminé la
carrera.
En esos
años ocurrieron hechos muy duros, como el asesinato de Enrique Ruano o la
ejecución de Puig Antich.
Sí. Y hubo
varios estados de excepción. Si la dictadura era muy dura, un estado de
excepción era casi grotesco, porque resultaba que hacía falta un poco más de
represión. Significaba que podían detenerte por lo que fuera sin pasar por el
juez, ponerte una multa, ocupar las universidades. Era muy bestia. La
universidad siempre ha tenido un estatus, según el cual la policía no podía
entrar. Desde que yo comencé la carrera, en el año 66, la policía se quedaba en
Moncloa [la zona de Madrid contigua al campus universitario]. Cuando había
manifestaciones que salían de alguna facultad, sabías que podías moverte hasta
Moncloa, pero allí ya nos estaba esperando la policía para machacarnos. El caso
es que, poco a poco, cada vez se iban acercando más al campus y, podemos hablar
de un hito, que fue cuando la policía dejó de respetar la autonomía
universitaria, y entró en las facultades.
Hasta los
años sesenta, el movimiento estudiantil había sido relativamente inocuo. Pero
el incremento de la combatividad, de las movilizaciones, hizo que la reacción
de la policía fuera cada vez más fuerte, y llega el momento en que ocupan las
facultades, entran dentro. Al mismo tiempo, también hubo un aumento de la
represión en las fábricas. En aquellos estados de excepción, había barra libre
para la represión. Se daban cosas tan increíbles, como una modalidad represiva
que consistía en el destierro. A algunos líderes estudiantiles se los llevaron
fuera de su ciudad, les obligaron a vivir en otro sitio, con todo lo que eso
suponía cuando estabas matriculado en la universidad.
Sí que hubo
momentos o hitos muy duros, como el asesinato de Ruano, en los que la represión
superó sus propios límites. Pero, al mismo tiempo, éramos conscientes de que
iban a la desesperada porque el movimiento, la movilización, tenía mucha
fuerza. Y también éramos conscientes de que en el extranjero estaban muy
atentos a lo que estaba pasando aquí. De alguna manera, eso daba mucho ánimo,
mucha moral. En las cárceles también había esa sensación de que “estamos
ganando”; pero mientras, nos estaban dando una mano de hostias, nos estaban
destrozando. Era algo complejo.
¿Se
perdieron cursos?
Hubo
algunas facultades que cerraron. Había también huelgas de exámenes. Y esto
tiene que ver con que el activismo en contra del régimen funcionaba bastante
bien en la universidad. Cuando yo me liberé [liberarse era pasar a trabajar
para el partido, el que fuera], iba de facultad en facultad. A lo mejor en una
mañana pasaba por cuatro facultades para ir a asambleas. Yo iba informando de
lo que se estaba haciendo en otras; eran asambleas de cientos y cientos de
estudiantes en las que se votaba todo, y lo que se votaba, se hacía.
Obviamente, había estudiantes fachas, pero no contaban nada de nada, no
pintaban nada. Es verdad que había grupos violentos, como Defensa
Universitaria, pero eran muy minoritarios. La mayoría de los estudiantes,
aunque no pertenecieran a ninguna organización, iban a la asamblea. Y si la
asamblea decía que no se hacía un examen, no se hacía, y así era todo.
¿Qué
opinión le merece el trato que se ha dado a las víctimas del franquismo? No
solamente desde el punto de vista judicial.
La figura
del fiscal de sala que introduce la nueva Ley de Memoria Democrática, un gesto
tímido porque su recorrido en términos de justicia es muy pequeño, sí podría
ser el primer atisbo del reconocimiento de la verdad. Hasta ahora, no teníamos
ni eso. Porque el problema de la
Transición y de la
Ley de Amnistía, como se ha dicho muchas veces por parte de
juristas y de organismos internacionales, es que la amnistía se dio previamente
a la investigación o juicio de los delitos que cometió una de las partes; por
tanto, no hay crimen ni victimario, y por eso las víctimas, las del franquismo,
somos como algo hipotético, abstracto o dudoso. Somos víctimas, pero como no se
ha juzgado nada, no se sabe de qué delito somos víctimas. Estamos sujetos a un
modelo de impunidad que impide reivindicar fehacientemente nuestra naturaleza
como víctimas; y, por otro lado, hay una discriminación adicional, porque ese
modelo de impunidad ha impuesto una cultura de relativización frente a otras
víctimas, como las de terrorismo de grupos como ETA o yihadistas; hemos sido
ninguneados y seguiremos siendo ninguneados de la manera más descarada. A las
víctimas del terrorismo de Estado en el franquismo no nos han hecho ni caso. En
ese sentido, estamos totalmente ignorados y discriminados. Pretendemos que se
nos reconozca.