martes, 8 de noviembre de 2011

19 junio 2007 (4) El Pais

19 juny 2007 (4)
El company Jesús García també va presentar una informació des de el cair humà del que les víctimes han patit. Ho va publicar al diari “El País” el dia 19 de juny.

“Nos hemos sentido muy solos”
Víctimas de la matanza etarra de Hipercor denuncian en el 20º aniversario el abandono que han sufrido

Ana Larios era una cría de nueve años cuando vio morir a su abuela por televisión. Fue un viernes por la tarde. Acababa de volver de excursión y pasó por casa de sus tíos. "Ésa es la yaya", les dijo señalando a la caja tonta. La mujer yacía en el suelo mientras un chico intentaba reanimarla. La cámara seguía capturando la tragedia. "La reconocí por la mano y el anillo", recuerda Ana, convertida tras 20 años en una mujer encantadora y de mirada despierta.

La abuela, Luisa Ramírez, fue una de las últimas víctimas mortales de Hipercor en ser identificada. "Su rostro estaba muy desfigurado", añade la madre de Ana, Marga Labad, de 45 años. El atentado más sangriento de ETA en Cataluña se cobró la vida de 21 personas -entre ellas, cuatro niños- y dejó 45 heridos. De éstos, siete aún no han sido localizados, bien porque tenían heridas leves y no se consideraron víctimas, bien porque cambiaron de residencia o decidieron olvidarse del asunto

El azar quiso que mucho tiempo después del atentado, Marga se encontrara, mientras recorría el Camino de Santiago, con el joven que trató de salvar en vano la vida de su madre. Hoy, martes 19 de junio, se cumplen 20 años de la tragedia. Un acto oficial servirá para rendir homenaje a las víctimas. Y Marga todavía necesita visitar al psicólogo

La complicidad entre madre e hija salta a la vista. Un cariño que comparten con otras cuatro personas que, como ellas, se dan cita en la sede de la Asociación Catalana de Víctimas de Organizaciones Terroristas (ACVOT), en Barcelona. Para recordar, por enésima vez, aquella tarde en la que un centro comercial de la avenida Meridiana se convirtió en una trampa mortal. Las víctimas mantienen un diálogo fluido, emotivo y sincero. En la mesa, patatas, olivas y Coca-Cola. Ni las bromas ni la ironía están excluidas: son armas contra una herida que sigue abierta.

"Hablamos de forma distendida, pero cada vez nos cuesta más", admite José Vargas. Aquel viernes negro entró en Hipercor con su mujer y su hijo pequeño. La mayor estaba de excursión con el colegio (como Ana), así que se libró de la compra semanal. José llegó al aparcamiento subterráneo a las 15.30. Sólo 40 minutos antes de la explosión. "Lo sé porque conservo el ticket del parking", bromea

"Vi mucho policía y pregunté qué ocurría. Me dijeron que fuera a lo mío. Y sin saberlo, aparqué a sólo 10 metros del coche bomba", rememora con la mirada fija en quien le escucha. Junto a él está sentado Roberto Manrique, vicepresidente de ACVOT. También se acuerda de aquel coche cuya carga (30 kilos de explosivos) había de causarle tanto mal. "Era un Ford Sierra rojo, precioso". Roberto trabajaba como carnicero en el hipermercado. "Hacía el turno de mañana. Pero un compañero me pidió que fuera de tarde porque tenía un compromiso. 'Por un día no va a pasar nada', le dije".

A las 16.12 horas, el comando Barcelona hacía estallar la carga. Con 24 años, Roberto sufrió graves quemaduras. "Hubo un ruido seco y noté cómo se me derretía la piel". A escasos metros estaba José Vargas. Él y su familia resultaron ilesos.














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