19 junio 2002
El company Toni Sust va preparar coincidint amb el quinzè aniversari de l’atemptat de Hipercor un reportatge molt complert comptant amb la col·laboració, com sempre, d’en Robert. El plantejament va ser novedós: es tractava de conèixer les opinions dels fills de les víctimes, as a dir, dels orfes o dels fills dels ferits. Fins i tot va poder comptar amb l’opinió de una mare orfe per l’atemptat i de la seva filla, es a dir, la neta de la víctima mortal.
El company Toni Sust va preparar coincidint amb el quinzè aniversari de l’atemptat de Hipercor un reportatge molt complert comptant amb la col·laboració, com sempre, d’en Robert. El plantejament va ser novedós: es tractava de conèixer les opinions dels fills de les víctimes, as a dir, dels orfes o dels fills dels ferits. Fins i tot va poder comptar amb l’opinió de una mare orfe per l’atemptat i de la seva filla, es a dir, la neta de la víctima mortal.Malgrat la aparició de algunes víctimes o de alguns representants de les mateixes que, sense conèixer les opinions de ningú, han plantejat fins i tot la venjança com solució al terrorisme, el reportatge dona encara mes força a la actitud pacient i exempta de rancúnia que moltes víctimes del terrorisme han mostrat.
Sens dubte, un excel·lent exemple a seguir i que mereix l’agraïment de tots els conciutadans.
A continuació us reproduïm algunes de les informacions publicades el 19 de juny de 2002.
La mayor matanza de ETA
Familiares de muertos y heridos en el atentado de Hipercor viven marcados por la masacre, de la que hoy se cumplen quince años
El 19 de junio de 1987, viernes, Marga Labad tenía 25 años, vivía en Barcelona y trabajaba en la hostelería. Esa noche se enteró por sus compañeros de que había habido un atentado en la ciudad. Ella trató de quitarle hierro al asunto. La vida ya es bastante triste, mañana será otro día, les dijo. Y tanto que lo fue. El sábado oyó por televisión el nombre de su madre, la última víctima mortal de la matanza de ETA en Hipercor que fue identificada. Desde entonces, cada vez que la televisión informa de un atentado reacciona igual: “se me erizan los pelos”.
Su primera sensación al conocer la muerte de su madre fue de incredulidad. “Y ese primer momento dura ya 15 años”, explica durante un encuentro de parientes de víctimas de Hiperdor con EL PERIODICO con motivo del 15 aniversario del atentado que arrebató la vida a 21 personas e hirió a otras 45. El crimen más sangriento de la historia de ETA: un coche cargado con explosivos y una mezcla incendiaria estalló en el aparcamiento subterráneo de Hipercor, en la avenida de la Meridiana , a las cuatro de la tarde, cuando el establecimiento estaba lleno de clientes.
Marga no ha vuelto a dormir bien. Se fue de Catalunya después de que alguien pintara consignas proetarras en la fachada de su casa y de recibir durante años llamadas telefónicas con un mismo mensaje: “Me alegro de lo que le pasó a tu madre. Gora ETA”.
El ritmo quebrado
Para evitarle eso a Joel, su padre le prohibió coger el teléfono de casa. Joel es hijo del delegado en Catalunya de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), Roberto Manrique, un carnicero de Hipercor que resultó herido grave.
Joel no clama venganza porque, argumenta, sólo serviría para convertir en víctimas a los etarras. ‘Es un pez que se muerde la cola. Si yo la liase, ellos la liarían aún más’, señala. Aunque entonces sólo tenía tres años, recuerda que comprendió que algo malo había pasado. El ritmo de la familia se rompió. Al crecer, llegó a una conclusión: “No me sirve de nada pelearme con alguien”.
Las manos de la abuela
Los supervivientes de Hipercor y sus familias reviven su tragedia en cada acción de ETA. Ana Labad, hija de Marga, tenía 6 años aquel día fatídico. Lo recuerda todo y vive con una incertidumbre que no la abandona. “Cada mañana pienso en la amenaza que pende sobre mí”. Ayer, por televisión, volvió a ver la imagen de su abuela en la camilla, cuando la retiraban de Hipercor. La pantalla muestra las manos del cadáver, en las que Ana ve también las de su madre y las suyas propias.
Nacor Manrique, hermano de Joel, tiene 15 años. “He crecido con este problema y mi sentimiento no es de rabia, sino de impotencia”, apunta. De ese sentimiento, dicen todos, surge la fortaleza. “Yo nunca he celebrado la fiesta de Sant Joan. Mi padre odia el fuego y las explosiones de los petardos. Ese día nos vamos de Barcelona”.
Acercarse a Euskadi
Todos aseguran que nadie que no haya pasado por su infierno puede entenderles. No se sienten representados en las manifestaciones antiterroristas.”Yo he ido a alguna, sin decírselo a mi madre”, confiesa Ana. Quizás para intentar entender algo, Marga, que se había instalado en Canarias, decidió hace poco pasar un tiempo en Navarra, cerca de Euskadi. “Si consigo sentirme cerca de esta gente se me curará el corazón”, se dijo. Pero no ha funcionado: “Llevo cuatro meses y estoy loca por volver”. Allí no nos quieren”.
Hace poco, Ana, que es culé, veía un partido del Barça en un bar. A su lado, un joven empezó a vitorear a ETA. Se limitó a levantarse e irse. Pero no siempre consigue esa templanza. “Aún me levanto muchas noches gritando iaia”.
Demanda de inemnización
Desean que acabe la violencia pero no ven el final del terrorismo y son muy escépticos sobre la labor de los políticos. Para Marga, no hay muchas distinciones , aunque cree que José María Aznar es “el que más se ha aprovechado del terrorismo”. Su diagnóstico es demoledor: “Si el terrorismo no ha terminado es porque al Gobierno no le interesa. Va muy bien tener esto para desviar la atención de todas las putadas que nos hacen a los españolitos”.
Marga ve un solo final posible al terrorismo: “La utopía del amor universal”. Ana, Nacor y Joel, sencillamente, no creen que haya un final. Les queda, dicen, vivir con ello.

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