23 noviembre 1997
Un altre de les tasques d’en Robert era organitzar els diferents desplaçaments que es podein fer entre les mateixes víctimes per gaudir de monents d’esbarjo. Una de aquestes situacions es va donar a finals de novembre de 1997 quan diferents víctimes catalanes van estar durant uns dies a San pedro del Pinatar (Murcia).
Un altre de les tasques d’en Robert era organitzar els diferents desplaçaments que es podein fer entre les mateixes víctimes per gaudir de monents d’esbarjo. Una de aquestes situacions es va donar a finals de novembre de 1997 quan diferents víctimes catalanes van estar durant uns dies a San pedro del Pinatar (Murcia).
El company Ricardo Fernandez feia aquest bonic relat de aquesta visita en el diari “La Verdad ” de Murcia el 23 de novembre de 1997.
Marcados por el sello del terror
Cuarenta víctimas de ETA han pasado una semana de descanso en la residencia de Tiempo Libre, invitados por la Comunidad
Enric tiene diez años y es hijo único por la gracia de ETA. El 19 de junio de 1987, unos terroristas del comando Barcelona colocaron un coche bomba en el centro comercial Hipercor. Desde el vientre de su madre, que aún no sabía que estaba embarazada, Enric vivió la brutal explosión que –años después lo supo- se cobró la vida de sus dos hermanos, de su tía y de otras 18 personas. Uno de los responsables del atentado llegó a asumir después, mientras era juzgado, que lo de Hipercor “fue un error político”. Sin duda se refería a que les había restado apoyos para la causa. Pero para el niño fue mucho más. Hoy, como cientos de personas en España, aún lleva en su alma el sello del terror.
Contó una explosión. Su cuerpo se estremeció como una hoja con la segunda denotación. No llegó a escuchar la tercera. Cuando Guillermo Fernández abrió de nuevo los ojos, sólo contempló el blanco techo de un hospital. Estaba vivo, pero pronto supo que sus piernas, cargadas de metralla, nunca llegarían a recuperarse del todo. El bastón que empuña hoy demuestra que sus primeras sensaciones no se equivocaban.
“Soy guardia civil y en aquel momento, hace ocho años, estaba destinado en la casa cuartel de Zarautz, en Guipúzcoa. Recuerdo que eran las cuatro del la tarde y que ese día me tocaba hacer guardia. Un comando de ETA nos lanzó siete granadas ‘jotake’. La tercera fue para mí. Hubo varios heridos más, entre ellos un bebé de 12 meses que aún hoy lleva en su cerebro un trozo de metralla”, recuerda el agente con enorme esfuerzo y, con gesto casi avergonzado, se disculpa por lo entrecortado de su relato. “Lo siento, pero aún no he conseguido superarlo..., sigo en tratamiento psíquico”.
Que dos de los terroristas fallecieran tiempo después mientras colocaban una bomba y que el responsable del comando que estuvo apunto de matarle, José Antonio López Ruiz ‘Kubati’, lleve unos años viviendo a la sombra, no le sirve de consuelo. “El atentado nunca es lo más duro; lo peor empieza en ese momento: la recuperación, el olvido, la incomprensión...”.
Incomprensión, soledad y desamparo. Son las palabras más repetidas por las cuarenta víctimas del terrorismo que hasta ayer y durante una semana, han disfrutado de unos días de descanso en la residencia de Tiempo Libre de San Pedro del Pinatar, respondiendo a una invitación de la directora de Política Social, Diana Asurmendi. Pero el gesto del Gobierno regional parece sólo una honrosa excepción en una existencia marcada por una constante sensación de abandono.
No se trata de un sentimiento gratuito. Los afectados por el terror, a quienes nada de lo que lleguen a hacer los etarras puede ya sorprenderles, no alcanzan sin embargo a comprender la indiferencia y hasta el desprecio con que siempre han sido tratados por la Administración. “Las víctimas del terrorismo hemos sido un poco como los apestados. Nadie se ha preocupado jamás por nosotros y, aunque parece que las cosas empiezan a cambiar un poco, es muy lamentable lo que muchas personas han tenido que pasar. Si ya es duro perder a tu marido en un atentado, imagina lo que para una viuda supone además tener que ponerse a fregar escaleras para sacar adelante a tres hijos. Casos así los hay a patadas”, denuncia la presidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), Ana María Vidal.
Roberto Manrique aún se muestra menos diplomático. Este catalán de 34 años no está dispuesto a dejarse vencer por el miedo ni por las amenazas, sobre todo después de haber sobrevivido a un atentado –el de Hipercor- que le provocó quemaduras de tercer grado en el 80% de su cuerpo. Desde que abandonó la UCI del hospital Vall d’Hebrón, tras dos meses debatiéndose entre la vida y la muerte, ha ido siempre con la cara por delante, aún a riesgo de que alguien vuelva a intentar partírsela.
“Lo que pasa es de locos – se indigna-, llega un terrorista, se carga un puñado de inocentes, lo detienen, lo juzgan, lo meten en la cárcel y pasa a convertirse en una víctima. ¡Pobrecito! Que si está lejos del País Vasco, que si hay que tratar de reinsertarlo, que si sus derechos por aquí y sus derechos por allá.... ¡Ojo!, que yo no digo que no tengan derechos... ¿Pero de los míos quién se acuerda? ¿Es que antes de salir a la calle no deben saldar sus cuentas, pedir perdón por lo que han hecho, mostrar su arrepentimiento colaborando conla Policía.. .? Yo podría perdonar, pero nadie de quienes me pusieron la bomba en Hipercor me ha dicho aún que siente lo que hizo”.
“Lo que pasa es de locos – se indigna-, llega un terrorista, se carga un puñado de inocentes, lo detienen, lo juzgan, lo meten en la cárcel y pasa a convertirse en una víctima. ¡Pobrecito! Que si está lejos del País Vasco, que si hay que tratar de reinsertarlo, que si sus derechos por aquí y sus derechos por allá.... ¡Ojo!, que yo no digo que no tengan derechos... ¿Pero de los míos quién se acuerda? ¿Es que antes de salir a la calle no deben saldar sus cuentas, pedir perdón por lo que han hecho, mostrar su arrepentimiento colaborando con
Roberto afirma que daría por bueno lo que le ha ocurrido –y es mucho- si hubiera servido para acabar con el terror. “Yo trabajaba de carnicero en Hipercor y la explosión me lanzó por los aires. Los bomberos afirman que tuve que soportar durante veinte segundos una temperatura cercana a los 3000 grados. No sé cómo estoy aquí. Llevo 16 operaciones, muchas secuelas en el cuerpo y algunas en la mente. El olor a carne humana calcinada se te mete para siempre aquí”, y se señala el punto donde el tabique nasal se une con la frente.
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| Fotografias del grupo de víctimas que visitaron San Pedro del Pinatar (Murcia). Se desplaaron desde Cataluña, Madrid, Navarra y La Rioja. |
Todo ello lo asumiría con gusto porque algo cambiara. Por eso le desespera comprobar, día tras día, “que los mismos de siempre, los de los mismos partidos, el mismo obispo” siguen haciendo la guerra por su cuenta.
“Quemaría con gusto la sede de la AVT , y todos sus expedientes, si alguien se ocupara por fin de nosotros”, afirma. Pero es bastante escéptico. Ni siquiera ha comprado aún las cerillas.




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