martes, 11 de octubre de 2011

20 julio 1998 Diari de Tarragona


20 julio 1998 


Evidentment, el fet de ser el responsable de atendre a les víctimes a tot Catalunya ha obligat en Robert a viatjar per tot el territori català. Això ha portat a que en Robert tingui contactes a tot arreu i a que la seva feina hagi estat recollida en centenars de medis diferents, inclosos els de ciutats diferents a la seva de residència, com es Barcelona.

Ha escrit multitut de articles i el publicat en el “Diari de Tarragona” es una nova mostra. Aquest va aparèixer el mes de juliol de 1998.

¿Qué se ha logrado en dos años?

Han transcurrido ya dos años desde que ETA, en su afán negociador, cometió otra de sus salvajadas. Fue un sábado 20 de julio de 1996 en pleno aeropuerto de Reus. Su objetivo era el mismo de los treinta anteriores: reventar familias inocentes, destrozar proyectos, implantar el terror sin pensar en las consecuencias posteriores. Matar para negociar. Negociar para seguir matando. Y así día tras día, mes tras mes, año tras año. Y mil muertos han quedado en el camino. Pero en la sociedad civil, en usted, querido lector, siempre quedará el convencimiento de que a la víctima del terrorismo le solucionan todos sus problemas en un santiamén. Sólo hace falta escuchar las declaraciones de los miembros de la clase política para quedar completamente engañado. La grandilocuencia verbal no tiene límites. La facilidad de realizar las promesas de rigor es digna de la mejor escuela de teatro. Pero la verdad es muy distinta.

La provincia de Tarragona es, y esperamos que por mucho tiempo, una de las menos afectadas por el terrorismo. El número de afectados englobados en la Asociación Víctimas del Terrorismo se acerca a la veintena de las casi 1800 familias a nivel estatal. Pero cada una de ellas podría escribir un libro con los montones de trámites burocráticos, de desplazamientos, de llamada, de gestiones realizadas y de agravios recibidos.

Los afectados por el atentado recordado anteriormente son buena prueba de ello. La familia que recibió en tres de sus generaciones (la abuela, la madre y la nieta) el impacto brutal del zarpazo bestial etarra todavía están en manos de médicos, traumatólogos, psicólogos y psiquiatras y a la espera de más intervenciones quirúrgicas. Además, todavía están tramitando documentación con sus respectivas empresas. El Estado sólo se ha dedicado a cumplir escrupulosamente la ley e ir adelantando a cuenta las mínimas cantidades a cobrar por los días de baja médica. Ninguna administración, de las muchas que en su momento salieron “en la foto” se ha dignado realizar un seguimiento detallado y puntual de la situación de estos ciudadanos, pagadores de impuestos y buenos vecinos. Nadie de los que tantas declaraciones realizaron hace tan sólo dos años han invertido diez minutos en preocuparse por su actual problemática.

¿Quizás porque no pertenecen a ningún partido político? ¿Quizás porque no ostentan cargo público alguno? ¿O quizás porque los responsables estaban muy ocupados en aparecer en manifestaciones multitudinarias realizadas en nombre de una sola víctima?

Otros afectados por ese atentado están sufriendo las secuelas, en esta caso psicológicas, de manera callada y anónima. Son víctimas del terrorismo que han (hemos) tenido la gran suerte de sobrevivir y nos vemos obligados s continuar recordando nuestra situación porque nadie tiene la valentía de terminar con este problema de una vez por todas. Y no me estoy refiriendo a terminar con el terrorismo como tal, lo cual es primordial. Me estoy refiriendo a terminar con la utilización de la víctima según ideología, a terminar con el abandono al que estamos sometidos con el agravio comparativo existente entre víctimas y asesino, entre afectados y delincuente. A terminar con el miedo a terminar.


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