lunes, 27 de septiembre de 2021

27 septiembre 2021 Diario Vasco

27 septiembre 2021 


 

 

Una película necesaria

Maixabel' humaniza al victimario sin por ello reducir un miligramo el peso de su culpa o la gravedad de la atrocidad

Mikel Mancisidor

Ver Maixabel ha sido una experiencia brutal. La película, todos lo sabemos, acaba de pasar por el Festival de San Sebastián, que dará a conocer el palmarés en mi hoy que es su ayer. De modo que sabe usted más de la suerte festivalera del film que yo, pero no les quiero hablar de premios. Tampoco de cine. Al menos no en un sentido técnico o artístico. Doctores tiene la Iglesia y críticos este medio que sabrán hablarle con mayor conocimiento de sus valores cinematográficos. Yo ayer quedé maravillado por el cine en otros sentidos: por su poder de hacernos vivir un momento, de golpearnos directamente como un rodillazo en el esternón que le corta a uno la respiración, por su poder de conmovernos hasta la lágrima, por su capacidad de meternos no ya en la piel de los personajes, como dice la expresión, sino en sus entrañas, sentir su estómago pensando en nosotros, vivir como propia su alma llena de miedos, rencores, sueños y dolores mezclados y peleando entre sí.

Maixabel es más que una buena historia y una película con unos actores que se salen. Maixabel es un empujón que nos coloca de nuevo en medio de los dilemas y miserias a los que estuvimos sometidos por una violencia tan cruel como estúpida que contaminó demasiadas cosas.

Maixabel nos habla del dolor, de la rabia, de la soledad y de la humillación de las víctimas. Pero lo hace en un contexto complejo y humanizador que los enemigos del matiz y de la complejidad no le perdonan. Maixabel humaniza al victimario sin por ello reducir un miligramo el peso de su culpa o la gravedad de la atrocidad cometida, sin mover un nanómetro los estándares de la responsabilidad moral o penal. Todo lo contrario, en la humanidad del victimario está el abismo del infinito dolor de la culpa y la mayor de las exigencias morales posibles, que son las que nos llegan de dentro, esas que el ruido de la tribu no consigue acallar en la conciencia de quien tenga un alma, o al menos un cuerpo sintiente conectado al cerebro.

El reconocimiento del daño causado es una obviedad, una acreditación notarial que de nada sirve sino es verdaderamente sentida. Los dos protagonistas masculinos nos hacen sentir su dolor precisamente porque no son estereotipos ni monstruos, sino personas que tomaron decisiones inaceptables y horrorosas de gravísimas consecuencias.

La película nos ayuda a revisar la historia y a planificar las exigencias de nuestro futuro. No, la condena no es una palabra fetiche. La condena es una palabra difícil precisamente porque tiene significado: no es sólo el reconocimiento aséptico del daño causado, no es sólo la solidaridad con el golpeado, como la que nos despierta quien pierde la casa tragada por el río de lava, no es el respeto debido a su dolor sin homenajes insultantes –que no sería poco–, no es siquiera la empatía, es el reconocimiento de la injusticia profunda cometida, su carácter no de error o de exceso sino de crimen gratuito, injusto e innecesario en un contexto artificialmente agitado... y es la asunción de la responsabilidad no sólo de quien apretaba el gatillo sino de quien le reía las gracias, de quien alentaba el discurso heroico, de quien señalaba a los diferentes, de quien mantenía desde la retaguardia una pieza del andamio que sostenía el horror, de quien calentaba la plaza, de quien hacía de correveidile ante tribunales, de quien desde la política alimentaba el fanatismo totalitario, la ortodoxia doctrinaria y la indiferencia ante el dolor ajeno. Entiendo que no es fácil. Pero es necesario.

Maixabel pierde su nombre para hacerse título. Ya perdió todo y después lo dio todo para conservarlo todo –la memoria de su marido, la vida de su hija, el contacto con los suyos y el respeto de muchos–.

No espere a verla en casa. Dese el gusto de ser golpeado en pantalla gigante. Si los ojos se humedecen puede usted esperar a que terminen los títulos de crédito, darse tiempo para rehacer su mirada y levantarse ya con las luces encendidas componiendo una airosa salida.

 

 

 

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