14 diciembre 2016
Javier Arteta
¡Ay, qué memoria la nuestra!
Aquí
hemos matado todos, y no sólo ETA, ha venido a decir Arnaldo Otegi. Todos somos
víctimas y verdugos
No sé por qué le ha molestado tanto al PNV que
Arnaldo Otegi metiera a la
Ertzaintza en la cadena de muertes que han asolado el País
Vasco a lo largo de tantos años. Al fin y al cabo, no hizo otra cosa que barrer
un poco para casa, al sumarse a la doctrina oficial de condena indiscriminada
de “todas las violencias” que aquí hemos padecido. Y la verdad es que el líder
de Sortu no tuvo que esforzarse mucho para hacer creíbles sus argumentos.
Porque tampoco es que el Gobierno de Urkullu en la pasada legislatura se
esmerase demasiado para poner a la Ertzaintza en buen lugar en cuanto a
defensa de los derechos humanos se refiere.
De modo que Otegi no ha hecho otra cosa que
dejar las cosas en su sitio. Aquí hemos matado todos, y no sólo ETA, ha venido
a decir. Todos somos víctimas y verdugos. Todos debemos hacernos autocrítica y
todos debemos pedirnos perdón a todos por los muertos de cada bando. Y aquí paz
y después gloria. Es una manera de abordar la memoria sobre la violencia que
este país ha venido padeciendo hasta hace cinco años. No es exactamente la mía,
aunque no excluyo que, por razones de edad, tenga los recuerdos un tanto
distorsionados.
Hay que reconocerlo: cuantos más años cumple
uno, más desmemoria padece. Y a veces cree recordar cosas que no han sucedido.
Por hablar de una muy reciente, yo me había llegado a convencer de que dos
guardias civiles en compañía de sus parejas habían sido agredidos brutalmente,
y en masa, por el simple hecho de pertenecer a un Cuerpo que supuestamente
resulta incompatible con la idiosincrasia de Alsasua. Hasta que llegué a saber
-¡y lo ha dicho hasta la gente de Podemos!- que lo que yo consideraba
“agresión” era simplemente una “trifulca”; es decir, un “enfrentamiento confuso
entre varias personas que riñen, discuten o pelean”, según recogen los
diccionarios para definir el término.
Y si uno interpreta mal lo ocurrido como quien
dice hace un par de días, no sería de extrañar que desbarrase igualmente con
episodios más lejanos. Me cuesta, por ejemplo, recordar si, en tiempos tan
agitados como los que Euskadi ha vivido, y con violencias tan cruzadas, he
podido cometer algún asesinato, más que nada para cumplir con mi parte de
responsabilidad colectiva. Creo que no, pero seguro que no habrá sido por falta
de ganas, sino en razón de mi carácter, que es más bien apocado.
Igual confusión me embarga cuando se asegura
desde la oficialidad más oficial de este país que fue la sociedad vasca la que
hizo posible que ETA parara, cuando siempre había creído que los cuerpos
policiales (y muy especialmente los del Estado) algo habían tenido que ver con
este cese de la “actividad armada” del Movimiento de Liberación Nacional Vasco,
de acuerdo con los eufemismos de rigor. Y si así fuera, ¿habría que agradecer
al menos los servicios prestados a la causa de la paz por quienes son
considerados los malos de esta película de horror que hemos padecido tan
prolongadamente? ¡Pero si aquí no se salva ni la Ertzaintza ! ¡A ver si
va a resultar ahora que nos vamos a ver obligados a agradecer, no sólo a la Ertzaintza , sino hasta
a la Guardia Civil
y al Cuerpo Nacional de Policía por habernos librado del terrorismo! ¿Qué
mierda de memoria vamos a legar a nuestros hijos (e hijas)?
En esas confusiones mentales andaba, cuando se
me ocurrió echar un nuevo vistazo a las memorias de un ilustre miembro de EH
Bildu, el exlehendakari Carlos Garaikoetxea. Sobre todo cuando alude a las
posibilidades que en 1998 barajaban los partidos nacionalistas para que ETA
declarase una tregua. Y afirma textualmente: “… la confrontación policial y la
colaboración internacional que logra el Gobierno español en la lucha contra ETA
tiene que haber hecho mella en tal organización a la hora de evaluar la
idoneidad de su estrategia armada y su continuidad; y nuestra esperanza de
persuadir a la organización para que sustituya la estrategia violenta por la
acción política e institucional es mayor que nunca”.
Dicho de otro modo, la Guardia Civil agitó
las ramas y los partidos nacionalistas se aprestaron a recoger las nueces de la
paz; que entonces fueron, a su entender, las del Pacto de Lizarra. No lo dice
así Garaikoetxea, pero es algo que parece desprenderse de su relato. ¿En
reconocimiento implícito a los méritos acumulados por los Cuerpos y Fuerzas de
Seguridad del Estado al servicio de los vascos? Cualquiera lo sabe. A lo mejor
el exlehendakari se limitó a recordar que Dios (es decir, la “causa vasca”)
acostumbra a escribir con renglones torcidos, aunque éstos sean los de la
siempre malvada represión española. No lo tengo aún demasiado claro. Supongo
que la ponencia parlamentaria que se va a crear sobre Memoria y Convivencia en
Euskadi arrojará alguna luz sobre ésta y otras materias tan delicadas.
Opinión:
Articulo de lectura obligada. Hablando claro
sobre lo ocurrido en el País Vasco y dejando al descubierto las realidades de
lo ocurrido. Por ello, si van apareciendo aquellos que podrán ofrecer una perspectiva
correcta en el tema no me preocupa que algunos quieran explicar “su relato”.
Pueden ir contando lo que les apetezca pero al final se tendrá que conocer toda
la realidad.
Las cosas son como son y las pruebas lo
demuestran.
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