lunes, 31 de enero de 2022

29 enero 2022 (7) El Correo

29 enero 2022 


 

El doble error de asesinar

Identidades confundidas. ETA se equivocó de persona en más de una decena de crímenes mortales. Entre ellos, el hostelero José Javier Urritegui, acribillado hace 30 años. Iban a por el dueño anterior

Todos los asesinatos de ETA fueron un error. Es una máxima que comparte ya la inmensa mayoría de la sociedad vasca. Pero algunos de esos crímenes fueron un doble error porque la banda, además, se equivocó de persona. Identidades cambiadas y confusiones jalonan el listado de los asesinados. Suena incomprensible, kafkiano, y más al saber su magnitud. No fue un hecho aislado. Sucedió en más de una decena de ocasiones.

Algunas veces, ETA pidió perdón a los familiares. Otras, simplemente, eludió reivindicarlo. Aunque resulta bastante desconocida, esta sucesión de errores y peticiones de disculpas no es una historia remota. En 2018, en el que sería su último 'Zutabe' -el boletín interno-, la banda admitió la autoría de un atentado en Tolosa que en 1981 costó la vida a tres vendedores de libros en euskera a los que confundió con policías. Eran unos hechos que había negado durante 37 años.

Hubo otras ocasiones en que la dirección de la banda se disculpó a los pocos días, incluso de forma pública, admitiendo el error en comunicados que enviaba al diario 'Egin'. La imagen de uno de esos reconocimientos acompaña esta página. El episodio más sorprendente es el de Mari Mar Negro, la hija de un trabajador de la central de Lemoiz asesinado en 1978. Tal y como contó en una entrevista en este diario, ETA envió un cura a su casa para pedir disculpas por matar a su padre. «Le eché de casa», relató.

25 de noviembre de 1991. Hace pocas semanas se cumplieron treinta años. Son las once de la noche y José Javier Urritegui Aramburu atiende la barra del bar Chaplin, en el barrio donostiarra de Larratxo. De pronto, dos miembros de ETA entran en el local y le acribillan a balazos. La banda reivindica el atentado y arguye uno de sus pretextos habituales, lo vincula con el tráfico de drogas. Pronto, algo no cuadra. La víctima no ha sido amenazada y acaba de empezar a trabajar en el local. El objetivo de ETA era el anterior propietario, que lo ha traspasado y ha abandonado San Sebastián al aparecer en los papeles de un comando pocos meses antes. Al funeral por Urritegui, celebrado en Lasarte, no acudieron autoridades ni partidos políticos.

Un pescatero del Casco

La vida y la muerte son a veces una cuestión de suerte. 12 de septiembre de 1989. Luis Reina Mesonero tiene 61 años y es pescatero en el bilbaíno mercado de La Ribera. No ha tenido una vida fácil. Ayuda a su mujer, que lleva 27 años en una silla de ruedas. Él mismo ha sufrido recientemente una embolia que le ha lesionado el oído y la vista. Al llegar a casa, en la calle Fika, observa un paquete en el buzón y se lo acerca a la cara para ver el remitente. Estalla. Luis Reina muere y la Policía baraja desde el principio que es un error de ETA. El 23 de septiembre la propia banda lo reconoce en un comunicado enviado a 'Egin'. «ETA se autocritica ante el pueblo vasco y, en particular, ante la familia de la víctima por un error irreparable». Atribuye la confusión a que Luis Reina comparte nombre con un policía nacional. La jefatura de Policía lo desmintió.

La historia del asesinato de Reina es aún más rocambolesca. El periodista José María Calleja desveló en 'La diáspora vasca' que ETA perseguía y amenazó a un Luis Reina que era propietario de un concesionario de coches y vendía vehículos a policías y personal del Gobierno Civil. Este hombre llegó a entrevistarse con la izquierda abertzale para que le garantizaran que no le atacarían. Tras la muerte del pescatero del Casco Viejo, su homónimo se marchó de Euskadi.

Tolosa, 24 de junio de 1981. Tres vizcaínos, Ignacio Ibarguchi, Pedro Conrado y Juan Manuel Martínez, entran a comer en el restaurante Beti Alai tras una mañana vendiendo a domicilio libros y discos para aprender euskera. A la salida, son ametrallados por dos etarras que los confunden con policías. Al día siguiente, ETA negó la autoría y HB señaló que era «una maniobra destinada a desprestigiar a ETA y, de paso, a la izquierda abertzale». 37 años después, en el último 'Zutabe' de su historia, ETA reconoció la autoría del ametrallamiento.

Otro capítulo similar sucedió apenas un mes antes, el 18 de noviembre de 1982 en Rentería. Tres pintores fueron equivocados con guardias civiles. Los tres fueron tiroteados en su coche. Carlos Manuel Patiño falleció y sus dos compañeros de trabajo quedaron heridos muy graves. La Audiencia Nacional condenó a un miembro de ETA en 1984.

Otro industrial de Arrona

Este diario ha localizado más casos. Ceferiño Peña era el propietario de una carrocería de Arrona, en Gipuzkoa, al que ETA mató en 1980 de tres tiros a bocajarro. Realmente la dirección de la banda había señalado al 'comando Andutz' que atentaran contra otra persona, un industrial de la misma localidad. ETA admitió el error. También lo hizo tras la muerte de Gregorio Caño, chófer del empresario y directivo de la Real Sociedad Joaquín Aperribay, la persona a quien querían asesinar. Y también pidió perdón tras matar de tres tiros a Rafael San Sebastián en Getxo en 1990.

El capítulo más conocido es quizá el que sucedió el 24 marzo 1973. Tres jóvenes de Irún cruzan la frontera francesa para ver una película erótica prohibida en España, 'El último tango en París'. Los tres son de origen gallego y tienen entre 23 y 28 años. Fernando Quiroga, José Humberto Fouz y Jorge Juan García paran de regreso en San Juan de Luz y, según informaciones periodísticas, allí mantuvieron «una pelea con un grupo de etarras o refugiados» que los confunden con policías.

Fouz murió en el mismo bar al recibir un botellazo y sus compañeros fueron «secuestrados durante unos días y torturados en una granja de Saint Palais hasta que el líder de ETA Tomás Pérez Revilla los mató a tiros». Ninguna fuente oficial confirmó los hechos, pero todas señalan esta hipótesis como la más probable. Los cuerpos nunca aparecieron. Tomás Pérez Revilla murió años después a manos del GAL. Las familias pidieron a ETA que aclarase los hechos, algo que respaldó el Gobierno vasco. La banda nunca confirmó ni desmintió su participación.

ETA se confundió de objetivo muchas veces. Pero no es algo específico de la banda. Sucedió también en otros grupos terroristas. El GAL se equivocó al menos en nueve asesinatos, un porcentaje tan alto de sus crímenes que hizo pensar que operaba de forma indiscriminada. Admitió algunos errores y eludió reconocer otros.

Todos fueron víctimas que nunca imaginaron que podrían serlo, familias sacudidas por una muerte todavía más imprevisible e incomprensible si cabe. Un capítulo aparte entre los grandes olvidados. Asesinados por error. Tres palabras que condensan el absurdo de la violencia.

 

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