23 marzo 2016
¿Son los atentados de Bruselas un acto
de venganza por la detención de Abdeslam?
Todavía se desconocen
los detalles pero el pasado nos demuestra que los terroristas suelen actuar
cerca de casa.
¿Un acto de venganza? ¿La incompetencia de los servicios de
seguridad que no supieron detectar que se estaba creando una nueva célula
terrorista? ¿Una señal de que todavía está operativa la red creada por Salah
Abdeslam, el cerebro de los atentados de París que fue detenido en Bruselas el
viernes pasado? O, teniendo en cuenta que todavía se desconocen los detalles de
los acontecimientos de esta mañana, tal vez ninguna de las anteriores.
Las explosiones en Bruselas nos permiten llegar a varias
conclusiones que son básicas y muy relevantes.
La primera de ellas es que si bien la amenaza yihadista en
Europa puede aumentar o disminuir, no desaparece con la simple detención de uno
de los cerebros de la organización, por muy importante que sea. A la luz de los
hechos de hoy, el "gran golpe" del viernes pasado, como lo describieron
varios políticos de alto nivel, ya no parece tan grande.
La segunda es que los terroristas y aquellos que los
intentan parar parecen ir a la misma velocidad. Esto tiene una consecuencia
práctica y otra psicológica. El principal objetivo de las unidades
antiterroristas es recabar información con la mayor celeridad posible para
organizar un operativo que permita dar con los sospechosos antes de que estos
puedan percatarse de quién ha sido detenido y quién ha podido confesar, y
obviamente antes de que puedan llevar a cabo su plan. Cuando la labor
antiterrorista es eficaz, las redes no pueden soportar esta presión y se
desintegran, como pasó en Irak a mediados de la década anterior.
En cambio, el objetivo principal de los terroristas es
demostrar que todavía pueden sembrar terror, movilizar a sus miembros y
fragmentar a la sociedad con su violencia. Esto poco tiene que ver con la
venganza, más bien es una demostración de fuerza. Quieren demostrar que tal vez
han tenido que reducir sus expectativas pero en ningún caso las han descartado.
El pasado domingo, el primer ministro de Bélgica, Didier
Reynders, indicó que Abdeslam había reconocido que estaba planeando un ataque
en la capital del país: "Nos dijo que se estaba preparando para una nueva
acción y probablemente sea cierto porque en los primeros registros que
practicamos encontramos muchas armas, entre ellas armas pesadas, y también
sabemos que se había formado una nueva red y que él era el cabecilla".
Tal vez esta nueva red ha podido llevar a cabo su plan
antes de que los servicios de seguridad la hayan podido desarticular. También
es posible que la integren dos hombres que se sospecha que desempeñaron un
papel clave en los atentados de París y sobre los que pesa una orden de busca y
captura desde noviembre.
Todo parece indicar que Mohamed Abrini, un belga de 31 años
de origen marroquí, desapareció tras desempeñar un papel clave en la
planificación y logística de los atentados de noviembre. Es amigo de Abdeslam
desde la infancia ya que eran vecinos en el barrio de Molenbeek. De hecho,
varios de los autores de los atentados de París proceden de este barrio de
Bruselas. La orden de detención internacional que se hizo pública hace cuatro
meses lo describe como "peligroso y probablemente armado".
La policía también está buscando a un sospechoso que se
conoce con el apodo de Soufiane Kayal. El hombre utilizó documentación falsa
con este nombre cuando cruzó la frontera de Hungría con Austria el pasado 9 de
septiembre. Viajaba con Abdeslam y Mohamed Belkaïd, un argelino de 35 años que
fue abatido a tiros el martes pasado durante una redada policial en Bruselas.
Los tres hombres se hicieron pasar por turistas que se dirigían a Viena para
pasar allí sus vacaciones y no levantaron sospechas.
La red terrorista tiene muchos otros integrantes. Si
tenemos en cuenta que Abdeslam pudo esquivar a la policía durante muchos meses,
resulta evidente que decenas de personas, o muchas más, lo estuvieron ayudando.
Y esta es la cruda realidad del extremismo islámico contemporáneo en Europa. No
estamos ante "lobos solitarios" que actúan por su cuenta sino ante un
grupo reducido pero significante de personas que están muy arraigadas en su
comunidad y en su barrio.
Estas personas comparten el punto de vista extremista de
los terroristas o, si no es así, están dispuestas a ayudarlos si estos
necesitan ayuda debido a lazos familiares o de amistad. Varios estudios
demuestran que una elevada proporción de terroristas comparten sus planes con
su entorno.
Algunas personas de su círculo llaman a la policía. Los
medios de comunicación franceses afirman que una advertencia de estas
características permitió detener a Abdeslam la semana pasada. Sin embargo,
muchas otras personas optan por callar.
Otro reto que deben abordar los servicios de seguridad es
que aquellos que solo apoyan a los terroristas pero que no cometerían un
atentado pueden terminar cargando con un explosivo o una pistola si se dan
ciertas circunstancias, como por ejemplo la detención de un importante miembro
de la red o si reciben órdenes de altos mandos, tal vez desde el extranjero.
Aunque generalmente se presenta el extremismo y a grupos
como el Estado Islámico y Al Qaeda como un fenómeno internacional, lo cierto es
que este tipo de activismo tiene una raíz local.
En las últimas décadas, en prácticamente todos los
atentados perpetrados en Europa han participado lugareños que han atacado a
otros lugareños con armas y municiones compradas en ese mismo sitio. Si las
explosiones de hoy son un atentado terrorista, probablemente estaremos ante el
mismo supuesto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario